El banquete frustrado de Alfonso XII en el Alcázar de Sevilla

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Cuando el protocolo se tambaleó entre los arcos mudéjares

En los albores de la Restauración borbónica, tras una década convulsa marcada por la caída de Isabel II, la fugaz monarquía de Amadeo de Saboya y el fracaso de la Primera República, España parecía anhelar una cierta normalidad. Alfonso XII, joven, educado en el exilio y con un perfil discreto, fue coronado en diciembre de 1874 como el rostro amable del retorno dinástico. Su llegada al trono no fue una imposición absolutista, sino un acto de cálculo político, cuidadosamente orquestado por Antonio Cánovas del Castillo.

En este clima de reconciliación nacional —todavía en suspenso—, Alfonso XII emprendió en 1877 una gira por Andalucía, territorio clave por su peso simbólico, demográfico y económico. La visita a Sevilla, corazón de la tradición hispánica, fue concebida como uno de los momentos culminantes del periplo. Y dentro de esa parada, el banquete oficial en el Real Alcázar debía ser el acto central: un gesto de afirmación de la Corona ante las elites locales y, a su vez, una escenificación de la continuidad monárquica con el pasado imperial hispánico.

El lugar elegido para el banquete fue el Patio de las Doncellas, una joya del mudéjar palaciego, reformada por Pedro I en el siglo XIV, y después reinterpretada por los Reyes Católicos y Carlos V. El simbolismo era claro: un monarca joven, en un palacio histórico, compartiendo mesa con autoridades eclesiásticas, civiles y representantes de la burguesía sevillana. Se esperaban más de doscientos invitados. La atmósfera, sin embargo, pronto se tornó adversa.

Los problemas comenzaron desde el mediodía. Las cocinas improvisadas en los patios secundarios no lograban mantener la temperatura adecuada de los alimentos. El adoquinado irregular del patio dificultó el montaje de las mesas, y el mobiliario trasladado desde el Palacio de San Telmo se mostraba inadecuado. Las fuentes, por cuestiones estéticas, no fueron cubiertas, lo que sumó humedad y ruido al conjunto. Y, como si todo esto fuera poco, una brisa repentina levantó los manteles apenas servidos los primeros entremeses.

Un testimonio epistolar atribuido a la condesa de Espoz y Mina, recogido en parte por el historiador José María de Mena en su Crónica de Sevilla en la Restauración (1985), resume la escena con tono socarrón:

Parecía una ópera sin libreto ni ensayo. Las copas tintineaban por accidente, las bandejas iban y venían sin lógica, y el rey, visiblemente incómodo, no sabía si alzar su copa o buscar un abrigo.”

No hubo discurso inaugural. Ni siquiera un brindis oficial. Según una crónica del Diario de Sevilla, fechada el 17 de abril de 1877, el rey intentó levantarse para saludar a los asistentes, pero su movimiento provocó una cadena de reverencias que obligó al servicio a detenerse por completo. En la confusión, un camarero tropezó, y parte de la bandeja que portaba —con faisanes trufados— acabó deslizándose bajo la mesa de los invitados franceses.

El arzobispo de Sevilla, Juan José Bonel y Orbe, abandonó discretamente el lugar tras el segundo plato, alegando “motivos de salud”. La alcaldía, representada por el conservador José María Ybarra, permaneció estoicamente en su sitio, aunque más tarde confesó en carta privada que «el calor, el desconcierto y el olor a cera derretida fueron insoportables». Algunas de estas cartas se conservan en el Archivo Municipal de Sevilla y fueron parcialmente reproducidas en la revista Archivo Hispalense en su número de otoño de 1992.

El fracaso del banquete, aunque menor en términos políticos, fue sintomático del momento. La Restauración borbónica no se imponía desde la fuerza ni desde el entusiasmo popular, sino desde una cierta fatiga histórica. El país necesitaba símbolos, pero no estaba preparado para que estos se convirtieran en experiencias reales. Las elites locales no compartían necesariamente la visión de Cánovas, y las tensiones entre centralismo madrileño y autonomía municipal aún no habían sido resueltas.

El Alcázar, lugar de grandes celebraciones desde tiempos de los Reyes Católicos, resultó ser un decorado inadecuado para la modernidad logísticamente exigente del siglo XIX. La escena parecía salida de una novela de Pereda o un cuadro de Álvarez Catalá: nobleza desubicada, protocolo sin eficacia, belleza monumental sin utilidad.

Un joven periodista, Manuel de Cavia, más tarde colaborador de La Época y de El Imparcial, publicó años después en un artículo evocador:

Aquel día Sevilla fue más palacio que ciudad, más cáscara que sustancia. El Alcázar brilló, sí, pero como brilla una lámpara sin aceite.”

Los periódicos sevillanos fueron discretos, quizá por temor a las represalias o por respeto institucional. Sin embargo, en el Correo de Andalucía se deslizó un comentario irónico en la sección de sociedad, firmado con el seudónimo «Lince Sevillano»:

Banquete hubo, sí, aunque más memorable será para los ratones que encontraron sobras en los salones vacíos que para los comensales que se marcharon con el estómago vacío y la levita empapada de relente.”

La prensa nacional no recogió el evento, ocupada como estaba con el cierre de la tercera guerra carlista y los debates en Cortes sobre el presupuesto de Fomento. Sin embargo, el episodio pervivió en la memoria oral, y durante años se aludió a él en los salones sevillanos como “el banquete del silencio”.

Alfonso XII, cuya actitud personal fue por lo general alabada, mantuvo la compostura. Se dice que abandonó el Alcázar esa misma noche en coche cerrado, acompañado únicamente por su ayudante de campo. En su diario, hoy perdido pero citado por su biógrafo Carlos Seco Serrano, habría anotado:

El Alcázar es hermoso, pero no apto para actos vivos. A veces, el pasado nos ahoga sin quererlo.”

No sería el último contratiempo en su reinado. La historia posterior lo confirmaría como un monarca sereno, moderado, incluso resignado. Pero aquella noche de abril en Sevilla dejó una marca silenciosa: el recordatorio de que los gestos, por bellos que sean, necesitan una estructura sólida para no desmoronarse.

Hoy, más de siglo y medio después, el Real Alcázar sigue acogiendo recepciones reales y actos institucionales, pero la memoria de aquel banquete fallido permanece entre las notas al pie de la historia local, en los márgenes de las crónicas oficiales y en los suspiros de algún guía que, al pasar por el Patio de las Doncellas, señala con picardía: “Aquí el rey Alfonso quiso cenar… y casi cena solo”.

Porque hay momentos en los que el pasado se empeña en no prestarse al presente. Y el poder, por solemne que sea, también tropieza con las losas del suelo.

«No basta con habitar la Historia. Hay que saber sentarse a su mesa sin que se nos enfríe el plato.»
Anónimo sevillano, citado en Retablos de lo efímero (Fundación Machado, 2002)

Fuentes consultadas

  • José María de Mena, Crónica de Sevilla en la Restauración, Algaida, Sevilla, 1985.

  • Archivo Municipal de Sevilla, fondo epistolar del alcalde José María Ybarra (abril-mayo 1877).

  • Archivo Hispalense, número 241, otoño 1992.

  • Carlos Seco Serrano, Alfonso XII: el rey pacificador, Espasa Calpe, Madrid, 1999.

  • Diario de Sevilla, 17 de abril de 1877.

  • El Imparcial, recopilación de artículos de Manuel de Cavia (edición conmemorativa, 1931).

  • Fundación Machado, Retablos de lo efímero, Sevilla, 2002.

Redacción. Equipo de Punto y Seguido 

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Nació en una aldea de A Coruña. Emigra con sus padres a Méjico. Licenciado en Comunicación y Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Vive en Madrid, publica artículos y ensayos en diversos medios de comunicación mejicanos y españoles bajo varios seudónimos. Actualmente prepara una saga con personajes nacidos durante la ocupación de México por Hernán Cortés. Sus artículos y ensayos son efectistas, en ocasiones cáustico, y muy crítico. ES Redactor Jefe de Hojas Sueltas, dedicando su tiempo libre a escribir artículos con especial dedicación a la literatura y la historia.

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