En la madrugada del 14 al 15 de abril de 1931, Alfonso XIII abandonó Madrid en silencio, sin escolta ni proclamas, en un coche modesto que cruzó la ciudad casi de incógnito. Apenas habían pasado unas horas desde que se proclamara la Segunda República y el rey, sin abdicar, se marchaba para evitar el enfrentamiento civil. Aquel gesto discreto, lejos del boato del poder, marcó el fin de una época y el inicio de un capítulo incierto en la historia de España. Esta es la crónica de una despedida que fue, al mismo tiempo, símbolo y síntoma de un país en tránsito.
Una madrugada cualquiera de 1931, Madrid aún dormía o empezaba a hacerlo. En una capital dividida entre la incertidumbre y la ilusión, un coche discreto, sin escolta ni estandarte, cruzaba la ciudad sin llamar la atención. En su interior, un hombre de rostro cansado, vestido sin pompa, contemplaba la oscuridad del paseo del Prado como si ya no le perteneciera. Era Alfonso XIII, el rey de España. Y aquella fue la última noche que pisó la capital como monarca.
La imagen tiene algo de novela y mucho de símbolo: el soberano que abandona su trono sin abdicar, sin alharacas ni proclamas, sólo con el eco de una ciudad que amanecía en república. Pocos momentos resumen con tanta elocuencia el tránsito de una época a otra.
Los días previos al 14 de abril de 1931 estuvieron marcados por una aceleración histórica que resulta difícil de comprender fuera de su contexto. Las elecciones municipales del 12 de abril —teóricamente menores— se transformaron en un plebiscito informal sobre la continuidad de la monarquía. El resultado fue abrumador: aunque los monárquicos ganaron en muchas zonas rurales, en las grandes ciudades la victoria republicana fue clara. En Madrid, por ejemplo, la conjunción republicano-socialista obtuvo más del 70 % de los votos.
Alfonso XIII comprendió rápidamente lo que implicaba ese resultado. No se trataba solo de una derrota electoral, sino de una pérdida de legitimidad política y simbólica. Si quería evitar un derramamiento de sangre, debía marcharse. Así lo entendieron también muchos de sus colaboradores más lúcidos.
A lo largo del 13 de abril, el ambiente en el Palacio Real fue de tensión y resignación. Alfonso XIII, lejos del estereotipo de soberano testarudo, se mostró sereno. Sabía que la continuidad del régimen estaba comprometida, pero no quiso firmar una abdicación. La República llegaría, pero no de su mano.
Durante esas horas, mantuvo conversaciones con varios miembros del gobierno, entre ellos el conde de Romanones, uno de sus consejeros más veteranos, y con el general Dámaso Berenguer. También recibió informes de su jefe de seguridad, el general Sanjurjo, quien le advirtió de la posibilidad de disturbios si no se procedía con rapidez.
Finalmente, se acordó que el rey abandonaría Madrid al anochecer del 14 de abril, en un vehículo discreto, sin escolta visible, y con destino a Cartagena, desde donde embarcaría rumbo a Marsella.
El relato de aquella noche lo reconstruimos a través de varios testimonios —algunos contradictorios— y memorias escritas años más tarde. Según la versión más aceptada, Alfonso XIII salió del Palacio Real en un automóvil conducido por uno de sus ayudantes personales. Le acompañaban el general Emilio Mola, director general de Seguridad, y su edecán militar.
La ruta fue cuidadosamente diseñada para evitar cualquier altercado. Se evitó la Gran Vía, donde empezaban a congregarse ciudadanos con banderas tricolores. En su lugar, el coche tomó caminos secundarios: bajó por la cuesta de San Vicente, cruzó el Manzanares y bordeó el centro por el sur. Atravesaron el paseo de las Delicias y se dirigieron hacia la carretera de Andalucía, entonces una vía polvorienta y mal iluminada.
El silencio del trayecto fue, según algunos testigos, sobrecogedor. Alfonso XIII, que en más de una ocasión había declarado su amor por Madrid, abandonaba la ciudad sin saber si volvería. En sus memorias, escritas en el exilio, el propio monarca recordó:
“Preferí marcharme sin causar alborotos ni resistencias. Mi lealtad a España era mayor que a mi corona”.
La llegada a Cartagena se produjo en la mañana del 15 de abril. Allí le esperaba el destructor Príncipe Alfonso —rebautizado poco después como Libertad—, que lo condujo a Marsella. Desde Francia, Alfonso XIII se dirigió a París y más adelante se estableció en Roma, ciudad en la que residiría hasta su muerte en 1941.
Nunca volvió a pisar Madrid. En 1941, días antes de morir, firmó una renuncia a sus derechos dinásticos en favor de su hijo Juan de Borbón. Esa renuncia —tardía y simbólica— cerraba el capítulo de un monarca cuya figura sigue siendo objeto de debate entre los historiadores.
El 14 de abril no fue una revolución violenta, sino una sustitución de régimen que se realizó con sorprendente rapidez y escasa violencia. El hecho de que el rey saliera sin escolta ni aparato militar, casi como un ciudadano más, dice mucho sobre el momento histórico.
Aquella noche no solo terminó un reinado: concluyó una concepción de España como proyecto monárquico unificado. En su lugar, nacía una República que despertaba enormes esperanzas —y también grandes tensiones.
Desde el punto de vista simbólico, el silencio del rey y su salida nocturna se han interpretado como un acto de dignidad, pero también como un signo de aislamiento. Había perdido el contacto con el país real. Madrid, esa ciudad que tanto había significado en su imaginario monárquico, lo dejaba marchar sin lágrimas.
La noche de la partida de Alfonso XIII fue también recogida en clave literaria por algunos autores de la época. Ramón J. Sender, en sus crónicas iniciales de la República, menciona el ambiente de expectación y los rumores que circulaban en la ciudad.
Más tarde, Francisco Ayala evocaría en sus memorias la imagen del rey saliendo «sin que nadie lo detuviera ni lo celebrara». Para muchos intelectuales, esa escena resumía la decadencia de una institución incapaz de renovarse.
Hoy, casi un siglo después, la noche en que Alfonso XIII cruzó Madrid sigue siendo una secuencia elocuente de nuestra historia contemporánea. No tanto por su dramatismo, sino por lo que revela del carácter del monarca y del país: un tránsito de poder sin ruptura violenta, pero con una carga simbólica enorme.
No fue una huida, sino una despedida. Una despedida sin discurso, sin ceremonia, sin destino claro.
Y en ese gesto callado, se condensa toda una época.
Referencias y bibliografía
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Tusell, Javier – Alfonso XIII. Un político en el trono, Madrid: Taurus, 2000.
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Preston, Paul – El final de la monarquía y la Segunda República, Barcelona: Crítica, 2012.
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Ayala, Francisco – Recuerdos y olvidos (I y II), Madrid: Alianza Editorial, 1982.
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Sender, Ramón J. – Crónica del alba, Madrid: Espasa-Calpe, 1942.
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Moradiellos, Enrique – Historia mínima de la Guerra Civil española, Madrid: Turner, 2016.
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Archivo ABC, ediciones del 14 y 15 de abril de 1931.
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Archivo RTVE – Documental 14 de abril: el día que España soñó en libertad, emisión especial 2011.
Redacción. Equipo Punto y Seguido



