Los Llanos, de Federico Falco

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Los llanos, de Federico Falco (Anagrama, 2020), se sostiene sobre una apuesta formal que hoy resulta casi contracultural: narrar el duelo sin dramatizarlo, dejar que el dolor no sea un estallido sino una atmósfera, y convertir el paso del tiempo —no el giro de los acontecimientos— en la verdadera materia narrativa. No es, por tanto, una “novela de huida” en sentido convencional, aunque adopte el gesto inaugural del retiro: lo que se busca en el campo no es un escenario alternativo, sino un método. El llano opera como dispositivo de percepción. Allí, como sugiere la propia voz narrativa, el tiempo deja de ser una abstracción urbana y se vuelve algo que pesa, que roza, que impone su cadencia.

La novela está contada desde un yo que no presume de transparencia: es un narrador que mira, recuerda y escribe, pero cuya lucidez no equivale a control. Ese matiz es decisivo. Falco no construye un “personaje sensible” que nos seduzca por su ingenio introspectivo, sino una conciencia que trabaja: trabaja la huerta y, en paralelo, trabaja el sentido. La primera persona se convierte así en una herramienta de registro antes que en un confesionario. Hay una contención estilística que evita el sentimentalismo y, a la vez, impide la neutralidad: el dolor está, pero no se exhibe; se filtra en la manera de enumerar tareas, de atender a lo mínimo, de medir el día por su desgaste.

En términos de estructura, Los llanos avanza por capítulos que cubren meses, con un arranque invernal y una progresión estacional que no funciona como “metáfora fácil” (curación = primavera), sino como una pedagogía de la atención. El tiempo narrativo se dilata: lo que en otras novelas sería elipsis aquí se convierte en estancia. Y esa decisión afecta al ritmo de la frase. Falco favorece una prosa respirada, de observación minuciosa, donde los objetos y los seres —insectos, hojas, tierra húmeda, ruidos— no decoran: instituyen el tono. El detalle no es realismo costumbrista; es ética de la mirada. Lo que el duelo desordena por dentro, el mundo exterior lo reordena con su insistencia material.

Ese método formal (mirar para no desmoronarse) se articula con un segundo eje: la memoria. El narrador recuerda la infancia, relatos familiares, figuras y episodios que regresan con el carácter irregular de lo recordado: no como archivo, sino como montaje. Importa cómo vuelve el pasado, no qué “explica” del presente. Por eso la novela no se lee como una investigación psicológica que aspire a una causa final de la ruptura, sino como el seguimiento de una mente que, al quedarse a solas, activa sus mecanismos narrativos. La memoria aparece contaminada por el cine, por historias oídas, por la duda de si aquello fue real o una escena reescrita. Esa vacilación es uno de los logros del libro: muestra que el yo, cuando sufre, se cuenta a sí mismo para sobrevivir, y en ese contarse mezcla experiencia y relato sin distinguirlos del todo.

En este punto asoma una capa metanarrativa muy característica de Falco: el interés por “cómo funcionan” las historias, por su arquitectura y su secreto. Leída desde ahí, Los llanos no solo habla del duelo, sino del impulso —a veces desesperado— de convertir el duelo en narración. No para embellecerlo, sino para hacerlo habitable. La escritura no aparece como salvación luminosa, sino como una práctica lenta, a ratos torpe, que acompasa la vida cuando la vida pierde compás. Esta es una novela sobre un escritor, sí, pero más aún sobre alguien que no sabe si todavía lo es: alguien que intenta reconstruir una relación con el lenguaje cuando el lenguaje parece insuficiente.

El vínculo amoroso roto (con Ciro, según el texto de base que manejáis) no se explota como conflicto, sino como ausencia activa: una falta que reorganiza el campo perceptivo. Y aquí conviene subrayar un aspecto ético y contextual: la novela sitúa un duelo amoroso queer sin convertirlo en bandera ni en excepcionalidad dramática; lo integra con naturalidad en el tejido de lo cotidiano. Ese gesto —no subrayar, no “explicar”, no pedir permiso— tiene un valor literario y político: desplaza el centro del libro desde la identidad a la experiencia humana del abandono, sin borrar la especificidad. En un momento en que cierta narrativa contemporánea confunde intensidad con énfasis, Falco apuesta por una intensidad baja, sostenida, que exige lectura atenta.

También hay un diálogo con tradiciones reconocibles: la literatura del retiro, el cuaderno de campo, la novela-diario, cierto minimalismo sensorial que prefiere la textura a la peripecia. Pero Los llanos evita dos trampas frecuentes: la idealización de lo rural y la fantasía terapéutica. La huerta no es un paraíso; es trabajo, repetición, fracaso, plaga, aprendizaje. Y justamente por eso funciona como contrapeso del duelo: no “cura”, pero obliga a estar. En la ciudad uno puede anestesiarse con estímulos; en el campo la vida insiste con su materialidad. Falco hace de esa insistencia una poética: una manera de narrar que confía en la duración y en el tacto del mundo.

Todo esto explica con nitidez su lugar en LECTURAS ESENCIALES: no por la “importancia” temática —un duelo amoroso lo han contado miles—, sino por la solución técnica. Los llanos enseña cómo sostener una novela con casi nada sin caer en el ejercicio vacío: cómo construir tensión sin trama, cómo hacer que el tiempo sea argumento, cómo convertir la atención en forma, cómo dejar que el paisaje no sea fondo sino método narrativo. Que la novela fuese finalista del Premio Herralde (2020) y se publicase en Anagrama no es un dato ornamental: sitúa el libro en una línea de narrativa hispánica que valora la precisión formal y la apuesta por voces no estridentes.

Federico Falco, además, llega a esta novela desde una trayectoria muy marcada por el cuento, lo que se nota en la manera de recortar escenas, de cargar de sentido un gesto mínimo, de evitar explicaciones redundantes. Su prosa tiene algo de esa disciplina del relato breve: cada observación parece elegida, no acumulada. Y, al mismo tiempo, la novela se permite el lujo de la deriva: digresiones, recuerdos, apuntes sobre la escritura. Esa combinación —disciplina y deriva— es uno de sus hallazgos más fértiles.

La hipótesis crítica que deja abierta Los llanos podría formularse así: quizá el duelo no se supera “entendiendo” la ruptura, sino reaprendiendo a percibir; quizá el llano —su aparente vacío— no es un lugar de retirada, sino un entrenamiento de la mirada que devuelve a la vida su escala verdadera, y con ella la posibilidad (nunca garantizada) de volver a contarse sin mentirse del todo.

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