Antes de familiarizarse con los muertos haciendo gala de esa naturalidad innata, se esforzó en hacerlo con los vivos, sabedor desde el principio de que prácticamente afrontaba un imposible; de que toda vida, incluida la suya, no era más que un trámite, un accidentado tránsito hacia la muerte.
La misma casa junto a la plaza de toros —el muchacho saliendo nervioso con sus amplias zancadas, yendo al encuentro de algo o alguien que desconoce, como mucho intuye, anhela, desea y teme al mismo tiempo—. Hace años el muchacho era él. Se había colado en la casa vacía, había terminado escondido debajo de una cama en el dormitorio de sus tíos después de bajar la guardia, distraído, fascinado por una langosta enorme a pocos centímetros de su cara.
Recuerda su espera frente a la langosta y el sonido de los pasos de su tío en aquella habitación. El muchacho se detiene en seco sorprendido por la aparición de un guardia civil. El nerviosismo de sus gestos va en aumento, y contrasta con la tranquilidad del guardia marcándole el camino con un movimiento del fusil.
Recuerda que salió como había entrado, sin ser visto. Aquel impulso de espiar a su familia obedeció a la necesidad de averiguar algo sobre ellos, es decir, sobre sí mismo. No descubrió gran cosa: como mucho, que le irritaba la posibilidad de reconocerse en el comportamiento de su tío o de su primo, como le irritaba la existencia de rasgos comunes entre sus padres y él mismo. Esos rasgos comunes, si existían, eran elementos genéticos olvidados que dejaron de importarle.
Sabe que el cabo Romero conducirá al muchacho hasta el cuartelillo y también sabe, o imagina, lo que ocurrirá después. También sabe que si vuelve a entrar en la casa descubrirá que sigue siendo la misma por dentro igual que por fuera; encontrará a la mujer de Faustino, la madre del muchacho (la madre de Soledad), su miedo y su desconfianza primero, la remota pero evidente familiaridad después, y se acercará a ella despacio, sin pronunciar palabra, ni escucharla. La puerta, como entonces, está abierta. Entra y se dirige de memoria al dormitorio principal. Esta vez no se esconderá bajo la cama: no será necesario. Tampoco sería posible, desde luego. No cabría.
©Ángel Calvo Pose




Si la memoria conforma al ser humano¿ Hasta qué punto podemos desprendernos de las partes de ella que nos han inculcado si no rompemos los lazos que nos unen a la familia?
No recuerdo quien dijo que era necesario romper con la familia para iniciar la búsqueda de uno mismo sin que ello supusiera renunciar a la familia definitivamente.
Cuando regresemos a la familia ya no la reconoceremos.. Quizá fue Faulkner quien lo dijo..
Gracias por el relato, Ángel siempre con tu sello personal.
Gracias a ti, porque me descubres nuevas perspectivas que me hacen pensar y me muestran el camino que debo seguir. Tus enriquecedores comentarios me ayudan más de lo que piensas.