El día que el Guernica salió de España sin billete de vuelta

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El 19 de septiembre de 1937, una enorme caja de madera cruzaba la frontera francesa escoltada por el nerviosismo de quienes sabían que en su interior no solo viajaba un cuadro: viajaba una denuncia, una herida abierta, una advertencia. Era el Guernica de Pablo Picasso, recién terminado, rumbo a París para ser exhibido en el pabellón de la República en la Exposición Internacional de ese año. La obra salía de España bajo la premisa de representar al país en un foro internacional, pero su marcha supondría un exilio indefinido.

La historia del Guernica es inseparable del horror que lo originó. El 26 de abril de 1937, la aviación alemana e italiana, en apoyo del bando sublevado, bombardeó la ciudad vasca de Gernika, en un ataque que inauguraba la barbarie aérea sistemática sobre población civil. La noticia del bombardeo recorrió Europa con imágenes y crónicas que inspiraron la reacción inmediata de Picasso, entonces residente en París. El artista, hasta entonces distante de la política activa, decidió pintar un mural para el pabellón republicano que fuera más allá de la propaganda: una obra monumental que se convirtiera en símbolo de resistencia frente al terror.

El encargo oficial ya estaba hecho meses antes, pero fue el bombardeo lo que dio sentido y dirección al lienzo. En apenas cinco semanas, Picasso lo concluyó. En blanco, negro y grises violentos, plasmó un lenguaje de angustia que, sin aludir directamente a Gernika, gritaba su dolor con la fuerza de un réquiem moderno. Cuando la obra se presentó en París, los asistentes quedaron desconcertados. Era un cuadro incómodo, en plena feria internacional, rodeado de propuestas arquitectónicas optimistas y celebraciones de progreso industrial. El Guernica era todo lo contrario: un aldabonazo en la conciencia.

Terminada la exposición, el cuadro inició una gira por diversas ciudades europeas y americanas para recaudar fondos destinados a los refugiados republicanos. Fue entonces cuando el exilio del Guernica se hizo real. La guerra en España concluía en 1939 con la victoria franquista, y Picasso se negó a que la obra regresara a un país gobernado por una dictadura. Lo dijo con claridad: el Guernica volvería a España solo cuando se restaurara la democracia. Era su manera de proteger la dignidad del cuadro, convertido ya en símbolo de la República derrotada.

A partir de entonces, la pintura encontró asilo en Estados Unidos, donde fue acogida por el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York. Allí permaneció durante más de cuatro décadas. El museo se convirtió en su casa provisional, con el compromiso tácito de custodiarlo hasta que se cumplieran las condiciones políticas para su regreso. No faltaron las presiones del régimen franquista para repatriarlo, especialmente en los años sesenta, cuando el turismo y el aperturismo económico hacían más urgente la operación de cosmética internacional. Pero Picasso fue inflexible. Para él, Franco representaba el mismo tipo de violencia que había destruido Gernika, y el cuadro no podía volver bajo su sombra.

Cuando el artista murió en 1973, el destino del Guernica se volvió aún más incierto. Comenzó entonces una larga negociación entre el MoMA, los herederos de Picasso, el gobierno español y el nuevo contexto político que abría la Transición. Aunque la Constitución de 1978 parecía cumplir la voluntad del pintor, no fue hasta 1981 cuando el cuadro volvió finalmente a España. La elección del 10 de septiembre no fue casual: se cumplía ese año el centenario del nacimiento del artista.

Pero su regreso no fue, ni mucho menos, el de un hijo pródigo. El Guernica no pudo instalarse en el Museo del Prado, como se esperaba, por cuestiones de conservación y, también, de carga simbólica. Se decidió colocarlo en el Casón del Buen Retiro, un espacio entonces dependiente del Prado, aunque separado físicamente de la pinacoteca. Esa distancia marcó también una separación simbólica: el Guernica seguía siendo una obra incómoda, sucia de memoria, de política y de denuncia. Solo en 1992 se trasladó a su ubicación actual en el Museo Reina Sofía, ya plenamente integrado en el relato del arte contemporáneo.

La salida del Guernica de España en 1937 no fue un préstamo. Fue un exilio. Y su regreso, más de cuarenta años después, no fue un mero acto de repatriación, sino un gesto cargado de sentido histórico y político. Porque el Guernica, más que un cuadro, es una conciencia. Y su periplo, un mapa del siglo XX español. Como los exiliados, como los perseguidos, como los que resisten sin perder la voz.

Redacción

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Nació en una aldea de A Coruña. Emigra con sus padres a Méjico. Licenciado en Comunicación y Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Vive en Madrid, publica artículos y ensayos en diversos medios de comunicación mejicanos y españoles bajo varios seudónimos. Actualmente prepara una saga con personajes nacidos durante la ocupación de México por Hernán Cortés. Sus artículos y ensayos son efectistas, en ocasiones cáustico, y muy crítico. ES Redactor Jefe de Hojas Sueltas, dedicando su tiempo libre a escribir artículos con especial dedicación a la literatura y la historia.

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