Cepillar al gato, de Jane Campbell

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NOVEDAD de IMPEDIMENTA Editorial en Marzo

Cepillar al gato reúne trece relatos que orbitan alrededor de un territorio escasamente transitado por la narrativa contemporánea: el deseo en la vejez femenina, no como residuo sentimental, sino como fuerza activa —a veces cómica, a veces incómoda, casi siempre perturbadora— que sigue organizando la experiencia. Jane Campbell, que publica tarde y sin pedir disculpas, plantea desde el inicio una impugnación doble: a la idea social de que el cuerpo mayor es un cuerpo clausurado y, en paralelo, a cierta tradición literaria que ha preferido convertir a las mujeres ancianas en figuras de fondo (madres, abuelas, pacientes) antes que en sujetos eróticos y contradictorios. La importancia del libro no radica solo en “dar voz” a un colectivo, sino en cómo problematiza, con inteligencia narrativa, qué significa desear cuando el tiempo ya no se promete.

En términos argumentales, la colección encadena situaciones de intimidad y fricción: vínculos que nacen o se reactivan en espacios donde el amor suele quedar desautorizado (hospitales, residencias, habitaciones sometidas a rutinas ajenas); mujeres que se enamoran de otras mujeres sin que la edad funcione como coartada moral ni como simple giro “transgresor”; cuerpos gastados que, lejos de idealizarse, reaparecen como campo de batalla entre ternura, rabia y necesidad. El relato que da título al volumen —según su propia premisa— se apoya en un gesto mínimo, el roce de una lengua felina, para detonar memoria del deseo: ahí se cifra una poética del detalle que convierte lo doméstico en umbral, y lo aparentemente intrascendente en disparador de una conciencia corporal que se resiste a ser archivada.

Formalmente, Campbell trabaja con una voz que combina travesura e intemperie: un tono que puede deslizar ironía sin desactivar el dolor, y que rehúye tanto el patetismo como la épica. Esa mezcla es crucial, porque el libro no quiere “dignificar” a sus personajes a base de solemnidad; los devuelve, más bien, a la escala humana de lo contradictorio. La estructura del volumen —relatos autónomos que dialogan por resonancia temática— permite modular registros: del apunte casi epifánico a la escena más dramática. El lenguaje, por lo que sugiere el conjunto, parece sostenerse en una economía expresiva atenta a lo sensorial (contactos, temperaturas, temblores) y a la precisión emocional: cada historia empuja a distinguir entre deseo, cariño, costumbre, dependencia, miedo. Esa discriminación léxica y afectiva evita la homogeneidad: no hay una “vejez” única, sino una variedad de maneras de negociar con el propio cuerpo y con la mirada ajena.

En su contexto literario, Cepillar al gato se deja leer como una intervención en dos genealogías. Por un lado, entronca con la mejor tradición británica del relato que confía en la elipsis y en el filo moral —de Muriel Spark a ciertas derivas contemporáneas—: historias que parecen ligeras hasta que revelan su mecanismo de crueldad o de lucidez. Por otro, dialoga con escrituras que han explorado la sexualidad femenina sin domesticarla, y que entienden el deseo como conflicto ético, no como adorno psicológico. La comparación con Edna O’Brien resulta pertinente en la medida en que ambas comparten una negativa a moralizar el cuerpo; pero Campbell desplaza el foco hacia una edad donde el deseo suele ser leído como improcedencia o como broma.

La lectura interpretativa del libro puede formularse así: Campbell no “celebra” el deseo tardío; lo rescata de dos trampas simétricas, la negación y el sentimentalismo. En estos relatos el erotismo no es garantía de felicidad, sino una forma de continuidad del yo: un recordatorio de que la vida interior no se jubila cuando el organismo se fatiga. Y, al mismo tiempo, el deseo aparece como una práctica política en sentido íntimo: reivindica el derecho a seguir siendo sujeto —con apetitos, vergüenzas, decisiones, arrepentimientos— en un mundo que tiende a infantilizar o invisibilizar a las mujeres mayores. La ética del libro se juega ahí: en mostrar que el consentimiento, la dependencia, la soledad o la necesidad de cuidado no anulan la complejidad erótica, pero sí la obligan a replantearse con una sinceridad menos indulgente.

Recomendar su lectura es, en este caso, recomendar una forma de atención. Cepillar al gato merece leerse por su manera de convertir lo íntimo en materia literaria sin convertirlo en consigna; por su humor afilado, su melancolía sin autocompasión y su voluntad de mirar donde suele apartarse la vista. Es un libro que incomoda con delicadeza: no porque provoque, sino porque precisa. Y esa precisión —sobre el cuerpo, la memoria y la persistencia del deseo— lo vuelve raro y necesario.

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PUNTO Y SEGUIDO – Beatriz Caso

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