En la época barroca existían manuales españoles de comportamiento en la mesa

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¿Sabías que en la época barroca existían manuales españoles de comportamiento en la mesa que incluían advertencias literarias sobre el uso del tenedor?

La etiqueta en la mesa no siempre fue asunto de buenos modales sin más. En la España barroca, especialmente durante los siglos XVII y XVIII, el comportamiento durante las comidas se consideraba un reflejo del orden social, la moral e incluso la religiosidad. En ese contexto florecieron numerosos manuales de urbanidad, algunos de ellos redactados con notable estilo literario, en los que se ofrecían detalladas instrucciones sobre cómo debía comportarse un comensal decente. Y entre las muchas normas que se recogían en estos textos, el uso del tenedor —objeto todavía relativamente nuevo en la mesa europea— ocupaba un lugar sorprendentemente polémico.

Aunque hoy el tenedor nos parece un utensilio cotidiano, su incorporación a la mesa no fue inmediata ni pacífica. Procedente de Bizancio y adoptado primero en Italia a finales de la Edad Media, el tenedor tardó en arraigar en los países católicos, donde no pocos moralistas lo miraban con recelo. En España, su introducción fue lenta, y durante mucho tiempo convivió con el uso de los dedos o la cuchara para la mayoría de alimentos.

Los manuales barrocos de urbanidad no solo normaban el uso del tenedor, sino que advertían —a menudo en tono satírico o admonitorio— sobre su uso indebido. En algunos casos, se lo consideraba un objeto frívolo, cercano a la afectación cortesana, o incluso un signo de orgullo innecesario. El gesto de pinchar los alimentos con un artefacto metálico era visto por algunos moralistas como una forma de alterar el orden natural de la comida, un lujo que podía rozar lo pecaminoso si no se ejercía con mesura.

Un ejemplo notable es el Tratado de la urbanidad y buena crianza, publicado en el siglo XVIII, donde se dedicaban apartados enteros al «modo decente de servirse» y a «los movimientos del brazo en la mesa». Se recomendaba no alzar los codos, no aspirar el caldo ruidosamente, y, en cuanto al tenedor, no mirarlo con ostentación ni utilizarlo para jugar con los alimentos. Incluso se advertía contra el acto de empujar con él lo que debía recogerse con pan, pues “el exceso de movimiento confunde la compostura”.

Este tipo de literatura formativa, que podríamos ver hoy como una mezcla entre ensayo moral, manual de protocolo y guía de comportamiento burgués, revela hasta qué punto la mesa era un microcosmos de las tensiones sociales y culturales del momento. La urbanidad no era simplemente cortesía: era una forma de autocontrol que revelaba el grado de civilización —y obediencia— del individuo frente al orden establecido.

El tenedor, en este contexto, se convirtió en símbolo de un cambio de sensibilidad: el paso de una corporalidad más libre y directa a una domesticada y reglada, sometida al ojo ajeno y a la mirada del poder.

Redacción


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