El instante en que se encienden las farolas, de Empar Fernández

0
224

En la narrativa criminal contemporánea española, la obra de Empar Fernández ocupa un lugar reconocible por una combinación poco complaciente: economía expresiva, atención a los márgenes sociales y una confianza sostenida en que la intriga no basta si no se hace cargo de su espesor moral. El instante en que se encienden las farolas puede leerse como un fenómeno literario en la medida en que cristaliza una deriva del género negro —muy visible en la última década— hacia formas de realismo ético que no se limitan a “denunciar”, sino que ponen en crisis los modos de mirar del lector. No se trata de añadir “tema social” a una maquinaria policial, sino de convertir la maquinaria en el problema: qué se investiga, qué se considera prueba, quién merece nombre, quién queda reducido a expediente o a residuo.

El primer rasgo formal que sostiene esa apuesta es la voz narrativa: sobria, de frase contenida, con un control evidente de la temperatura emotiva. Empar Fernández evita el golpe sentimental y prefiere un temblor de baja intensidad, un registro que no se impone sino que insiste. Esa contención tiene un efecto doble. Por un lado, preserva la credibilidad del universo representado: el dolor no se exhibe, se administra como un dato incómodo. Por otro, obliga a que la lectura se haga activa; el lector no es arrastrado por un torrente retórico, sino empujado a completar silencios, a interpretar lo que queda fuera de campo. En un panorama donde parte de la novela negra se apoya en un estilo “explicativo” —guiado por la urgencia de justificar cada giro—, aquí el lenguaje se niega a sobreinformar: confía en la inteligencia moral del lector y, a la vez, la pone a prueba.

La estructura responde al mismo principio. La novela trabaja con un montaje de escenas que alterna espacios y sujetos sin convertir ese procedimiento en un alarde técnico. La alternancia no busca únicamente sostener el suspense; diseña una cartografía de la ciudad y de sus jerarquías de visibilidad. La investigación policial, el ámbito hospitalario y la circulación nocturna por lo urbano componen una especie de tríptico: institución, cuerpo, calle. Lo relevante es que la estructura no ordena estos ámbitos como estratos neutros, sino como dispositivos de clasificación. El lector percibe que cada entorno impone un idioma propio —el parte médico, el atestado, la charla de supervivencia— y que pasar de uno a otro implica cambios de estatuto: de persona a caso, de caso a molestia, de molestia a cifra. La forma, en este sentido, no acompaña a la ética; la produce.

En cuanto al lenguaje, Empar Fernández adopta una escritura de precisión funcional, con un léxico cotidiano que evita la ornamentación pero no renuncia a la densidad. Esa densidad procede del encaje entre lo concreto y lo simbólico: objetos y gestos que parecen meros detalles (una bolsa, un turno, una luz, un trayecto) adquieren valor de índice social. El mundo material pesa, y pesa porque está distribuido de manera desigual. La prosa se hace así “materialista” sin proclamarse como tal: no teoriza, presenta. La luz de las farolas —metáfora fácil si se subraya— funciona aquí con discreción: no ilumina para revelar una verdad total, sino para delimitar una zona de visibilidad parcial. Lo que queda fuera de ese cono de luz es, precisamente, el espacio de los cuerpos prescindibles. La novela escribe desde esa penumbra, pero sin estetizarla.

El inspector Tedesco, como figura central del dispositivo policial, está construido desde una tensión reconocible en la narrativa negra reciente: el investigador ya no encarna la razón que ordena el caos, sino una conciencia expuesta a la fricción entre procedimiento y compasión. Lo interesante no es su “humanidad” en abstracto, sino el modo en que su posición institucional lo convierte en mediador de una violencia burocrática. La investigación exige clasificar, jerarquizar, cerrar; pero la experiencia del caso introduce resistencias que no son solo psicológicas, sino políticas. El texto sugiere —sin convertirlo en tesis— que la verdad no es un objeto que se encuentra, sino un acuerdo social sobre qué cuenta como verdad. Y ese acuerdo suele favorecer a quienes pueden sostener un relato con recursos: papeles, abogado, red, reputación. Los otros quedan expuestos a una segunda muerte: la del relato.

Aquí se percibe la inserción de la novela en un contexto literario específico. La novela negra española —desde la consolidación de sus corrientes más “procedimentales” hasta la expansión de su vertiente social— ha funcionado como un laboratorio de representación de crisis: corrupción, precariedad, violencia machista, deterioro institucional, desigualdad urbana. En ese marco, Empar Fernández se alinea con una tradición que no confunde el “caso” con el “enigma” clásico, y que entiende el crimen como síntoma de un reparto de poder. Hay ecos de la novela de diagnóstico social, pero actualizados: no es el realismo decimonónico que cartografía clases, sino una escritura que cartografía circuitos de circulación (de dinero, de residuos, de cuerpos, de información). También puede leerse en continuidad con ciertas narrativas españolas que desplazan el centro hacia los márgenes —sin convertirlos en exotismo— y que cuestionan la retórica meritocrática mediante vidas que no tienen margen de elección real.

El eje ético de la obra se articula alrededor del nombre. El anonimato no es un recurso para aumentar el misterio; es una condición social. Un “sin nombre” en la novela no es solo alguien aún no identificado: es alguien a quien el sistema no reconoce como interlocutor. Fernández explora esa desposesión sin moralina, a través de una dramaturgia de lo impersonal: camas numeradas, rutas de recogida, informes, turnos, cámaras. El lector entiende que lo “impersonal” no es neutro; es una forma de poder. Y ahí la novela toca un nervio contemporáneo: la gestión institucional de la vulnerabilidad. El hospital y la comisaría aparecen como lugares donde se decide, a menudo sin mala intención, quién merece tiempo, escucha, recursos. La ética que emerge no es la de la “bondad” individual, sino la del coste de mirar.

Esa mirada se organiza mediante un mecanismo interpretativo muy claro: la ciudad como máquina de selección. La basura —más que un motivo— opera como figura estructurante: lo que se desecha, lo que se recicla, lo que se compacta, lo que desaparece. La novela desplaza el foco del “delincuente” hacia el circuito que permite que ciertas existencias terminen en el borde de lo descartable. En este sentido, el fenómeno literario de la obra reside en su capacidad para hacer que el género negro funcione como una pedagogía negativa: el lector no aprende “quién lo hizo” como aprendizaje reconfortante, sino “cómo se hace” el borrado social. El suspense, lejos de ser un entretenimiento autónomo, se vuelve un modo de sostener la atención sobre aquello que normalmente se mira de reojo.

Conviene subrayar también el uso del tempo narrativo. Empar Fernández no busca la aceleración permanente; alterna momentos de avance con pausas que registran desgaste: el cansancio, la intemperie, el trámite. Ese tempo produce un efecto de realidad que es, al mismo tiempo, un efecto de juicio. La lentitud del trámite se convierte en forma de violencia: lo que tarda, lo que se aplaza, lo que no se atiende. En un ecosistema cultural dominado por la urgencia y la espectacularidad, la decisión de mantener una pulsación contenida adquiere un valor crítico. La novela se permite insistir donde otras pasarían página.

Leída como fenómeno, El instante en que se encienden las farolas confirma algo relevante sobre la narrativa contemporánea: la necesidad de relatos que no se limiten a representar “problemas”, sino que interroguen el marco mismo de la representación. Quién habla, desde dónde se mira, qué se considera evidencia, qué se considera vida. La farola —ese dispositivo urbano de iluminación— sintetiza la operación: iluminar es siempre seleccionar. La novela no pretende iluminarlo todo; pretende que el lector advierta el coste de esa selección y la comodidad de vivir dentro del círculo de luz.

Hipótesis crítica abierta: la novela puede interpretarse como una exploración de la “economía de la atención” en clave ética: no solo se trafica con objetos y cuerpos, también con la capacidad social de nombrar y de ser nombrado; el crimen, entonces, no sería el acto excepcional que rompe el orden, sino el procedimiento ordinario mediante el cual el orden decide a quién deja en la penumbra.

© Anxo do Rego para VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí