José María de Pereda (1833–1906)

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La voz perdida de la tierruca

El caso de José María de Pereda representa una de esas ironías con las que la historia literaria suele castigar a quienes, en su momento, fueron emblemas incuestionables del canon. Convertido en símbolo del realismo más ortodoxo, paradigma del costumbrismo regionalista y firme defensor de los valores tradicionales, Pereda fue durante décadas una figura central en el panorama narrativo español del siglo XIX. Su prestigio como novelista fue comparable al de Galdós, con quien compartió tiempo, correspondencia y disensiones. Sin embargo, el paso del siglo y el cambio de sensibilidades han ido difuminando su presencia hasta convertirlo en un autor escasamente leído, citado con frecuencia más por su valor documental que literario.

¿Cabe, entonces, una relectura de su obra fuera de los prejuicios ideológicos que lo encasillaron como un conservador intransigente? La respuesta no puede ser unívoca, pero sí es necesario regresar a su prosa con ojos abiertos, conscientes de sus limitaciones, pero también de su potencia expresiva. Porque en Pereda hay más que un ideólogo: hay un narrador apasionado, un constructor de mundos rurales con un oído finísimo para el habla popular, y un estilista meticuloso que hizo de la tierra cántabra una cosmovisión literaria.

Nacido en Polanco (Cantabria) en 1833, en el seno de una familia hidalga de recursos modestos, José María de Pereda creció en contacto estrecho con el campo, el mar y las gentes de su entorno. Este vínculo temprano con la vida rural no fue, en su caso, simple materia biográfica: se transformó pronto en un sustrato estético y ético, en una forma de mirar el mundo desde la raíz. Tras unos años de estudios en Madrid que no culminaron en titulación, regresó a su tierra y se volcó en la escritura, primero en prensa y después en la novela, medio donde desplegó con más amplitud su ideario y su mirada artística.

Pereda se erigió, desde sus primeras obras, en un defensor a ultranza de los valores tradicionales: el orden social jerárquico, la religión católica, la vida sencilla del campo frente a la complejidad corruptora de la ciudad. En títulos como Escenas montañesas (1864), Tipos y paisajes (1871) o El buey suelto (1877), construye una mitología de la aldea como espacio moral, frente a la decadencia urbana que identificaba con la pérdida de raíces y la disolución del carácter español.

Este planteamiento —que a menudo se confunde con nostalgia reaccionaria— tiene, sin embargo, una raíz más profunda: la vivencia de un mundo en transformación, donde las certezas ancestrales eran desplazadas por una modernidad que Pereda percibía como amenaza. No es casual que en su obra la ciudad no aparezca como espacio de progreso, sino como escenario de alienación y falsedad. Don Gonzalo González de la Gonzalera (1879), sátira feroz contra el liberalismo y la política caciquil, constituye uno de los más ácidos retratos de la burguesía advenediza y la corrupción institucional.

Una de las aportaciones más valiosas de Pereda reside en su capacidad para elevar lo local a categoría literaria sin perder autenticidad. En obras como Sotileza (1885) o La puchera (1889), el autor se adentra en el mundo marinero de Santander y los pueblos costeros con una mirada que combina realismo, lirismo y, a veces, un velado fatalismo. Sotileza, quizá su novela más lograda, recrea la vida de los pescadores con una precisión casi antropológica y un aliento narrativo que revela su dominio del ritmo y el detalle.

El costumbrismo de Pereda —que ha sido mal entendido como simple pintura de tipos— es, en realidad, una construcción literaria rigurosa, donde la descripción minuciosa se integra con una estructura novelesca sólida y un estilo cuidado. Su atención al habla popular, a las cadencias del lenguaje rural y marinero, le permite crear personajes verosímiles, con voz propia, alejados del estereotipo. A diferencia de otros autores que retrataron lo popular desde fuera, Pereda escribe desde dentro: su léxico, sus giros, su sintaxis están empapados del ritmo del habla de su tierra.

Este trabajo lingüístico se convierte en uno de los pilares de su estética. No se trata solo de representar lo montañés como un color local, sino de elevarlo a símbolo de una forma de vida en peligro de extinción. En Peñas arriba (1895), una de sus últimas novelas, esta tensión se convierte en el eje del relato: un joven burgués, enfermo de los males de la ciudad, se traslada al campo y descubre en la vida rural una regeneración física y espiritual. Es, quizá, la culminación de su visión ideológica, pero también una de las novelas mejor construidas de su repertorio.

La comparación entre Pereda y Galdós es inevitable. Ambos compartieron protagonismo en el panorama literario de su tiempo, ambos se interesaron por la novela como forma de intervención cultural, y ambos abordaron, desde ópticas distintas, la transformación de la sociedad española en la segunda mitad del siglo XIX. Pero si Galdós representó la apertura a lo moderno, al análisis psicológico, a la crítica de las estructuras sociales desde una perspectiva progresista, Pereda optó por la defensa cerrada del orden tradicional.

Pese a estas diferencias, la relación entre ambos fue cordial, incluso afectuosa. Su correspondencia revela una estima mutua, aunque no exenta de ironías y tirones ideológicos. En una carta célebre, Pereda se despide de Galdós tras leer uno de sus episodios nacionales con una frase que resume su distancia: “Tú escribes para destruir; yo, para conservar”. La anécdota, apócrifa o no, ilustra bien el antagonismo de fondo que los separaba, más allá del respeto personal.

Hoy, sin embargo, la comparación ha devenido en una especie de condena: mientras Galdós ha sido recuperado y revisado desde múltiples ángulos, Pereda ha quedado atrapado en una etiqueta reduccionista que lo convierte en autor “reaccionario”, “tradicionalista” o “provinciano”. Una lectura más matizada exige liberarlo de estos rótulos y abordar su obra como lo que es: el testimonio literario, complejo y vibrante, de una España que aún no había roto del todo con el Antiguo Régimen.

El ocaso de Pereda no fue inmediato. Durante el primer tercio del siglo XX, su obra siguió leyéndose y estudiándose, aunque con una atención decreciente. La Guerra Civil y, sobre todo, el franquismo, sellaron su suerte. Al ser incorporado al canon del régimen como ejemplo de “literatura nacional” y defensor de los valores católicos y patrióticos, su figura quedó marcada por una lectura ideológica que expulsó a buena parte de los lectores de la segunda mitad del siglo.

Este uso interesado de su obra provocó, como en tantos otros casos, un rechazo generalizado en el ámbito académico y literario. Durante años, Pereda desapareció de los programas escolares, de las reediciones y del debate crítico, salvo en estudios especializados. Solo recientemente, con la revisión del canon decimonónico emprendida por la crítica filológica —en buena medida gracias a estudiosos como José Carlos Mainer o Javier Varela—, se ha vuelto a considerar su legado desde una perspectiva menos ideológica y más literaria.

Volver a Pereda hoy implica, por tanto, un ejercicio de lectura despojado de prejuicios. Implica reconocer sus limitaciones —el maniqueísmo moral, el conservadurismo, cierta tendencia al sermón—, pero también sus aciertos: la riqueza lingüística, la intensidad descriptiva, la construcción de ambientes y el rigor formal. Sus novelas son, además, un documento vivo de la España rural del XIX, un testimonio insustituible del imaginario popular, y una fuente de valor antropológico y estético.

Para quien desee adentrarse en su obra, es recomendable empezar por sus novelas más representativas:

  • Escenas montañesas (1864): su primer gran éxito, donde ya se anticipan sus obsesiones temáticas y su estilo costumbrista.

  • Sotileza (1885): ambientada en el mundo marinero, es quizá su obra más equilibrada y compleja, con personajes memorables y un tono narrativo contenido.

  • Don Gonzalo González de la Gonzalera (1879): sátira política que muestra el otro Pereda, más crítico y caricaturesco.

  • Peñas arriba (1895): compendio final de su ideario, novela de iniciación y redención rural.

Ediciones críticas recomendadas:

  • Sotileza, edición de José Carlos Mainer, Cátedra, 2005.

  • Peñas arriba, Biblioteca Castro, 2014.

  • Escenas montañesas, Ediciones Tantín, 1993 (edición con introducción contextual de tono divulgativo).

¿Un autor para el siglo XXI?

¿Puede interesar hoy Pereda a los lectores del siglo XXI? La respuesta dependerá del enfoque. No es un autor para quien busque experimentación formal o crítica social de vanguardia. Pero sí lo es para quien quiera entender las tensiones entre tradición y modernidad, entre campo y ciudad, entre lenguaje culto y popular. En tiempos de redescubrimiento de lo local, de interés renovado por las literaturas periféricas y las formas narrativas vernáculas, Pereda puede encontrar un lugar, no como monumento a la literatura española, sino como testigo sensible y complejo de una España que aún pervive, en parte, bajo los pliegues de nuestra cultura.

REDACCIÓN.

Punto y Seguido

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