Maruja Mallo (Viveiro, 1902 – Madrid, 1995) es una de las figuras más singulares y, a la vez, más injustamente relegadas del arte español del siglo XX. Su trayectoria, intensa y radical, la situó en el centro de la efervescencia cultural de la Segunda República, en diálogo con las vanguardias internacionales y en estrecho contacto con los grandes nombres de su generación. Sin embargo, su condición de mujer, su exilio prolongado y su negativa a encajar en estereotipos contribuyeron a un silenciamiento prolongado del que apenas ahora comienza a rescatarse con justicia.
Lejos de ser una nota al pie del arte de vanguardia, Mallo encarna como pocas creadoras la ruptura con la tradición, el compromiso con la modernidad estética y una visión del arte como lenguaje total, cargado de ritmo, pensamiento y visión cósmica.
Ana María Gómez González, nombre real de Maruja Mallo, nació en Viveiro (Lugo) en enero de 1902. Su familia se trasladó poco después a Avilés, y finalmente a Madrid, donde ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1922. Allí coincidió con artistas como Salvador Dalí o Remedios Varo y con figuras literarias como Federico García Lorca o Rafael Alberti. Mallo se convirtió en una presencia habitual en las tertulias madrileñas, y su carácter indómito y desafiante pronto le granjeó una reputación de artista iconoclasta.
Integrante de lo que hoy se reconoce como la “otra Generación del 27”, junto a compañeras como Concha Méndez, Rosa Chacel o María Zambrano, Maruja Mallo no se limitó a acompañar el movimiento vanguardista: lo protagonizó con una obra pictórica poderosa, libre de academicismos, y con una capacidad poco común para absorber las corrientes estéticas europeas sin perder un ápice de autenticidad.
Su primera etapa artística se caracterizó por una fascinación por lo urbano y lo popular, dentro de un lenguaje que conjugaba la influencia del cubismo, el futurismo y ciertos rasgos del realismo mágico. Obras como La verbena (1927) o La salida de la misa de doce del Pilar (1927) muestran una mirada penetrante sobre los ritos colectivos, tratados con ironía, ritmo compositivo y una inusual riqueza cromática.
La década de 1930 fue, sin duda, el periodo más fértil de la artista. Su pintura adoptó una geometría más depurada, cercana al purismo de Léger, y se nutrió del contacto con el pensamiento moderno: desde las teorías científicas de la época hasta la mitología clásica reinterpretada desde una sensibilidad contemporánea. La pintura de Mallo en esos años se convirtió en un cruce entre la precisión matemática y la sensibilidad poética, anticipando en muchos aspectos los lenguajes del arte posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Paralelamente, Mallo participó activamente en los proyectos culturales de la Segunda República. Fue una colaboradora entusiasta de las Misiones Pedagógicas, que llevaban cultura y arte a zonas rurales de España, y desarrolló tareas de divulgación visual a través de su implicación en proyectos educativos del Estado. En este contexto, su arte adquirió también una dimensión ética: el arte debía ser una forma de conocimiento accesible, transformador, abierto al pueblo.
Su relación con escritores como Rafael Alberti, Miguel Hernández o Ramón Gómez de la Serna no se limitó al ámbito personal. Compartieron afinidades estéticas y convicciones ideológicas. De hecho, fue Gómez de la Serna quien escribió uno de los primeros textos críticos sobre su obra y defendió su originalidad frente al academicismo reinante.
La Guerra Civil supuso una fractura definitiva. Mallo se exilió en 1937 a Buenos Aires, donde permaneció hasta principios de los años cincuenta. Su llegada a Argentina fue celebrada: expuso en importantes galerías, publicó textos en revistas culturales y se integró rápidamente en los ambientes intelectuales. Entró en contacto con figuras como Victoria Ocampo, Oliverio Girondo o Norah Borges, y su obra adquirió nuevos registros.
Durante su exilio en Argentina, Maruja Mallo desarrolló una etapa de madurez creativa marcada por la investigación en torno a lo orgánico, lo astronómico y lo simbólico. La crítica ha agrupado parte de estas obras bajo etiquetas como vegetales cósmicos o arquitecturas minerales, para describir la fusión entre geometría, botánica y ritmo cósmico que caracteriza obras como El canto de la espiga cósmica, Naturaleza viva o Sorpresa del trigo.”
Su pintura dejó atrás lo anecdótico para adentrarse en una reflexión sobre el universo como estructura en equilibrio dinámico. Esta dimensión mística, sin embargo, no se articuló desde un credo religioso, sino desde una concepción casi científica del arte como forma de conocimiento.
Tras su etapa americana, Mallo vivió en París, Lisboa y Nueva York, antes de regresar a España de forma definitiva en 1962. Pero la España a la que volvió poco tenía que ver con aquella que había dejado. El franquismo había borrado del relato oficial a los artistas republicanos, y su lenguaje pictórico —ni figurativo al uso ni plenamente abstracto— no se ajustaba a las modas del momento. Fue recibida con interés por algunos sectores, pero el reconocimiento institucional fue tardío y parcial.
A pesar de ello, continuó trabajando hasta avanzada edad, fiel a su lenguaje y a sus principios estéticos. Exposiciones en galerías privadas, así como su participación en algunas muestras colectivas, mantuvieron su nombre en circulación, pero nunca recuperó el lugar central que merecía.
No fue hasta la década de 1980 cuando empezó a despertarse un nuevo interés por su figura, especialmente desde los estudios de género y la crítica feminista, que comenzaron a reivindicar su papel en la historia del arte español. La gran retrospectiva organizada por el Museo Reina Sofía en 1993, dos años antes de su muerte, supuso el primer reconocimiento institucional de envergadura.
Aunque menos conocida, Maruja Mallo dejó también una producción escrita de gran interés. No existe un volumen completo de sus escritos, pero varios textos suyos fueron publicados en revistas y recogidos en antologías críticas. En ellos desarrolla una visión del arte como lenguaje universal, estructurado según leyes armónicas que conectan el cuerpo, la naturaleza y el cosmos.
Rechazó el dualismo entre forma y contenido, defendiendo que en el arte verdadero “la forma es el contenido”. Para Mallo, pintar era “pensar con las manos”, una actividad que exigía tanto disciplina como intuición. Su lenguaje escrito, lírico y afilado, se mueve entre la revelación estética y la crítica cultural. Allí donde la historiografía había encasillado a la mujer artista en el papel de musa o testigo, Mallo escribía y pintaba como creadora total.
En los últimos años, su obra ha sido objeto de numerosas relecturas. La crítica contemporánea, más abierta a las rupturas de canon, ha comenzado a valorar la profundidad intelectual de su pintura y su capacidad para dialogar con las vanguardias sin subordinarse a ellas. Su figura es hoy central en los estudios sobre las artistas de la Generación del 27, y su nombre aparece con justicia en los manuales de historia del arte.
Pero aún queda mucho por hacer. En los fondos de museos españoles, sus obras siguen siendo escasas. La investigación sobre su producción en el exilio apenas comienza, y muchas de sus aportaciones escritas siguen sin editarse de forma sistemática. Recuperarla implica no solo reconocer su lugar, sino cuestionar los mecanismos que la expulsaron de la historia oficial.
Maruja Mallo no fue una figura secundaria de la modernidad española. Fue una protagonista incómoda, lúcida, excesiva, difícil de encasillar. Y tal vez por eso su arte, más que otros, sigue desafiando nuestros marcos de lectura.
Bibliografía recomendada
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Miguel Ángel Delgado, Maruja Mallo. La gran transgresora del 27, Madrid: Siruela, 2014.
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Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Maruja Mallo. Exposición retrospectiva, catálogo oficial, Madrid, 1993.
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Pilar Cabañas Moreno, “La otra mirada de la modernidad: Maruja Mallo y su universo simbólico”, Revista de Arte y Pensamiento, nº 6, 2011.
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Carmen Gaitán Salinas, Maruja Mallo: la mujer de las vanguardias, Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2012.
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Artículos varios recogidos en la exposición Las Sinsombrero, RTVE y Ministerio de Igualdad, 2015–2020
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Redacción por Punto y Seguido



