El motín universitario que inquietó a Primo de Rivera
Durante los primeros meses de 1929, el régimen de Miguel Primo de Rivera —que gobernaba España desde su golpe de Estado en 1923— comenzaba a mostrar signos evidentes de desgaste. Aunque la propaganda oficial insistía en los logros de la dictadura, una agitación latente recorría el país. Y fue precisamente en las aulas universitarias donde se encendió la mecha que simbolizaría el declive del dictador.
Todo comenzó en la Universidad Central de Madrid (actual Complutense), cuando un joven profesor ayudante, acusado de tener simpatías por la oposición liberal, fue destituido sin previo aviso. Aquello fue interpretado por los estudiantes como una injerencia intolerable del poder en la autonomía universitaria. La respuesta no se hizo esperar: una huelga general de estudiantes, seguida por manifestaciones espontáneas que desembocaron en disturbios callejeros y enfrentamientos con la policía.
El 9 de febrero de 1929, un grupo numeroso de estudiantes marchó por la calle de San Bernardo coreando lemas contra la dictadura. Las fuerzas de orden público actuaron con contundencia. Hubo detenciones, expulsiones, e incluso un muerto: un joven estudiante de derecho, cuyo funeral se convirtió en un acto político de dimensiones inesperadas.
Primo de Rivera, desconcertado, reaccionó con torpeza. Intentó acallar las protestas con más represión, pero sólo consiguió amplificar el descontento. Incluso dentro del Ejército, su principal sostén, empezaban a alzarse voces críticas. El conflicto universitario revelaba una fractura profunda: una nueva generación, educada y politizada, rechazaba el paternalismo autoritario de la dictadura.
El episodio fue más que una simple revuelta estudiantil. Supuso el principio del fin para Primo de Rivera. Pocos meses después, en enero de 1930, dimitía del poder, acorralado por la oposición política, la presión social y el creciente aislamiento.
La historia suele recordar a los estudiantes como figuras periféricas, pero en esta ocasión fueron protagonistas. El motín universitario no sólo anticipó la caída de la dictadura, sino que encendió la chispa de un nuevo tiempo político. Aquel febrero de 1929, desde los pupitres de una universidad, comenzó a escribirse el final de una época.
REDACCIÓN



