Publicada por vez primera en 1955 y sustancialmente ampliada en su edición de 1973, El hombre y lo divino ocupa un lugar central en el corpus de María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991). No solo por su ambición temática y la densidad de su propuesta filosófica, sino porque articula un momento bisagra en la evolución de su pensamiento: el tránsito de una reflexión aún deudora de sus orígenes orteguianos y de su formación escolástica, hacia una escritura que se entregará, con creciente confianza, a la formulación de su razón poética. Ese estilo de pensamiento que no busca reducir el mundo a conceptos, sino ampliar la conciencia hacia aquello que no se deja apresar por el logos clásico: lo invisible, lo simbólico, lo sagrado.
Desde este punto de vista, El hombre y lo divino puede leerse como el manifiesto silencioso —pero no menos radical— de un nuevo modo de filosofar que ya no se articula desde el dominio de la lógica ni desde el afán de verdad objetiva, sino desde la escucha de la interioridad, del misterio que late en la experiencia humana cuando esta se reconoce frágil, abierta, herida. La filosofía, para Zambrano, debe reaprender a escuchar lo que el pensamiento moderno ha querido silenciar.
Uno de los hilos centrales de la obra es el diagnóstico de la modernidad como una época desgarrada por su relación conflictiva con lo divino. Según Zambrano, el hombre moderno vive en un estado de escisión: por un lado, desea emanciparse del Absoluto —de toda trascendencia, de todo mandato divino que lo limite o lo subordine—, pero, por otro, no puede renunciar del todo a él. Esta tensión, lejos de resolverse, se cronifica y se convierte en la raíz de una neurosis histórica: la humanidad moderna no solo ha matado a Dios, como enunciara Nietzsche, sino que ha quedado a merced de su fantasma.
A diferencia de otras respuestas filosóficas del siglo XX —como el existencialismo ateo o la fenomenología religiosa—, Zambrano no intenta negar ni reinstaurar el lugar de lo divino en el pensamiento, sino reformular la pregunta desde otra perspectiva: ¿qué significa “lo divino” cuando ya no puede ser reducido a una entidad teológica ni a una abstracción metafísica?, ¿es posible pensar una relación con lo sagrado que no pase por la creencia ni por la negación, sino por una forma de conocimiento que nazca del amor, de la piedad, del asombro?
Zambrano se aparta así de los caminos tradicionales de la filosofía académica para recuperar un lenguaje que permita pensar lo divino como experiencia, como manifestación, como fuerza. En este sentido, el libro se inscribe también en su voluntad de reintegrar a la filosofía las dimensiones del mito, de la mística, de la poesía y de la tragedia. No por eclecticismo, sino porque esas formas simbólicas contienen un tipo de verdad que la razón abstracta no puede ofrecer. Lo divino —en Zambrano— no es una categoría cerrada ni una figura dogmática: es una presencia que se manifiesta, una energía reveladora que nos sitúa ante el límite de lo humano y lo transforma.
Es en esta clave que la autora propone una relectura de las grandes tradiciones religiosas y filosóficas. Desde el mundo griego —con sus dioses trágicos, sus héroes condenados y su culto a lo invisible— hasta la mística cristiana, judía e islámica, El hombre y lo divino reconstruye un mapa espiritual de la humanidad en el que lo divino aparece como aquello que nos excede y, sin embargo, nos constituye. En palabras de la propia Zambrano, “el hombre no puede vivir sin dioses, pero tampoco con ellos; necesita de su sombra para reconocerse, pero también de su ausencia para ser libre”.
Otro de los ejes fundamentales del libro es la crítica de la historia como categoría moderna. En una de sus intuiciones más lúcidas, Zambrano denuncia que la historia, entendida como proceso lineal de progreso y dominio, se ha convertido en una forma de idolatría, es decir, en una narrativa cerrada, autojustificativa, que ha sepultado otras formas de memoria, otras temporalidades posibles. Al absolutizar la historia como única vía de sentido, la modernidad ha dejado de escuchar a las víctimas, a los ausentes, a los que no tienen lugar en su relato triunfante.
Frente a esa historia hecha ídolo, Zambrano propone recuperar la realidad como revelación, como campo de resonancias en el que lo humano se encuentra con lo invisible. Y para ello, apela a una figura clave de su pensamiento: la piedad. No se trata aquí de una virtud religiosa, sino de una disposición ética y ontológica que permite mirar al otro —y a uno mismo— desde la compasión, desde la escucha, desde el reconocimiento de la vulnerabilidad compartida. Solo así, sostiene, podrán desvelarse las potencias liberadoras que han quedado sepultadas por siglos de violencia, racionalismo y nihilismo.
Como apuntábamos al inicio, El hombre y lo divino representa también una culminación y una apertura. Culminación, porque sintetiza muchos de los temas que ya habían aparecido en libros como Filosofía y poesía (1939), El pensamiento vivo de Séneca (1941) o Hacia un saber del alma (1950). Apertura, porque a partir de aquí, Zambrano profundizará cada vez más en una escritura ensayística que roza la meditación, la invocación o incluso el poema en prosa, como puede verse en obras posteriores como Claros del bosque (1977) o Los sueños y el tiempo (1992).
En todos estos textos, la razón poética no es una forma menor de pensamiento, sino una ampliación de la razón que no se contenta con lo calculable, sino que se adentra en lo simbólico, en lo afectivo, en lo inefable. En El hombre y lo divino, esta razón poética comienza a mostrar todo su alcance: no como intuición subjetiva, sino como vía para comprender lo que el lenguaje conceptual no alcanza. Es también una forma de resistencia frente a la deshumanización contemporánea.
Leer hoy El hombre y lo divino implica confrontarse con preguntas que siguen latiendo bajo la piel de nuestro presente. En un mundo secularizado pero sediento de sentido, tecnológicamente avanzado pero humanamente exhausto, el pensamiento de María Zambrano ofrece una vía alternativa: una filosofía que no separa pensamiento y vida, que no escinde la razón del corazón, que no renuncia al misterio como fuente de conocimiento.
Zambrano no propone respuestas, sino caminos. Y esos caminos —a veces laberínticos, a veces iluminados por un lenguaje de inusual belleza— invitan a un tipo de lectura que exige más que comprensión: exige disponibilidad, entrega, atención. Porque no se trata solo de entender, sino de dejarse transformar por lo que se comprende.
REDACCIÓN
Equipo Punto y Seguido



