Ramón Gómez de la Serna: la ética de la mirada oblicua

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A Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888 – Buenos Aires, 1963) se le cita a menudo como “vanguardista” y creador de la greguería, pero esa etiqueta, útil como contraseña, oculta lo esencial: su obra no fue tanto un estilo como un método de percepción. Ramón no quiso “representar” la modernidad; la entrenó. Hizo de la escritura un dispositivo para mirar el mundo cuando el mundo empezaba a parecerse a un escaparate, a una multitud y a un catálogo. Si hoy su nombre circula como reliquia —un excéntrico de tertulia, un humorista raro— es porque su proyecto, que era total, quedó incómodo en la historia literaria española: demasiado temprano para el canon de las generaciones, demasiado híbrido para las clasificaciones, demasiado personal para las ortodoxias.

Una biografía como escena: Madrid, Pombo, la ciudad

Nacido en Madrid, hijo de un jurista y político liberal, Ramón creció en un entorno donde la palabra pública importaba. Esa cercanía a lo político no le llevó a convertirse en escritor de tesis, sino a lo contrario: a desconfiar del discurso que se toma demasiado en serio. Muy joven funda y anima revistas, se convierte en figura de agitación cultural y, sobre todo, inventa un lugar: la tertulia del Café Pombo, que no fue un simple rito bohemio, sino un laboratorio de sensibilidad. Pombo condensaba lo que él entendía por literatura: conversación, collage, observación y puesta en escena de la inteligencia.

Su relación con Madrid es estructural. No escribe “sobre” Madrid: escribe desde la ciudad, como quien aprende a pensar andando. El Rastro (1914) es ya un manifiesto de su poética: el mercado como enciclopedia de lo usado, la mercancía como biografía anónima, el objeto como fragmento de vida. Años después, La sagrada cripta de Pombo (1924) convierte la tertulia en mito civil: una religión laica de lo cotidiano, con liturgia de bromas y sacramentos de observación.

Tras la Guerra Civil, Ramón marcha al exilio y se instala en Argentina. Ese desplazamiento, que no es solo geográfico, es un corte de continuidad: el escritor que había construido una capital simbólica (Madrid-Pombo-Rastro) se ve obligado a recomponer su escenario. Muere en Buenos Aires en 1963, con una obra vastísima y dispersa, en gran parte difícil de reeditar y, por tanto, de leer de forma orgánica.

Obras: un sistema más que un repertorio

Reducir a Ramón a las greguerías es como reducir a un compositor a un solo instrumento. La greguería —esa fórmula que él definió como “humor + metáfora”— funciona como célula de un organismo mayor. Las recopilaciones de greguerías (desde 1917 en adelante) son su laboratorio de percepción: miniaturas que tensan el lenguaje para que diga lo que normalmente no se dice. Pero su ambición abarca novela, ensayo, autobiografía, retrato, crónica urbana, teatro y una incesante escritura inclasificable.

Entre sus piezas mayores destacan, por ejemplo, El incongruente (1922), novela que ensaya una subjetividad que no encaja; Ismos (1931), mapa personal de las vanguardias —no un manual, sino una lectura interesada, selectiva y creativa—; y Automoribundia, su autobiografía, que no se limita a narrar una vida sino que la organiza como un artefacto verbal: el yo convertido en archivo, en escena y en máscara.

Esa variedad tiene una coherencia: el mundo ramoniano no está hecho de grandes tramas, sino de conexiones inesperadas. Su obra entera puede leerse como una tentativa de escribir la experiencia moderna en unidades móviles: fragmento, inventario, chispazo, mirada lateral.

Elementos formales: voz, estructura, lenguaje

La voz de Ramón es un yo que se desplaza: curioso, teatral, atento a lo mínimo y, a la vez, estratégicamente irresponsable. No “sentencia”, sugiere; no “demuestra”, contagia una manera de atender. El yo no es confesional sino escénico: se prueba disfraces para no quedar fijado. Esa movilidad explica su productividad: escribe como quien piensa en voz alta, pero con una precisión de artesano.

La estructura de muchos de sus textos —desde la greguería hasta la crónica— privilegia la serie y la acumulación. Ramón construye por yuxtaposición: un objeto llama a otro, una imagen convoca la siguiente. Es una lógica de escaparate y de paseo: el fluir manda más que el argumento. En sus mejores páginas, esa estructura no es capricho, sino forma de conocimiento: el sentido aparece por choque, por contraste, por rima visual o conceptual.

El lenguaje es su campo de batalla. Ramón estira la metáfora hasta volverla instrumento de mirada, no de ornamento. Su humor no es chiste: es una técnica de desautomatización. La greguería, en particular, funciona como un “cambio de enfoque”: nos obliga a abandonar el nombre “correcto” de las cosas y a verlas como si fueran recién inventadas. Esa operación tiene un fondo ético: resistirse a la percepción gastada, oponerse a la frase hecha, desconfiar del discurso que clausura.

Contexto histórico y literario: una vanguardia sin catecismo

Ramón escribe cuando España atraviesa la crisis de fin de siglo, el regeneracionismo, la modernización desigual, el ascenso de la cultura urbana y, más tarde, la polarización política que desemboca en la Guerra Civil. En lo literario, convive con el modernismo tardío, con los ensayos de la llamada Edad de Plata, y con las vanguardias europeas que llegan por oleadas y traducciones. Pero su relación con los “ismos” no es militante. No funda escuela en sentido doctrinal; funda, si acaso, una actitud: la de mirar sin pedir permiso.

Frente a otros proyectos contemporáneos más programáticos —la novela social, la estética generacional, la poesía como alta torre— Ramón propone una literatura de lo inmediato, del objeto, de la calle, del cuerpo y del artificio. Su modernidad es menos épica que perceptiva: no pretende explicar el mundo, sino cambiar la manera de verlo.

¿Por qué el olvido?

El olvido de Ramón no responde a una sola causa, sino a una suma de incomodidades.

  1. Política y exilio. Su salida de España tras la Guerra Civil lo aparta del circuito cultural del franquismo y de la construcción institucional del canon. El exiliado, además, tiende a quedar repartido entre dos orillas: no termina de pertenecer del todo ni a la historia literaria interior ni a la del país de acogida.

  2. Dificultad de clasificación. La cultura escolar y universitaria favorece líneas claras: generación, corriente, género. Ramón es un problema para ese orden. ¿Es novelista? ¿Humorista? ¿Ensayista? ¿Cronista? Es todo eso a la vez, y esa condición híbrida penaliza su transmisión.

  3. Dispersión editorial. Una obra tan extensa y fragmentaria depende de ediciones accesibles, bien ordenadas y con aparato crítico. Cuando falta esa infraestructura, el autor se convierte en cita suelta: “el de las greguerías”.

  4. Malentendido del humor. El humor español suele leerse como menor, como descanso o adorno. En Ramón es procedimiento cognitivo: una forma de pensamiento. Si se le reduce a ingenioso, se pierde su radicalidad.

Lectura interpretativa: una estética de lo usado

Leído en conjunto, Ramón sostiene una intuición fuerte: la modernidad convierte el mundo en objetos y al sujeto en consumidor de estímulos. Su respuesta no es moralista ni nostálgica; es estética y, por tanto, ética. Frente a la uniformidad de la mirada, él propone una atención descristalizadora. El Rastro no es solo una crónica pintoresca: es una teoría del resto, de lo que la historia oficial desecha. Mirar lo usado es una forma de discutir la idea de progreso como limpieza. De ahí su afinidad con lo marginal, lo excéntrico, lo aparentemente trivial: Ramón rescata lo que no tiene estatua.

En ese sentido, su obra anticipa una sensibilidad muy actual: la del fragmento, la del archivo, la de la escritura breve y punzante, la del collage. Pero lo decisivo no es su “modernidad formal”; es el tipo de relación con el mundo que propone: vivir como quien vuelve a nombrar. En una época saturada de imágenes y frases prefabricadas, Ramón sigue siendo una escuela de desobediencia perceptiva.

Legado: influencia y posibilidad

La greguería abrió una vía para la escritura breve en español y dejó huellas en el aforismo, el microrrelato y ciertas formas de crónica. Más allá de lo formal, su legado es un mandato de atención: mirar lo que no se mira, desmontar la solemnidad como coartada y sospechar de la frase que ya sabe adónde va antes de empezar. En un campo cultural que alterna entre la retórica del impacto y la del dogma, Ramón ofrece algo más raro: una inteligencia sin catecismo.

Tarea pendiente

Recuperar a Ramón Gómez de la Serna no debería ser un acto de arqueología literaria, sino una tarea pendiente de la sociedad cultural española: volver a leerlo para reaprender a mirar, para entender una modernidad que aún nos organiza —la del consumo, la ciudad, el objeto— y para recordar que el humor puede ser una forma seria de pensamiento.

Referencias para empezar (y seguir):

  • El Rastro

  • Greguerías (selecciones y recopilaciones)

  • La sagrada cripta de Pombo

  • El incongruente

  • Ismos

  • Automoribundia

  • Estudios y ediciones críticas disponibles en colecciones académicas y editoriales de referencia (introducciones y notas ayudan a situar la dispersión de su obra y su contexto).

REDACCIÓN por Punto y Seguido

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