La lógica torcida del deseo
Pocas autoras han logrado problematizar los contornos éticos del crimen como lo hace Patricia Highsmith. En Ese dulce mal (This Sweet Sickness, 1960), nos encontramos ante una de sus novelas más incisivas, menos citadas quizá, pero absolutamente reveladora de su universo: un mundo donde la transgresión no irrumpe en lo cotidiano, sino que nace de él. La obra no se inscribe tanto en el noir clásico como en un subgénero que Highsmith contribuye a definir: el thriller psicológico que desmantela la frontera entre lo racional y lo patológico.
La trama gira en torno a David Kelsey, un joven químico brillante y pulcro, atrapado en una fantasía obsesiva en torno a una mujer, Annabelle, con la que mantuvo una relación y que ahora está casada con otro. Mientras su entorno le considera un profesional eficiente, discreto, incluso prometedor, David ha construido en secreto una vida paralela en una casa alquilada donde sueña con su futuro junto a ella. El conflicto se desata cuando esta construcción mental —falsa, aunque vívida para él— entra en fricción con la realidad, y el intento de aferrarse a su ilusión desemboca en un progresivo deterioro moral y, finalmente, en el crimen.
La localización —una ciudad de tamaño medio en la América suburbana de los años cincuenta— es intencionadamente anodina: Highsmith convierte lo banal en amenazante. En este sentido, el entorno refuerza uno de sus temas centrales: la facilidad con la que la violencia puede surgir no en el hampa, sino en el seno de una existencia ordinaria, blanca y apacible. Frente al arquetipo del detective, aquí no hay investigación: sólo una caída interior.
La novela establece un diálogo oblicuo con otras figuras del género. No es difícil pensar en Jim Thompson o en el primer Ruth Rendell, pero Highsmith se distingue por su negativa a elaborar cualquier tipo de juicio moral. Su narrativa desactiva el principio de justicia o redención: su interés se concentra en el proceso mental que lleva al protagonista a justificar lo injustificable. En ese sentido, Ese dulce mal puede leerse como una inversión de la novela negra tradicional, donde lo esencial no es quién ha cometido el crimen, sino cómo se produce el derrumbe ético que lo hace posible.
Desde un punto de vista formal, destaca la elección de una tercera persona focalizada casi exclusivamente en el punto de vista de David, un procedimiento que nos introduce en su lógica sesgada sin necesidad de artificios confesionales. Este uso de la focalización restringida es uno de los grandes aciertos de la novela: el lector asiste no tanto a un análisis clínico del trastorno, como a su vivencia desde dentro. La estructura lineal, sin saltos temporales ni capítulos diferenciados por voces o registros, acentúa la sensación de deriva imparable, de encierro progresivo en una visión distorsionada del mundo.
El estilo de Highsmith es seco, preciso, casi aséptico. Su prosa evita cualquier efectismo: no hay descripciones líricas ni florituras introspectivas. Pero esa economía verbal no implica frialdad. Muy al contrario: el lenguaje está al servicio de una tensión contenida que se filtra en cada escena, incluso en las más banales. Un diálogo en una cafetería, un gesto trivial en la oficina, todo puede ser el indicio de un desequilibrio. La escritora logra que el lector se sienta cómplice involuntario de una mente perturbada, atrapado en su lógica sin posibilidad de distanciamiento.
Culturalmente, la novela refleja un momento crucial de la posguerra estadounidense, en el que la estabilidad y el éxito profesional eran los valores dominantes. En este contexto, la figura de David Kelsey resulta doblemente inquietante: es el reverso del sueño americano. Aparentemente integrado, profesionalmente brillante, sin rasgos evidentes de marginalidad, su locura no proviene de la exclusión, sino del exceso de control y de la represión de lo emocional. Lo que Highsmith plantea —y aquí radica gran parte de su radicalidad— es que la patología puede ser no una disfunción, sino una extensión de los valores sociales dominantes: la ambición, el deseo de control, el culto a la imagen.
Desde una perspectiva ética, Ese dulce mal es una reflexión brutal sobre el autoengaño y la capacidad humana para justificar lo injustificable. Pero, a diferencia de otros autores que utilizan el crimen como metáfora social o como denuncia, Highsmith mantiene siempre una ambigüedad perturbadora. No busca lecciones, sino mostrar hasta qué punto la conciencia puede pervertirse cuando se aísla del otro, cuando convierte el deseo en monólogo.
Frente a la espectacularización del crimen propia de otras formas del noir contemporáneo, Highsmith se instala en una dimensión íntima y casi doméstica del horror. Su novela no necesita persecuciones ni armas ni escenarios sórdidos: le basta con un salón de té, un piso alquilado y un hombre que se repite a sí mismo una mentira hasta convertirla en realidad.
Una recomendación para su lectura por lectores amantes del género:
Ese dulce mal es una obra imprescindible para quienes buscan en la novela negra algo más que una intriga o un giro final: una exploración precisa, inquietante y sin consuelo de las zonas oscuras del deseo humano.
REDACCIÓN. Punto y Seguido



