Hay una forma de deterioro que no hace ruido: el que se produce cuando el lenguaje deja de ser un instrumento de precisión y pasa a funcionar como un atajo. La prensa, que presume de vigilar el poder, a menudo abdica de vigilar sus propias palabras. Y esa abdicación no es un asunto ornamental. El idioma, en un periódico, no es “estilo”: es infraestructura. Sostiene la inteligibilidad del mundo común y, por tanto, la posibilidad misma de una conversación pública.
El mal uso del español en titulares y cuerpo del texto suele presentarse como un desliz menor —“cosas del cierre”, “lo pide el SEO”, “así habla la gente”—, pero conviene leerlo como síntoma. El síntoma es doble: por un lado, una aceleración industrial del discurso; por otro, una sustitución de la claridad por una ilusión de modernidad. El resultado es un periódico que aparenta estar al día mientras empobrece su capacidad de explicar.
Titulares: cuando la prisa se disfraza de ingenio
El titular es el lugar donde la prensa negocia con su propia ansiedad. En teoría, condensa; en la práctica, compite. La economía de la atención ha convertido el encabezado en una microficción cuya finalidad es forzar el clic, no abrir un tema. De ahí la proliferación de verbos blandos (“pone en valor”, “se posiciona”, “visibiliza”), sustantivos comodín (“impacto”, “relato”, “hoja de ruta”) y metáforas agotadas que camuflan la falta de información verificable. No es solo una cuestión estética: es una renuncia a la responsabilidad semántica.
El titular también ha asumido la lógica del eslogan. Se impone el tono imperativo (“Así…”, “Esto es lo que…”) y el suspense manufacturado (“Lo que no te han contado…”). Esa teatralización no es inocente: desplaza el periodismo del terreno de la comprobación al de la insinuación. Y cuando el titular sugiere más de lo que el texto puede sostener, se produce una quiebra ética: el lector entra en un contrato defectuoso, atraído por promesas que no se cumplen.
Cuerpo del artículo: la degradación por redundancia y vaguedad
En el texto, el deterioro se vuelve más sutil y más grave. La mala sintaxis no es el problema central; lo es la vaguedad programática. Donde antes había relaciones causales, aparece una sucesión de frases “bien sonantes” que no comprometen a nada. Se escribe para no equivocarse, que es otra forma de equivocarse: se evita el dato concreto y se abraza la perífrasis. El artículo se llena de muletillas conceptuales que sustituyen la explicación por el rodeo.
Este fenómeno tiene una lectura literaria. Desde Larra, la prensa española ha oscilado entre el nervio del juicio y el manierismo. La columna —pensemos en Umbral— podía permitirse la exuberancia porque su pacto era explícitamente retórico. El problema contemporáneo es distinto: se infiltra un retoricismo de baja intensidad en piezas informativas que deberían aspirar a la nitidez. Se importa la cadencia de la publicidad y del documento corporativo: el estilo de la nota de prensa, con su aire de verdad administrada.
Palabras “no RAE” y la coartada de la novedad
La discusión sobre el diccionario se utiliza a menudo como garrote o como excusa. Hay quien invoca la RAE para prohibir cualquier innovación; hay quien la desprecia para justificar cualquier ocurrencia. Las dos posturas son cómodas y, por ello, sospechosas. El diccionario no es una frontera moral, pero tampoco un decorado irrelevante. Es un termómetro: indica estabilizaciones del uso, no necesariamente su calidad.
Lo que convendría criticar no es el neologismo en sí, sino su empleo como máscara. Hay términos importados o recién acuñados que nombran realidades nuevas; y hay otros que solo rebautizan lo ya conocido para parecer técnicos, contemporáneos o “globales”. El problema aparece cuando la palabra nueva no añade precisión, sino distancia: el periodista se protege tras una jerga que le evita explicar. El lector se queda fuera, y esa exclusión es un acto político.
El extranjerismo como atajo de prestigio
El abuso del extranjerismo —sobre todo anglicismos— no es solo una contaminación lingüística: es una forma de servidumbre cultural. No porque el inglés sea “malo”, sino porque se usa como sello de autoridad. “Compliance”, “briefing”, “insights”, “performance”, “stakeholders”, “fake news”, “timing”… A menudo existen equivalentes eficaces en español, pero el extranjerismo se impone por un motivo extralingüístico: comunica pertenencia a un ámbito profesionalizado, como si hablar fuese exhibir credenciales.
La prensa, al reproducir esa jerga, actúa como correa de transmisión de un poder tecnocrático. Traduce mal —o no traduce— y con ello renuncia a su función pedagógica. En vez de convertir lo complejo en comprensible, convierte lo comprensible en opaco. No es un pecado venial: es una inversión del mandato periodístico.
Aquí la ética coincide con la filología. Si el periódico se dirige a un público general, el criterio no debería ser “suena a sector”, sino “se entiende sin perder rigor”. El extranjerismo, cuando no es necesario, es pereza con aires cosmopolitas. Y la pereza, en un oficio que presume de vigilancia, acaba siendo connivencia.
Terminologías inadecuadas: el lector como daño colateral
La terminología impropia no solo procede del inglés. También viene del laboratorio académico, del consultor, del departamento de comunicación institucional. Expresiones como “narrativa”, “gobernanza”, “espacios seguros”, “interseccionalidad”, “resiliencia” —cada una con usos pertinentes— se vuelven problemáticas cuando se emplean sin definición, como si fueran autoevidentes. El lector medio no es culpable de no manejar un glosario; el culpable es el redactor que lo presupone.
La prensa, así, consolida un modelo de ciudadanía por exclusión: solo participa quien domina el argot. El periódico se convierte en un club de iniciados o en un espejo de élites profesionales. La cultura democrática, sin embargo, requiere exactamente lo contrario: un idioma que permita que asuntos complejos —sanidad, geopolítica, economía— sean discutidos por cualquiera con información suficiente. Cuando la prensa renuncia a esa claridad, no se limita a “escribir mal”: debilita la posibilidad del debate público.
La pregunta incómoda: el redactor de 22 años como síntoma del sistema
¿Puede un periodista joven, a veces becario, escribir hoy sobre sanidad, mañana sobre geopolítica y pasado sobre cultura? La pregunta, formulada así, corre el riesgo de señalar al eslabón más débil para exculpar al engranaje. El problema no es la juventud; es el modelo productivo que convierte la redacción en una cadena de montaje. Un becario no es una anomalía: es la pieza perfecta de un sistema que paga poco, exige mucho y premia la velocidad sobre la comprensión.
La polivalencia es una virtud cuando se apoya en tiempo, edición y formación. Pero en la prensa actual suele significar otra cosa: disponibilidad permanente y especialización simulada. Se escribe “de” lo que toque con una capa de terminología prestada, enlaces rápidos y declaraciones cruzadas. El texto queda correcto en superficie y frágil en profundidad. Y esa fragilidad se compensa con un lenguaje que pretende sonar experto: ahí aparece la jerga, el extranjerismo, el falso tecnicismo.
Hay una dimensión ética ineludible: la responsabilidad se diluye. Si nadie puede leer, contrastar y reescribir, el error deja de ser excepción y se convierte en régimen. El joven redactor no es culpable de no tener “tiempo para condensar conocimiento”; lo culpable es un sistema que confunde información con producción de contenido. Y un oficio que acepta esa confusión termina aceptando, también, que la lengua sea un material desechable.
En términos literarios, el periodismo pierde su tradición de prosa pública: esa que aspiraba a ser clara sin ser plana, crítica sin ser críptica. Cuando se precariza la escritura, se precariza la mirada. Y cuando se precariza la mirada, la prensa deja de ser un dispositivo de comprensión para convertirse en un flujo de frases que pasan.
Hipótesis crítica abierta
Si la degradación del idioma en la prensa no es un accidente, sino un efecto estructural de la economía de la atención y de la precarización de la redacción, quizá el problema de fondo no sea lingüístico, sino político: el paso de un periodismo que construía un espacio común a una industria que segmenta audiencias, y que utiliza la jerga —extranjerizante o tecnocrática— como mecanismo de selección y de distancia. ¿Y si el “mal uso” del español no fuese solo un fallo de estilo, sino la forma lingüística de una renuncia a la igualdad en el acceso a lo comprensible?
© Valentín Castro
Jefe de Redacción



