El sicario del Sacromonte, de Jaime Molina García

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En El sicario del Sacromonte, Jaime Molina García se coloca en una zona de fricción muy concreta: la de la novela criminal contemporánea que no se conforma con el engranaje del suspense, sino que lo utiliza como dispositivo de lectura moral. El escenario —un barrio marginal de Granada y el imán simbólico del Sacromonte— no funciona únicamente como decorado pintoresco, sino como campo de fuerzas: un territorio donde las lealtades son prácticas antes que ideas, donde el afecto puede ser coacción, y donde la violencia no es un estallido excepcional sino una gramática que ordena el día a día.

Lo más significativo, en términos técnicos, es la manera en que la obra parece organizar su tensión alrededor de una consciencia herida. La peripecia criminal (ajustes de cuentas, asesinatos repentinos, carrera contrarreloj) se plantea menos como una sucesión de “giros” que como el síntoma externo de un conflicto interior: el paso de una soledad elegida a una intemperie impuesta. Esa transición —de la autosuficiencia al pánico, del aislamiento a la exposición— permite leer la novela como una variante oscura del relato de formación: no el aprendizaje del mundo, sino el aprendizaje de lo irreversible. La interferencia inicial del protagonista en un hecho violento, más que un detonante argumental, opera como decisión ética inaugural: la entrada en un sistema de consecuencias que ya no depende de su voluntad.

En la elección de la voz y la focalización se juega buena parte del efecto. La novela, por lo que se desprende de su planteamiento, necesita una proximidad capaz de sostener dos registros simultáneos: el de la urgencia (lo que ocurre) y el de la autointerrogación (lo que se descompone por dentro). Esa doble exigencia empuja hacia una narración pegada al personaje —una mirada que acompaña, que se mancha— y que convierte el suspense en forma de conciencia: cada dato nuevo no solo “aclara” un peligro, también estrecha el margen de inocencia del protagonista. En este tipo de arquitectura, la intriga no es únicamente un enigma por resolver, sino una presión progresiva sobre la identidad: el personaje se ve obligado a definirse a través de aquello que intenta evitar.

La estructura, asimismo, parece asumir la lógica del cerco. La “carrera contrarreloj” es un molde narrativo eficaz, pero aquí no se limita a acelerar el ritmo: impone una temporalidad de asedio. El tiempo no se vive como continuidad, sino como cuenta atrás, y eso altera el modo en que el texto puede desplegar la psicología. Bajo esa presión, las emociones no se explican: irrumpen, desbordan, se contradicen. El amor, en particular, aparece descrito como llegada de una “personalidad arrolladora” que lleva al protagonista a “límites insospechados”. Esa formulación —arriesgada si se tratara de una mera promesa romántica— resulta fértil en clave interpretativa: sugiere que el vínculo afectivo no actúa como refugio, sino como fuerza que intensifica la exposición. En un entorno donde el poder es una pedagogía y la lealtad una moneda, amar puede ser otra forma de quedar atrapado.

El lenguaje, en una novela que se interna en un submundo de tráfico, delincuencia y clanes, tiene un dilema: o bien estetiza la marginalidad (la convierte en espectáculo), o bien asume el riesgo de una oralidad que roce el estereotipo. La salida más interesante —y la que conviene a un proyecto como este— es una dicción contenida, atenta a los matices del habla sin convertirlos en caricatura; un registro que deje ver la materialidad social (cómo se negocia, cómo se amenaza, cómo se calla) pero que preserve la complejidad humana de los personajes. En la novela negra española contemporánea, cuando el estilo se vuelve demasiado “tremendista”, la violencia pierde densidad ética y se vuelve adorno. Aquí, por el contrario, la promesa de fondo apunta a otra cosa: mostrar que la violencia no solo mata; ordena relaciones, produce silencios, delimita quién puede mirar y quién debe bajar la vista.

Ese punto conecta con el contexto literario. El sicario del Sacromonte dialoga con una tradición española de narrativa criminal y realismo urbano que va de Juan Madrid a ciertos tramos de la novela negra más social, donde el delito es una radiografía del tejido cívico. Pero también se acerca a una corriente más reciente: relatos que exploran la periferia como lugar de contradicciones —no solo miseria y delito, también afecto, orgullo, códigos de pertenencia— y que entienden la ciudad como un mapa de desigualdades morales. La Granada del libro, en ese sentido, no sería “la ciudad monumental”, sino una Granada de bordes: un espacio donde la belleza patrimonial convive con zonas expulsadas del relato turístico. El Sacromonte, tan cargado de imaginario (flamenco, cueva, folklore), funciona como símbolo problemático: puede ser postal o puede ser herida. La apuesta literaria consistiría en desactivar la postal sin negar la carga cultural del lugar, evitando la mirada exotizante.

Y ahí aparece el núcleo ético más delicado: la representación de un “clan gitano” como centro de un submundo criminal. La literatura puede y debe entrar en territorios conflictivos, pero no sale indemne de cómo lo hace. Si el clan se reduce a maquinaria delictiva, la novela participa —aunque no lo pretenda— de una economía cultural del prejuicio. Si, en cambio, el texto articula diferencias internas, tensiones, escalas de vulnerabilidad y de poder; si muestra que el delito no es esencia identitaria sino resultado de condiciones, decisiones y jerarquías; entonces la novela puede convertir un material sensible en cuestión, no en confirmación. El criterio, en última instancia, no es “si se puede contar”, sino desde dónde se cuenta: qué mirada administra el miedo y qué mirada concede humanidad.

La lectura interpretativa más productiva del libro se sostiene, precisamente, en esa administración de la mirada. Lucas —joven, solo por elección, empujado a involucrarse— encarna al sujeto contemporáneo que cree poder mantenerse al margen: un individuo que ha hecho de la retirada un modo de supervivencia. La novela lo desmiente con crueldad: en determinadas zonas sociales, “mantenerse fuera” es una ficción. La violencia ajena termina siendo una forma de intimidad impuesta. De ahí que la obra pueda leerse como una crítica del mito liberal de la autonomía: no elegimos siempre las redes que nos atrapan, pero sí somos responsables de cómo actuamos dentro de ellas. La interferencia inicial del protagonista no es heroísmo; es, quizá, un resto de dignidad que lo condena a pagar el precio de mirar. A partir de ahí, todo se reorganiza: la lealtad, el deseo, el miedo, la idea misma de futuro.

También el título opera como clave. “Sicario” nombra la profesionalización de la violencia: no el arrebato, sino el oficio; no el crimen pasional, sino el crimen como trabajo. “Sacromonte”, por su parte, arrastra una paradoja semántica (lo “sacro” en el “monte”) que sugiere el choque entre mito cultural y degradación cotidiana. Leído así, el título propone una convivencia incómoda entre lo venerable y lo siniestro: el mismo lugar que la cultura ha santificado puede albergar —o encubrir— una economía de muerte. La novela, entonces, no solo narra un descenso a un submundo: interroga el modo en que una ciudad se cuenta a sí misma, qué oculta para sostener su imagen, qué periferias necesita para conservar su centro.

Si hay un riesgo formal en un planteamiento como este, es la tentación de resolver el conflicto con una moral nítida: buenos y malos, víctimas y verdugos. Pero los elementos anunciados —venganza, traición, celos, poder, coacción y amor— apuntan a un mundo donde las motivaciones se contaminan. Esa contaminación puede ser el logro: no excusar la violencia, sino mostrar su capacidad de colonizar lo afectivo; no romantizar el peligro, sino exhibir la facilidad con que el deseo se confunde con la dominación.

Hipótesis crítica abierta: El sicario del Sacromonte puede leerse como una novela sobre la imposibilidad de la neutralidad —sobre cómo, en ciertos ecosistemas sociales, mirar ya es intervenir— y sobre el modo en que el amor, lejos de redimir, se convierte en el último instrumento con el que el poder termina de capturar al individuo.

© Anxo do Rego para VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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