26.
Apenas ha mirado de reojo el mantel tan blanco, el mobiliario tosco, pesado, sencillo, las cortinas tan blancas como el mantel y el vaso de café ardiendo, humeante, que sujeta entre sus manos. Solo tiene ojos para la mujer sentada frente a él. En un momento dado, habla, y sus palabras resuenan por toda la vivienda, casi con eco.
—Entonces, ¿me recuerdas?
Ella esboza una especie de levísima sonrisa, como una especie de destello en su mirada.
—Eras muy joven.
—Tú también. Pero cómo olvidarte. Te he recordado durante todos estos años como la estrella más luminosa de este cielo tan limpio y estrellado.
Entonces la mujer sonríe con todo su rostro, tapándose la boca con su mano derecha para sofocar la carcajada.
—Ay, por favor. Qué cosas dices.
Luego suspira, y su expresión se ensombrece de repente.
—Mi hijo puede aparecer en cualquier momento, ha podido hacerlo antes, mientras estábamos…
—No creo -dice él-. Se lo llevaron los guardias.
—¿Los guardias? ¿Por qué?
—No lo sé. Intentaré averiguarlo, si quieres.
Antonio siente cómo le atraviesa la mirada de la mujer que tiene enfrente. También siente que no han pasado los años, aunque por supuesto que han pasado, y de qué forma.
—¿Puedo preguntarte algo?
Sabe lo que va a preguntarle, sabe que está en la obligación de preguntarlo. Él también podría formular preguntas sin respuesta: pero no a ella; no en ese momento, ni siquiera en ese lugar.
—¿Qué le has hecho a Faustino?
Antonio se levanta, despacio, buscando con un rápido vistazo el sombrero que ya no tiene. Camina hacia la puerta de la calle, y se detiene en el último momento cuando escucha la voz de la mujer.
—¡Espera!
Se vuelve para mirarla a los ojos: definitivamente, el tiempo se congeló para siempre en su memoria.
—¿Volverás?
—Claro —responde antes de salir a la calle.
© Ángel Calvo Pose



