CORRE II – 2ª parte (final)

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“¡Lucas! ¡Escapa mañana con Tania de esta ciudad! Los microchips son realmente bombas desintegradoras. Si los mercenarios del bunker vieran vuestro código en la columna de color rojo, sería vuestra perdición por dos sentidos. Los agentes de la salud os apresarían y en vuestra propia casa notificarían a los inspectores del Bunker para que activaran la bomba por control remoto. Os reducirían a cenizas. La montaña que se ven al extremo de la playa paradisíaca está hecha con las cenizas de los ciudadanos. De los preinfectados zombis. Ni se molestan en intentar hallar una cura. Nos masacran horas antes de convertirnos. Nueva Alicante es una maldita ratonera. Yo me he arrancado el microchip. Abrí mi piel con un cuchillo. Duele, pero es peor tener una bomba encima. El chivatazo me lo ha soltado hace un par de días un buen amigo que escolta la entrada a la ciudad desde hace solo un mes. Prometió a su mujer en su lecho de muerte ayudar a todas las personas que pudiera. Tenéis una oportunidad para salir. Él se hallará mañana por la noche. A las doce de la noche debéis estar allí como un reloj y decir que soys amigos míos. Comprobará que ya no tenéis el microchip. Requisito para que os deje pasar. Os he visto hablando con uno de los soldados hoy. ¡Ese es un cabrón! No tiene humanidad. Y sabe bien lo que está ocurriendo desde hace años. El virus zombi puede descontrolarse en cualquier momento y nadie sabe la causa. ¡Arrancaos el microchip! Es lo más urgente. Y luego rezad de que no os halláis infectado de este virus abominable. Las fiebres muy altas y repentinas indican una señal de contagio por virus zombi. Quizás coincidamos algún día fuera de aquí. NUEVA ALICANTE PUEDE CONVERTIRSE EN UN INFIERNO EN POCO TIEMPO. ¡¡SUERTE!!

La pareja continuaba mirando aquella hoja arrugada en silencio. ¡Atónitos! Luego se miraron a los ojos.

Luego miraron sus propios brazos donde se alojaban los microchips. Aquellas bombas desintegradoras.

El cuchillo de cortar el pan sobre la mesa…

—No sé si podré Lucas…

—Es necesario Tania…

—Esterilizaremos la aguja para coser. —Dijo al fin Tania con un hilo de voz. Todo su cuerpo temblaba.

La ansiedad y la adrenalina frenaron todo dolor. Se desprendieron de los microchips y los arrojaron al inodoro. Lucas se encargó de coser. Tania flaqueó unos instantes y acto seguido cayó redonda. Recobró el conocimiento poco después. Ante la mesa había bocadillos y café.

—Come Tania. Hay que comer para recuperarnos y estar en condiciones mañana por la noche. Estás pálida. Come…—manifestó Lucas acariciando los cabellos de su amada Tany.

Tania vomitó al recordar las extracciones de los microchips, pero pudo reponerse y comer algo.

Lucas y Tania masticaban y tragaban. No saboreaban ya la comida. Sus estómagos se hallaban cerrados. Temían por el mañana. Se quedaron dormidos abrazados en el sillón del salón. El cuchillo ensangrentado descansaba sobre la mesa de la cocina.

El bunker.

—En las últimas horas ni un aviso de infectados zombis, señor— informaba el Sr. Rata al otro lado de la línea a un pez gordo relacionado con el mundo de la política. —Claro. Son buenas noticias porque ya se nos iba esto de las manos. Muchos infectados en las últimas semanas. Sí señor. Una vez un individuo se infecta, tarda unas horas en transformarse en un maldito zombi. Sí. Le mantendré informado. Gracias, señor. Le estoy agradecido. Gracias.

El hombre corrompido por su afán de poder, el Sr. Rata, se frotaba las manos al colgar el teléfono. Si contenía el virus o simplemente conseguía extinguirlo al completo sin contemplar las medidas que se empleara al respecto, percibiría una suculenta suma de dinero y un puesto de trabajo más renumerado e influyente. No tardaría en anochecer. Acomodó el sillón de su despacho. Pronto abandonaría aquellas instalaciones y aquel puesto de trabajo por uno mejor. Sí. Se lo repitió a sí mismo una y otra vez hasta quedarse dormido.

Transcurrieron las horas. Lucas dormía abrazado a Tania. En el sueños se veía en medio de una espesa niebla. Él gritaba el nombre de Tania. ¡La buscaba! Aquella espesa niebla ocultaba muertos hambrientos…

La pareja despertó en mitad de la noche. Sintieron unos gritos extraños en las calles. Asemejaban al sonido que emitían las bestias. Contemplaron por la ventana del salón. ¡El espectáculo era siniestro! ¡Espeluznante! ¡¡Monstruoso! Todas las calles se hallaban infestadas de zombis desgarrando y desmembrando a los pobres ciudadanos que intentaban escapar. Tania tapó su rostro con las manos con un sentimiento de rechazo y repulsión. El sonido de las metralletas de los militares sembraba las calles. Pero los zombis aumentaban en cantidad y acabaron rodeando a los militares. Desgarraron todas sus extremidades a dentelladas.

—¡No! ¡Demasiado tarde…moriremos aquí!

—Tania. No moriremos. NO. Mañana estaremos en la entrada de la ciudad a las doce de la noche. Y saldremos de aquí para siempre.

—¡Estás loco! ¿Pero acaso no has visto lo mismo que he visto yo? Está ya toda la ciudad infestada de esos malditos muertos vivientes. —respondió sollozando muerta de miedo. ¡Se ha salido todo fuera de control!

—Saldremos armados con hachas y palos. Correremos sin descanso. —dijo Lucas manteniendo la calma. — Sufría por ella. Por verla así tan asustada y vulnerable.

Lucas abrazó a su Tany. Y prometió no soltarla en la última carrera a la liberación.

—Siempre juntos Tania.

—Siempre juntos…

A la mañana siguiente…

El bunker blanco

El hombre fregona llevaba unas horas con un calor extraño en su cuerpo. Temblor en sus extremidades, pero siguió con su labor. Era eficiente. Tan eficiente como vengativo. VENGATIVO. Cortó hace horas las líneas de comunicación del bunker y de toda la ciudad. Nadie de fuera de la ciudad sabría que los demonios del infierno volvían a pisar sobre la ciudad alicantina.

Juan bajó a la planta baja y sacó el juego de llaves. Fue consciente de su inminente transformación en un sanguinario zombi. Cerró las puertas del Bunker. Arrojó las llaves al inodoro. Nadie saldría de aquella trampa. Su fiebre aumentaba a momentos. Se encontraba muy mal.

Los inspectores del bunker blanco, atónitos y espantados ante el espectáculo dantesco y carnicero que se servía en las calles, se encerraron tras esas frágiles puertas modernas de cristal en sus despachos. Intentaban protegerse de los monstruos de fuera, ignorando que la muerte caminaba ya sobre esos pasillos. El hombre de la limpieza se retraía en contorsiones violentas. Su mirada se nublaba a momentos. Abocaba al aire con los ojos inyectados ya en sangre.

Juan verbalizó el nombre de una mujer. Aquella por la que actuaba con implacable venganza.

Sara…

El Sr. Rata desde su despacho, emitía alaridos con el teléfono inservible en la mano.

—¡No lo entiendo! Horas sin línea. ¡Debo avisar para recibir refuerzos! ¡La infección zombi se halla de repente fuera de control! ¡Ninguna línea operativa! Y salir ahora es un suicidio…todo el ejército ha caído…y yo tengo un futuro prometedor fuera de esta maldita ciudad. ¡MALDITA SEA! ¡YO NO PIENSO MORIR AQUÍ!

La puerta del despacho se abría despacio a sus espaldas. El inspector sintió unos gruñidos tras él.

Era Juan.

No. Ahora era…

—¡UN ZOMBI! —Exclamó el Sr. Rata espantando. Se incorporó de la silla y se alejó de aquel infectado que babeaba sangre a dentelladas. Los brazos de aquel ser los extendía torpes hacia el inspector. Reconoció las ropas del empleado de limpieza.

—¡¡Apártate de mí!! —bramó aterrado el inspector. El corazón latía a trompicones. Le arrojó todo lo que había sobre la mesa, pero el infectado seguía avanzando hacia él con movimientos torpes y violentos, gruñendo con violencia. Acorraló al inspector contra la pared.

Aquel zombi que aún vestía el uniforme de limpieza desgarró el cuello del Sr. Rata a dentelladas emitiendo gruñidos espeluznantes. El inspector convulsionaba en sacudidas violentas de dolor. Minutos después, el inspector fue desgarrado y devorado en el frío suelo de su despacho. El zombi con el estómago lleno abocaba al aire mientras babas de sangre se derramaban como cascadas de su espeluznante boca. Salió del despacho originando una monstruosa carnicería a su paso en el interior del bunker. Rompía todas las puertas de cristal con la fuerza inusitada que provocaba aquel virus zombi. Los inspectores de las batas blancas iban cayendo uno a uno en medio de gritos de desesperación y pavor. El infectado zombi atacaba a todo aquel que se cruzaba por su camino. La infección zombi se desencadenó con más rapidez dentro del bunker y un regimiento de zombis con batas blancas manchadas de sangre emergió abominable caminando entre convulsiones por los pasillos ensangrentados. 

Tania y Lucas contemplaban aquellas escenas monstruosas y bárbaras que acaecían en las calles, protegidos desde la ventana de su casa. Era plena luz del día y la sangre derramada destilaba destellos. Una niña de tirabuzones rubios se abalanzó sobre una pobre anciana. Hundió su boquita sobre las carnes de la mujer que gritaba de terror. La pareja desde la ventana contempló atónita cómo desgarraba la pequeña niña a la anciana.

—¡Bajemos las persianas y pongamos música alta! ¡No quiero escucharlos! —exclamó Tania espantada.

Pusieron música clásica a todo volumen y se acurrucaron en el sillón del salón muertos de miedo e inseguridad. De desazón, puesto que esa misma noche debían hallarse en las puertas de la ciudad y para ello debían enfrentarse a toda la plaga de muertos que anidaban en las calles.

—¿Y si el amigo militar es ya uno de ellos? ¿Y si ya no hay esperanza? —preguntó con miedo Tania.

Lucas no sabía que contestar. No quería mentir. Lo más seguro que aquel militar que podía dejarlos pasar y alejarse para siempre de aquella ciudad de muerte, sería ya un infectado, o ya no habría siquiera una puerta de salida. No sabían bajo que escenario aterrador se hallarían al abandonar su hogar.

—Intentemos no pensar. Descansa Tania. Tenemos varias horas aún para acumular fuerzas…dijo Lucas recostando su cabeza en el sillón.

No guardaba ninguna esperanza viendo aquella niña devorando a la pobre anciana. Era una escena demencial.

Tania comenzó a sollozar. Lucas susurró en su oído intentando reconfortarla.

—Nos salvaremos. Juntos. Confiemos Tany…

La música clásica se sintió en todos los rincones de la casa en tinieblas, fundiendo a la pareja en un estado de sopor.

Transcurrieron las horas eternas. Pero al fin la temida hora de salida llegó.

23.00 p.m.

Lucas y Tania después de masticar y tragar la cena con sus estómagos cerrados, sostenían sendas hachas afiladas. Se encontraban ante la puerta, preparados para salir a la calle. Preparados para abrirse paso entre muertos vivientes. Contemplaron su casa unos instantes en la que seguía sonando música clásica.

Se besaron intensamente.

—Siempre juntos Tania.

—Siempre juntos…

La pareja abrió la puerta y los gritos espeluznante de la calle se sentían en las escaleras.

Temblaron de pavor.

Bajaron las escaleras empuñando con fuerza las hachas afiladas. La respiración de los dos era agitada. Respiraban muy fuerte.

—¡No te separes de mí! ¡Hay que correr abriéndonos paso con las hachas y sin mirar atrás!¡Media hora y seremos libres! —exclamó Lucas con exceso de adrenalina.

Tania temblaba, pero asintió.

Lucas abrió el portal…los gritos espeluznantes de las personas desgarradas y masacradas unido a los gruñidos de los zombis era ahora la melodía clásica que se sentía en las calles.

—¡Sin mirar atrás! —exclamaron los dos comenzando a correr.

La pareja sorteaba miles de cuerpos destrozados. El suelo de las calles era un mar de sangre y al pisar con la violencia de la carrera, salpicaban gotas de sangre en sus ropas y rostros. La impresión de las gotas de sangre en el rostro era terrible.

Tania espantada reconoció muchos rostros en aquel escenario de muerte. Pero aguantó las lágrimas. Ya habría tiempo para llorar. Ahora solo había tiempo para intentar sobrevivir.

Un grupo de infectados zombi repararon en Lucas y Tania y se arrojaron hacia ellos con furia y violencia. Gruñían como bestias salvajes. Sus bocas y sus ojos eran sangre. Sacudían sus cabezas con violencia brutal.

Las afiladas hachas de la pareja amputaron los miembros de los infectados que convulsionaban en el suelo rojo. Tania se desconectó de su propio cuerpo. Solo sentía mover el brazo sujetando aquella monstruosa y afilada hacha.

—¡Sigamos corriendo! —exclamó Lucas mirando a todos lados con pavor.

—¡Tenemos detrás otro grupo de infectados! ¡Nos alcanzan! — bramó Tania espantada, pero reuniendo el valor suficiente para actuar. Los gruñidos rodeaban a la pareja.

Decidieron enfrentarlos embistiendo a hachazos a los zombis hambrientos. No tardaron en reducirlos a trozos de carne.

Tania se armó de valor. Un manantial de adrenalina poseía su ánimo.

—¡Continuemos corriendo! Exclamó la joven.

Abruptamente una niebla espesa cubrió en instantes toda la ciudad. Ya era difícil reconocer lo que se movía alrededor. Casi instantes después la sirena militar de alarma se sintió con fuerza mitigando los gruñidos de los zombis

—¡Lo que nos faltaba!¡La maldita niebla! Es casi imposible ver…—dijo angustiado Lucas sin dejar de correr. ¿Tania? ¿? ¡Tania! ¿Dónde estás? ¡Contéstame por favor!

Lucas detuvo la carrera con mucha angustia. No obtuvo respuesta de Tania.

¡¡¡¡TANIAAAAAAAA!!!!

¡¡¡¡TANIAAAAAAAAAAA!!!!

Lucas retrocedió sus propios pasos sosteniendo al aire el hacha. Tenía todos los sentidos alerta. Algo se echó encima de él. Era un infectado zombi que intentaba morderlo con agresividad. El atormentado joven lo embistió a hachazos hasta reducirlo. Pero no tuvo tiempo para reponer fuerzas porque otros tres se echaron encima intentando morder su cuerpo. Lucas gritaba de pavor, pero utilizó bien el hacha y no paró hasta verlos reducidos como trozos de carne en el suelo.

—¡Maldita sea Tania! ¡¡Dónde estás!!

¡¡¡¡TANIAAAAAAA!!!

La niebla espesa comenzaba a disiparse. Percibió a una distancia una figura de mujer tendida en el suelo y cinco infectados aproximándose hacia ella amenazantes.

Lucas angustiado corrió hacia aquel punto. Reconoció las ropas de Tania en aquel cuerpo tendido. Un infectado hundía sus fauces en la pierna de ella.

El joven perdió de repente todo temor. Todo dolor. Y como un guerrero sembró de muerte a la propia muerte. Los infectados cayeron bajo su hacha. Lucas escupió sobre los restos de aquellos infectados con profundo desprecio.

Tania se hallaba inconsciente. La herida en la pierna era profunda. Había desgarros. Le hizo un torniquete y la cogió en brazos.

Lucas soltó el hacha. Quedaba ya poco para llegar a la entrada de la ciudad.

Emprendió una carrera vertiginosa, embistiendo todo aquel zombi que se encontraba a su paso.

—¡Llegaremos Tania! Queda poco. Llegaremos y seremos libres —decía desesperado sintiendo a sus espaldas los gruñidos de los infectados zombi. Apretaba el cuerpo de Tania contra su pecho en una carrera infernal.

Ya veía la puerta de Nueva Alicante. Un militar custodiaba el acceso armado con una metralleta.

—¡Muchacho aquí! —exclamó el militar haciendo aspavientos con los brazos.

Lucas consiguió llegar con el corazón saliéndose del pecho. Detuvo el paso al fin recobrando la respiración. El militar advirtió la herida grave de la chica.

—¡Hágase a un lado! —ordenó el militar apuntando con la metralleta a una horda de zombis. Descargó el arma contra aquellos muertos frenéticos. Minutos después yacían destrozados en el suelo.

—¿La han mordido? —dijo apuntando en la frente de la chica, con un artilugio negro que emitía un láser. El piloto rojo se iluminó intensamente en el detector de virus zombi. —¡Está infectada! ¡Será uno de ellos en pocas horas!

—Sí. La acaban de morder unos infectados en la pierna. Somos amigos de Javier. Por favor…déjenos salir de aquí. Encontrarán una cura para ella. —consiguió decir desesperado Lucas. No quería llorar, pero las lágrimas escocían.

El joven militar apuntó ahora el detector zombi sobre la frente de Lucas.

—Usted está libre del virus zombi. Pero ella no…

—¡Hallaremos una cura fuera!

—No hay cura para eso. Al menos de momento no. Deseo que sepa que nuestro amigo Javier llegó a este mismo punto donde se encuentra usted convertido ya en zombi. Fulminé sus sesos con la metralleta—sentenció el joven militar. —Mire lo que tengo sobre esta mesa de metal. Una montaña de metralletas. Las metralletas de mis compañeros. Ahora todos infectados zombis. Se devoraron los unos a los otros. Soy el único que queda. Y sabe dios que defenderé esta ciudad y a aquellos que queden aun siendo humanos, porque sé que la infección zombi es cosa del diablo. He dejado salir a varias personas esta noche de esta maldita ciudad. Pero no estaban infectadas…a diferencia de su chica.

El militar advirtió movimiento.

—¡¡Se acerca otra legión de infectados zombis!! ¡Apártese a un lado!

Utilizó la munición de dos metralletas para extinguir aquella masa de zombis. Cada vez mayor. Lucas admiró el valor incuestionable del militar.

—Que dios me juzgue por lo que hago. Dejar ir a una infectada es exponer al mundo a una invasión zombi sin procedentes. Pero no puedo ni quiero dejaros aquí en este infierno. Podré contenerlos mientras duren las municiones y los vea llegar de lejos. Nos hallamos solos de momento. Las personas que he dejado salir ya habrán dado aviso, pero no tengo constancia de cuándo llegarán los refuerzos. Aunque temo que el gobierno solucionará esto de forma más salvaje …como años atrás…

—¿Y el bunker? —preguntó Lucas mirando el edificio blanco.

—El bunker es un hervidero de zombis. Accedí reventando la puerta con la metralleta y tuve que salir de allí como pude. Dejé la puerta bloqueada. Ahora soy la única barrera entre los zombis y el mundo. ¡No pierdan tiempo y aléjense de aquí! Diviso a lo lejos otra horda de infectados…dijo contemplando tras los prismáticos.

—Gracias…—respondió inmensamente agradecido Lucas. Sollozaba en su interior contemplando el rostro de Tania. La infectada ardía en fiebre.

—¡Corra hacia la carretera! ¡Ojalá tengan suerte y encuentren un coche que os lleve lejos de aquí! Ojalá tenga cura la infección que posee su chica. Porque en unas horas será uno de ellos. Que dios os acompañe.

—Necesito saber el nombre de quien está salvando mi vida y la de mi pareja.

—Gregorio. Grego para los amigos. —Respondió el joven militar estrechándole la mano con firmeza. Grego no llegaba a la treintena, pero poseía una madurez y una firmeza incuestionables.

—Adiós Grego. Ojalá volvamos a encontrarnos en mejores circunstancias y pueda agradecerle personalmente mi amada Tania su grandioso valor mostrado esta noche.

Lucas se alejó corriendo con Tania en brazos. Ella seguía inconsciente. Palpó su frente. Ardía como el mismo fuego.

—Tania…por favor no te conviertas en uno de esos. No sé de lo que sería capaz—Dijo rompiendo en sollozos mientras se aproximaba a la carretera con la respiración entrecortada.

De repente se sintió el ruido de la metralleta y los gruñidos de los infectados. La voz poderosa del joven militar sobresalía sobre todos ellos.

—¡MALDITOS SERES INFERNALES! ¡OS ENVIARÉ DE REGRESO A LAS CLOACAS DEL INFIERNO! —exclamó el militar utilizando toda la artillería.

Un vehículo negro se detuvo a recoger a la pareja. El ruido monstruoso de las metralletas se sentía como una tormenta enfurecida.

—¿Puede llevarnos a un hospital?

El coche se alejaba de la ciudad de la muerte a toda velocidad y aquellos ruidos de metralleta asemejaban en la distancia, ecos malditos en mitad de la noche.

Una aeronave militar sobrevolaba amenazante los cielos alicantinos…

FIN

Leer CORRE II  primera parte

© Verónica Vázquez

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