Jonás y la esperanza, de Juan Carlos Rodríguez Torres [ ENERO ]

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Jonás y la esperanza (Editorial Nazarí), de Juan Carlos Rodríguez Torres, se instala en un territorio reconocible de la narrativa contemporánea —la tristeza como clima moral, la vejez como umbral, el vínculo como posibilidad de reorientación—, pero lo interesante no es la materia en sí, sino el modo en que la novela la convierte en problema de lectura. Aquí la esperanza no funciona como promesa amable, sino como una fuerza que desordena: obliga a reconfigurar lo que el protagonista había entendido por retiro, por silencio y, sobre todo, por protección frente a sí mismo.

El punto de partida —un hombre jubilado que se atrinchera en una monotonía apática, con la tristeza como forma de administración del tiempo— no se presenta tanto como “situación” cuanto como dispositivo de percepción. La jubilación aparece menos como episodio biográfico que como cambio de régimen: el sujeto deja de estar sostenido por las inercias sociales del trabajo y se ve confrontado a lo que permanece cuando cesa el ruido. En ese sentido, la tristeza no es únicamente un estado anímico; es una manera de organizar la realidad, de simplificarla mediante el repliegue. La novela, tal y como se propone, explora esa economía afectiva: el aislamiento como estrategia para no negociar con recuerdos ni emociones. Lo relevante, desde una lectura crítica, es que esa estrategia tiene un coste ético: la tristeza se convierte en coartada para suspender la relación con el mundo.

La entrada de Ujaripén —una presencia joven, enérgica, vinculada al cuidado— activa una tensión que conviene leer con cautela, porque arrastra un riesgo frecuente en relatos de transformación: el de convertir a la segunda figura en mero catalizador del cambio ajeno. Sin embargo, el propio texto señala que la novela concede a Ujaripén un recorrido interior, articulado por la poesía como vehículo expresivo. Ese detalle es importante: introduce una reciprocidad que desplaza el relato del esquema terapéutico (alguien “salva” a alguien) hacia un espacio de intercambio en el que ambos personajes se reescriben. Si la novela sostiene esa reciprocidad en su forma —no solo en la intención—, el resultado puede ser más complejo de lo que su premisa sugiere.

Hay un núcleo formal que merece atención: la literatura, dentro de la novela, no es decoración culta ni simple tema, sino tercero mediador. La pasión compartida por los libros y la poesía funciona como una zona común donde se puede hablar sin hablar “directamente”: un lenguaje prestado para decir lo que no encuentra salida en el lenguaje ordinario. Esto tiene consecuencias narrativas: el vínculo no nace de la confesión inmediata, sino del rodeo; la intimidad se construye por aproximaciones, mediante lecturas y resonancias. En términos estrictamente formales, esa estrategia permite que la novela trate la tristeza sin caer en el soliloquio autocompasivo: el dolor se reconoce en espejo, desplazado a través de textos, citas, discusiones o escenas de lectura. La literatura se vuelve una práctica, no un emblema.

A partir de ahí, la novela plantea una cuestión ética de primer orden: la conexión humana como forma de responsabilidad, no como consuelo. El cuidado —Ujaripén entra en el hogar para cuidar— abre un campo de fuerzas que la narrativa contemporánea apenas empieza a asumir con toda su densidad: ¿qué significa ser cuidado cuando uno se ha convencido de que la soledad es la única forma de control? ¿Qué contratos afectivos se establecen entre quien presta cuidado y quien lo recibe? En el trasfondo late una tensión social evidente: la intimidad doméstica, la dependencia en la vejez, y el modo en que esos espacios se sostienen con trabajos invisibilizados. Incluso si la novela no tematiza explícitamente esa dimensión, la situación la convoca y el lector crítico no debería pasarla por alto: el relato de la “redención” no puede desligarse de las condiciones materiales y emocionales que la hacen posible.

En cuanto a estructura, el texto apunta a un itinerario de autoconocimiento y transformación. La cuestión, para una lectura exigente, es cómo se gestiona ese itinerario: si se limita a una curva de mejora —del gris al color, de la apatía a la plenitud—, la novela corre el peligro de plegarse a una narrativa de superación muy asentada en el imaginario contemporáneo, donde el sufrimiento se justifica por el aprendizaje posterior. Si, en cambio, la transformación se representa como proceso irregular, con regresos, resistencias y zonas opacas, entonces la obra puede plantear una esperanza menos complaciente: no la que asegura resultado, sino la que obliga a sostener el vínculo incluso cuando no hay recompensa inmediata. La esperanza, en esa lectura, no sería “sentimiento” sino disciplina: un modo de permanecer abierto.

El lenguaje —al menos tal como lo sugiere el texto— se orienta hacia una tonalidad lírica contenida, con tendencia a formular grandes categorías (alma humana, redención, luminosidad) que en manos menos cuidadosas se convierten en abstracción. Ahí está uno de los desafíos estilísticos del libro: convertir lo abstracto en experiencia concreta. En narrativa, “tristeza” y “redención” solo adquieren peso cuando se encarnan en gestos, ritmos, escenas; cuando la prosa trabaja con precisión y evita el atajo de la palabra elevada que sustituye a la observación. Si Juan Carlos Rodríguez Torres sostiene su apuesta con una prosa atenta al matiz —sin dramatizar de más, sin dulcificar—, el efecto puede ser el de una escritura que no explica la emoción, sino que la hace respirable. Si no, el riesgo es el contrario: que la emoción se nombre antes de ser construída.

Situada en su contexto literario, la novela dialoga con una corriente española reciente que ha abordado el retiro, la intemperie cotidiana y la erosión de los vínculos desde registros diversos. Hay, por ejemplo, en Luis Landero una atención sostenida a la memoria íntima y a la conciencia que se mide frente a su propia narración; en Santiago Lorenzo, la tentación del apartamiento como respuesta a un mundo saturado; en Rafael Chirbes, la dimensión moral de las vidas aparentemente comunes. Sin necesidad de forzar parentescos, Jonás y la esperanza comparte con esa constelación una pregunta que se ha vuelto central: cómo vivir cuando el relato social que nos ordenaba (trabajo, productividad, identidad pública) pierde fuerza y queda el sujeto ante su propio silencio.

La novela también se inserta en una sensibilidad ética contemporánea que desconfía tanto del cinismo como de la redención automática. En un tiempo en el que la retórica del bienestar tiende a privatizar el sufrimiento (“gestiona tus emociones”, “reinvéntate”), el libro —si se lee a contrapelo— puede ofrecer algo más incisivo: una exploración de la tristeza como fenómeno que no se resuelve solo con voluntad individual, sino mediante relaciones que exigen negociación, escucha y exposición. La “conexión humana” no es aquí un eslogan: es un campo de pruebas para el yo, que debe renunciar a su soberanía.

En última instancia, el gran acierto potencial del planteamiento está en entender el arte no como salvación, sino como lenguaje para lo indecible. No se trata de que la literatura cure, sino de que permite formular —con menos violencia, con más precisión— aquello que de otro modo se enquista. La poesía, para Ujaripén, no sería una escalera hacia la elevación, sino una herramienta de identidad: la posibilidad de decirse sin quedar atrapada en el papel de cuidadora. Para Jonás, los libros no serían evasión, sino el reverso de la evasión: el lugar donde uno se ve obligado a reconocer su propia resistencia a vivir.

Hipótesis crítica abierta: leída más allá de su arco de transformación, la novela puede entenderse como una indagación sobre la esperanza no como promesa, sino como relación: una forma de convivencia con lo que duele que solo se activa cuando el yo acepta dejar de administrarse en soledad, asumiendo que la redención —si existe— no ocurre “dentro” del individuo, sino en ese espacio intermedio, frágil y exigente, donde dos vidas se prestan lenguaje.

© Anxo do Rego para Ventana de Ensayo Crítico

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