El derrumbe de la civilización
Emilia Pardo Bazán y la denuncia moral desde la literatura naturalista
Cuando en 1886 Emilia Pardo Bazán publica Los pazos de Ulloa, ya no es una debutante en el campo literario. Había escrito novelas, ensayos y cuentos, y mantenía una posición destacada en el panorama cultural español. Pero con esta obra alcanza una cima artística y crítica: construye una novela total, que es a la vez retrato de una Galicia profunda y devastada, crítica social demoledora, y apuesta estética por el naturalismo, género al que supo someter a su propia sensibilidad.
En las páginas de Los pazos de Ulloa, la escritora coruñesa despliega un arte narrativo preciso, violento y lúcido, que no solo trasciende el tiempo de su publicación, sino que sigue resonando por la fuerza con la que retrata una sociedad decadente. Leer hoy esta novela es asomarse a los estertores de un mundo que se derrumba, no sin antes arrastrar consigo a quienes intentan salvarlo o redimirlo.
Los pazos de Ulloa comienza con la llegada de Julián Álvarez, un joven sacerdote, a un pazo gallego, residencia señorial del marqués don Pedro Moscoso. Este personaje, que debiera representar el orden, la civilización y la religiosidad, se enfrenta de inmediato a un entorno que se resiste a todo principio de racionalidad. El pazo, situado en un entorno rural y salvaje, dominado por las pasiones, la brutalidad y una nobleza en franca decadencia, se convierte en un microcosmos de la España atrasada que Emilia Pardo Bazán quería mostrar sin ambages.
La novela no tarda en exponer la lucha entre dos modelos de existencia: el que encarna el sacerdote Julián —ingenuo, piadoso, educado—, y el que representan el marqués y su entorno, dominado por el servilismo, la corrupción, la violencia y un orden social basado en el privilegio y la ignorancia. La convivencia entre ambos mundos, como anticipa la autora, está condenada al fracaso.
La geografía no es un mero escenario: la Galicia que retrata Pardo Bazán —oscura, húmeda, envuelta en un halo de violencia larvada— se convierte en un personaje más, en una fuerza que moldea las conciencias y determina los destinos. Frente a la ciudad y sus valores ilustrados, el campo gallego aparece como un territorio brutal, donde imperan la ley del más fuerte y el silencio cómplice.
Mucho se ha discutido sobre el grado de adhesión de Pardo Bazán al naturalismo. En sus ensayos, como La cuestión palpitante (1883), defendió los principios de este movimiento literario importado de Francia —en especial los de Émile Zola—, aunque siempre subrayando que su aplicación debía tener en cuenta las particularidades del temperamento y la tradición española. Esta actitud crítica y matizada se refleja con claridad en Los pazos de Ulloa.
Si bien la novela incorpora muchos de los elementos naturalistas —determinismo ambiental, descripción minuciosa, crítica social sin edulcorantes, protagonismo del instinto frente a la razón—, no cae en el fatalismo absoluto. Pardo Bazán, además, introduce un componente espiritual, una reflexión moral que aleja su obra del cientificismo radical de sus coetáneos franceses. En lugar de rendirse al instinto, la autora lo somete a juicio.
El caso de Julián es ejemplar en este sentido. Aunque su intento de imponer orden y religiosidad fracasa, su figura no es ridiculizada ni desmontada desde el cinismo, sino tratada con respeto. No es que el bien sea inútil, sino que está desarmado frente a un entorno donde los valores tradicionales han perdido su fuerza transformadora.
La trama se articula en torno a la convivencia forzada entre Julián y el marqués don Pedro Moscoso, quien, lejos de la imagen noble o refinada que se espera de un aristócrata, es un ser bruto, caprichoso y casi analfabeto, dominado por su criada y amante, Sabel, con la que ha tenido un hijo ilegítimo, Perucho.
Julián, al principio escandalizado por el caos moral y la falta de respeto a las normas religiosas, intenta poner orden, primero convenciendo al marqués de que debe casarse con una mujer «decente» y, más tarde, tratando de reformar la vida del pazo. La llegada de la esposa, Nucha —prima del marqués, refinada, tímida y enferma—, introduce un nuevo elemento de contraste, pero el resultado es todavía más trágico: la ciudadana no puede sobrevivir en un mundo que la rechaza y anula.
El destino de Nucha, víctima de la violencia psicológica y física, es uno de los momentos más dolorosos de la novela. La imposibilidad de crear un hogar, de rescatar lo humano dentro de ese caserón simbólicamente moribundo, subraya el fracaso de toda tentativa civilizadora.
Por su parte, el personaje de Sabel encarna otro tipo de tragedia: la de la mujer que ha aprendido a moverse en ese mundo hostil gracias a la astucia y la sumisión estratégica. No hay redención para ninguna de ellas.
Una de las grandes virtudes de Los pazos de Ulloa es la riqueza de su estilo. Pardo Bazán escribe con una prosa sobria, pero profundamente sensorial. El lenguaje se adapta con precisión al entorno descrito: la aspereza del campo gallego, el silencio denso de los pazos, la sordidez de las relaciones humanas se transmiten no solo por lo que se dice, sino por cómo se dice.
La autora combina con maestría las descripciones paisajísticas, que evocan una naturaleza agreste y melancólica, con diálogos vivos, cargados de expresividad. Utiliza con habilidad el habla popular gallega, sin caer en caricaturas, y modula el ritmo narrativo para intensificar la tensión psicológica.
La construcción de la novela también revela un dominio avanzado de la técnica. Aunque la narración sigue un curso lineal, el uso del punto de vista focalizado en Julián permite al lector compartir su desconcierto, su progresivo desengaño y su impotencia. No se trata de una novela coral, pero sí de una obra donde todos los personajes están dibujados con nitidez, incluso los secundarios.
En un tiempo en el que la palabra «feminismo» apenas empezaba a circular con la fuerza que hoy tiene, Emilia Pardo Bazán ya estaba planteando, desde la ficción, una crítica feroz a la posición de la mujer en la sociedad. Los pazos de Ulloa puede leerse como una novela que denuncia, con dolor y lucidez, el destino al que estaban condenadas muchas mujeres en la España del XIX.
La contraposición entre Nucha y Sabel es reveladora: ambas son utilizadas, desechadas y sometidas a los designios de un poder masculino brutal y despótico. La primera, por su debilidad física y su educación sentimental, queda anulada. La segunda, por su astucia y su capacidad de adaptación, sobrevive, pero a costa de renunciar a toda dignidad.
El único personaje masculino que podría representar una alternativa moral, Julián, carece de fuerza. Su virtud es inoperante. Esta impotencia, más que una crítica al idealismo cristiano, puede leerse como una metáfora de la situación de muchas mujeres en aquel tiempo: educadas para el sacrificio, desarmadas ante la violencia.
Más de un siglo después de su publicación, Los pazos de Ulloa sigue siendo una obra viva, potente, incómoda. No solo por su valor literario, incuestionable, sino porque plantea temas que resuenan con inquietante actualidad: la violencia de género, la corrupción del poder, la decadencia de las élites, el conflicto entre tradición y modernidad, la lucha entre lo urbano y lo rural.
Emilia Pardo Bazán no fue solo una gran novelista, sino una pensadora audaz, que utilizó la ficción para desmontar las hipocresías de su tiempo. En una España dominada por el catolicismo conservador y el patriarcado feudal, se atrevió a escribir con crudeza sobre el deseo, la opresión, la brutalidad. Y lo hizo con un dominio técnico que rivaliza con los grandes novelistas europeos del XIX.
Leer hoy Los pazos de Ulloa no es un ejercicio de arqueología literaria, sino una inmersión en una novela moderna, compleja y radical. Su vigencia está no solo en lo que cuenta, sino en cómo lo cuenta. Es una obra que exige una lectura atenta, que invita a la reflexión y que resiste los análisis simplistas.
Conviene recordar que Los pazos de Ulloa tiene una continuación directa: La madre naturaleza, publicada un año después, en 1887. En esta segunda parte, Pardo Bazán retoma los personajes y profundiza en los conflictos planteados, centrándose especialmente en el hijo ilegítimo del marqués, Perucho, y su relación con su hermanastra Manuela.
Ambas novelas forman un díptico narrativo que completa la radiografía de un mundo cerrado sobre sí mismo, donde el peso del linaje, la tierra y la sangre impide cualquier forma de redención. No obstante, Los pazos de Ulloa se sostiene perfectamente como obra autónoma, y es sin duda la más poderosa de las dos en términos literarios.
La novela ha sido reeditada en numerosas ocasiones, tanto en ediciones críticas como de divulgación. Destaca la edición de Cátedra, a cargo de Marina Mayoral, por su aparato crítico y contextualización. También existen adaptaciones y versiones anotadas que facilitan el acceso a un público más amplio.
En 1985, TVE produjo una notable adaptación televisiva dirigida por Gonzalo Suárez, con guion del propio director y Carmen Rico-Godoy, protagonizada por José Luis Gómez y Victoria Abril. Esta versión, que mantiene con bastante fidelidad el espíritu de la novela, contribuyó a renovar el interés por la obra de Pardo Bazán en el último tercio del siglo XX.
Emilia Pardo Bazán no escribió Los pazos de Ulloa como un manifiesto, pero el efecto que produce en el lector es el de un alegato poderoso. Contra la barbarie, contra el sometimiento, contra la renuncia al pensamiento. Su prosa, elegante y brutal al mismo tiempo, sigue interpelándonos porque no se conforma con narrar: exige una toma de postura.
En un momento en el que la cultura corre el riesgo de convertirse en consumo liviano, rescatar obras como Los pazos de Ulloa es una forma de reivindicar la literatura como forma de conocimiento. No solo del pasado, sino del presente. La pregunta que recorre toda la novela —¿es posible civilizar un mundo que ha renunciado a la razón?— sigue siendo inquietantemente actual.
REDACCIÓN
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