–IX–
Fortunata movió la lengua y agitó los labios. En la punta de aquella tenía la verdad, y por instantes dudó si soltarla o meterla para adentro. La verdad quería salir. Las palabras se alinearon mudas y decían: «Sí, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a él le quiero más que a mi vida». La batalla fue breve, y Fortunata volvió la terrible verdad a los senos de su espíritu. La aflicción de Maxi exigía la mentira, y su mujer tuvo que decírsela… mentiras de esas que inspiran viva compasión al que las dice y consuelan poco al que las oye. Echábalas de sí como enfermera que administra la inútil medicina al agonizante.
«Dímelo de otra manera y te creeré—manifestó Rubín—. Dilo con un poquito de calor, siquiera como me lo decías antes. Tú no sabes el daño que me haces. Me estás haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien y portarse mal todo es lo mismo».
La compasión venció a la delincuente y se mostró tan afable aquella tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espíritu recibía algún alivio, se le inició la jaqueca. La noche fue cruel, y Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefalálgicos, el infortunado joven se caldeaba más la mente arbitrando remedios o paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su mujer: «Se me ocurre una idea que resolverá las dificultades… Nos iremos a Molina de Aragón, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y me dedico a labrador… Quieres, ¿sí o no? Allí viviré con tranquilidad». Fortunata se mostró conforme, si bien recordaba lo que Mauricia le había dicho de la vida de los pueblos. Sólo descuartizada iría ella a vivir al campo; pero aquella noche no tenía más remedio que decir sí a todo.
En los siguientes días notaba el pobre Maxi que su descaecimiento aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadísimo fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habría ordenado terminantemente el celibato. Esto redobló sus tristezas; mas cuando Miquis le propuso como único remedio de su mal la rusticación, cobró esperanzas, confirmándose en la idea de abandonar la corte y sepultarse para siempre en sus estados de Molina.
La segunda vez que habló de esto a su mujer, no la encontró tan bien dispuesta. «¿Y tus estudios, y tu carrera? Aconséjate con tu tía, y ella te dirá que lo que estás pensando es un disparate». Maxi estaba muy caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Hacía días que apenas levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran pesadumbre. De repente, una tarde que volvía Rubín de la botica, al subir la escalera la oyó cantar. Entró, y la cara de Fortunata resplandecía de contento y animación. ¿Qué había pasado? Maxi no lo pudo penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban presunciones que bien podrían contener la verdad. Esta era que la prójima había recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una quincena. «Esta alegría—pensaba Maxi—, ¿por qué será?». Y comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fría sobre aquel contento, dijo a Fortunata: «Ya está decidido que nos iremos al pueblo. Lo he consultado con mi tía y ella lo aprueba».
No era verdad que había consultado con doña Lupe, mas lo decía para dar a su proposición autoridad indiscutible.
«Te irás tú…» dijo ella sonriendo.
—No—agregó él conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba—, los dos.
—Tú te has vuelto loco—observó Fortunata riendo con cierto descaro—. Yo creí… ¿Pero lo dices con formalidad?
—¡Toma!… ¿Y tú no me dijiste que irías también y que querías ser paleta?
—Sí; pero fue porque me pensé que era conversación. ¡Encerrarme yo en un pueblo! ¡Qué talento tienes!
De tal modo se demudó el rostro del joven, que Fortunata, que ya empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogió en sí. Maxi no dijo una palabra, y de pronto salió disparado de la casa, cerró con estruendo la puerta y bajó la escalera de cuatro en cuatro peldaños. Asustose Fortunata, y asomándose al balcón, viole recorrer apresuradamente la calle de Sagunto y después tomar por la de Santa Engracia, hacia abajo. Ella salió después, tomando por la misma calle, pero hacía arriba, en dirección de Cuatro Caminos.
Las seis de la tarde serían cuando Rubín volvió a su casa. Estaba lívido, y de lívido pasó a verde, cuanto Patricia le dijo que la señorita había salido a compras. Dejándose llevar de su insensato recelo, interrogó a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a buena parte iba. Patricia tenía la discreción del traidor, y cuanto dijo fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entró, el marido había mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de la sala. «¿De dónde vienes?» le preguntó.—«Me parece—replicó ella—, haberte dicho que iba a comprar este retor». Mostró un envoltorio, después un paquetito, y otro. «¿Ves?… la sopa Juliana que tanto te gusta…».
—Yo también—dijo Maximiliano de una manera siniestra—, te he comprado a ti esta tarde un regalito… Mira.
Alargó el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocultó al entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubrió lentamente, cuando ella se inclinaba risueña para verlo.
«¿A ver… qué es?… ¡Ay!, un revólver…».
—Sí, para matarte y matarme…—dijo Maxi en un tono que no pudo ser tan lúgubre como él deseaba, pues el arma empezó a causarle miedo, a causa de que en su vida había tenido en las manos un chisme de tal clase…
—¡Qué cosas tienes!—dijo ella palideciendo—. Tú no sabes lo que te pescas… Pareces tonto… Matarme a mí, ¿y por qué?…
Le echó una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le había hecho su esclavo. El pobre chico sintió como si le pusieran un grillete en el alma.
«Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo… Soy muy miedosa, y de sólo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te quiera, sí señor, bonita manera».
Acercó tímidamente su mano al mango del arma. «Puedes cogerlo, está descargado» dijo Maxi, que de un salto se había dejado caer del furor a la piedad.
—Eres un niño—declaró ella, cogiendo el arma—, y como niño hay que tratarte. Venga acá ese chisme: lo guardaré para el caso de que entren ladrones en casa.
Y se lo llevó sin que él hiciese resistencia. Después de guardarlo con llave en un baúl lleno de cosas viejas, volvió al lado de su marido, que se había quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la enorme distancia que en su ser había entre los arranques de la voluntad y la ineficacia de su desmayada acción.
Aquella noche no ocurrió nada; pero a la tarde siguiente, Pseudo-Narcissus odoripherus, fue a buscarle a la botica de Samaniego, y le dijo que Fortunata tenía citas con un señor en una casa del paseo de Santa Engracia, un poquito más arriba de los almacenes de la Villa.
–X–
Tomó Maxi un coche para ir a Chamberí y a su casa. Después de entrar en ella e informarse de que la señorita no estaba, subió lentamente hacia la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que hay en el atrio, vínole al pensamiento la idea de que debía haberse traído el revólver. Retrocedió, y a mitad del camino acordose de que su mujer había guardado el arma. ¡Qué tonto estuvo él en permitírselo! Volvió a tomar la dirección Norte, sintiendo en su alma el suplicio indecible que producía la conjunción de dos sentimientos tan opuestos como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se movía.
Pasó el joven más allá de los Almacenes de la Villa y examinó las casas de un solo piso alto que allí existen. Como ignoraba cuál era la que servía de abrigo a los adúlteros, resolvió vigilarlas todas. La noche se venía encima y Maxi deseaba que viniese más aprisa para dejar de ver el disco, que le parecía el ojo de un bufón testigo, expresando todo el sarcasmo del mundo. Maldición sacrílega escapose de sus labios, y renegó de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario donde le habían dorado la infame píldora de su ilusión. En otros términos: él había ido allí en busca de una hostia, y le habían dado una rueda de molino… y lo peor era que se la había tragado.
Después de mucho pasear vio el faetón de Santa Cruz, guiado por el lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos, donde se detuvo para encender las luces. Después bajó, y al llegar a los Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perdía de vista. El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las vueltas del vehículo, Rubín sorprendió en aquel hombre una mirada dirigida a una de las casas. «Aquí es… aquí está». Fijose cerca de allí, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.
Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante distancia, a un hombre que salía de la casa. Era él, Santa Cruz, el mismo, vestido de americana y hongo. Detúvose en la puerta buscando con la vista su carruaje. Las dos luces brillaban allá arriba. Dirigiose hacia Cuatro Caminos… Detrás, avivando el paso, el odio personificado en Maximiliano.
La vía estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y hacía bastante frío. El Delfín sintió aquellos pasos detrás de sí, y una misteriosa aprensión, la conciencia tal vez, le dijo de quién eran. Volviose a punto que la temblorosa voz del otro decía: «Oiga usted». Parose en firme Santa Cruz, y aunque no le conocía bien, le tuvo por quien era sin dudar un momento.
«¿Qué se le ofrece a usted?».
—¡Canalla!… ¡indecente!—exclamó Rubín con más fiereza en el tono que en la actitud.
No esperó Santa Cruz a oír más, ni su amor propio le permitía dar explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechazó a su antagonista. Más que bofetada fue un empujón; pero el endeble esqueleto de Rubín no pudo resistirlo; puso un pie en falso al retroceder y se cayó al suelo, diciendo: «Te voy a matar… y a ella también». Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a gatas, diciendo entre mugidos… «¡ladrón, ratero… verás!…». Santa Cruz estuvo un rato contemplándole con la calma fría del ofuscado asesino, y cuando vio que al fin conseguía levantarse, se fue hacia él y le cogió por el pescuezo, apretándole sañudamente cual si quisiera ahogarle de veras… Reteniéndole contra el suelo, gritaba: «Estúpido… escuerzo… ¿quieres que te patee…?».
De la oprimida garganta del desdichado joven salía un gemido, estertor de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un centelleo eléctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La única defensa del que estaba debajo era clavar sus uñas, afilándolas con el pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trató de hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharían quizás más proporcionadamente. ¡Pobre razón aplastada por la soberbia! ¿Dónde está la justicia? ¿dónde está la vindicta del débil? En ninguna parte.
El furor del Delfín no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar a un homicidio, abusando de su superioridad. «Este al fin es un hombre, aunque parece un insecto» pensó. Y con desdén que tenía algo de lástima, hubo de soltar su presa, que cayó inerte a un lado del camino, en una especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sintió algo de miedo. «Si le habré matado sin querer… Y en todo caso… ha sido en defensa propia». Pero la víctima exhaló un mugido, y revolcándose como los epilépticos, repitió: «Ladrón… asesino». El Delfín se acercó y poniéndole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: «Si no te callas, cucaracha, te aplasto».
Levantose Rubín de un salto. Era todo uñas y todo dientes; sacaba las armas del débil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca la piel. Santa Cruz acudió pronto a la defensa. «Te digo que te pateo… si vuelves…». Le levantó como una pluma y le lanzó violentamente donde antes había caído. Era un solar o campo mal labrado, más allá de la última casa. La víctima no daba acuerdo de sí, y aprovechando aquel momento el bárbaro señorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose en él de un salto y ¡hala!, partieron los caballos a escape.
Un hombre se había detenido ante los combatientes en el último instante de la reyerta; acercose a Maxi y le miró con recelo. Creyendo que estaba mortalmente herido, no quería meterse en líos con la justicia. Cuando le oyó hablar, acercose más. «Buen hombre, ¿qué es eso?… ¡Pobre chico! Si no parece chico, sino un viejo… ¡Vaya, que pegar así a un pobre anciano!». Luego llegó otro hombre, que se destacó de un grupo de obreros que subían. Auxiliado por este, Maxi logró levantarse y corrió un buen trecho por el camino abajo, gritando: «¡Ladrón!… ¡a ese!… ¡al asesino!…». Pero el coche estaba ya más allá de la iglesia. Formose en torno a la víctima un corro de cuatro, seis, diez personas de ambos sexos. Mirábales como si fueran amigos que habían de darle la razón reconociendo en él a la justicia pateada y a la humanidad escarnecida. Parecía un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y su ahilada voz excitaba la mayor extrañeza.
Porque el ardor de la lucha había determinado como una relajación de la laringe, en términos que la voz se le había vuelto enteramente de falsete. Salían de su garganta las palabras como el acento de un impúber. «¿En dónde se ha metido?… ¿en dónde?… ¿No es verdad, señores, que es un miserable?… ¿un secuestrador?… Me ha quitado lo mío, me ha robado… Él la arrojó a la basura… yo la recogí y la limpié… él me la quitó y la… volvió a arrojar… la volvió a arrojar. ¡Trasto infame!… Pero yo tengo que hacer dos muertes. Iré al patíbulo… no me importa ir al patíbulo, señores… digo que quiero ir al palo… pero ellos por delante, ellos por delante…».
Los que le rodeaban le tenían lástima. Desconociendo el motivo de la zaragata, cada cual decía lo que le parecía. «Sobre vino una pendencia».—«No, cuestión de faldas; ¿verdad?».—«¡Quita allá!, ¿pero no ves que es marica?».
Las mujeres le miraban con más interés. «Tiene usted sangre en la frente» le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se había dado cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retiró manchada de sangre. Notó que el brazo derecho le dolía horriblemente.
«Vamos, vamos—le dijo uno—, véngase usted a la Casa de Socorro».
—Gatera… miserable…—Vamos; ya eso se acabó… ¿En dónde tiene usted el sombrero?
Maxi no dijo nada ni se cuidó del sombrero. De repente rompió en aullidos, pues no parecían otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar a gritos. Los circunstantes podían oírle difícilmente estos conceptos: «Partirle el corazón es poco; es menester… machacárselo».
Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrándole de un brazo, y él, mirando con estupidez a sus conductores, repetía:—¡machacárselo!—. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden Público, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal. Pensaron que era un pillete, y que los golpes que había recibido le estaban muy bien merecidos… Le cogieron por el cuello de la americana con esa paternal zarpa de la justicia callejera. «¿Qué tiene usted?» le preguntó uno de ellos, mal humorado. Maxi contestó con la misma risa insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apretó la zarpa, como expresión de los rigores que la justicia humana debe emplear con los criminales.
«¿Y el agresor?».
—¡Machacárselo!… Llegó a la Casa de Socorro, ya con una procesión de gente tras sí. El médico de guardia conocía a Maxi, y después de curarle la contusión de la cabeza, que no tenía importancia, le mandó a su casa al cuidado de los guardias de Orden Público.
REDACCIÓN



