La nota 13

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La muerte es dulce, si no la esperas
J. A. Ponce

Era un integrante más de la Orquesta Sinfónica Nacional, pero sus días en esa situación duraron muy poco. Después de pasar sus peores momentos como profesional de la música, accedió al puesto de primer violín. Por aquel entonces, el director titular de la orquesta, un incansable seguidor de Beethoven y mejor intérprete de sus partituras, le llamó para ocupar el puesto vacante dejado como consecuencia de la muerte del primer violín.

Sufrió todas las inclemencias y avatares de aquellos años, pero era joven y entusiasta, pudo soportarlo. Trabajó incansablemente, incluso llegó a sufrir la despótica dirección de un director alemán invitado, un tal von Karajan, director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín.

La agrupación sinfónica de Luis Antón, padecía según los entendidos y muchos melómanos, algunas deficiencias en el viento. Por aquel entonces, tras dos semanas de estancia del alemán, algo se notó, aunque poco después volvió a su lógico asentamiento. Rafael, que así se llamaba la batuta directora, no aprobó las modificaciones apuntadas por su colega invitado.

Con la llegada de la democracia al país, el templo de la música sinfónica, sufre alteraciones sustanciales. Se encarga la edificación de un centro específico para sala de conciertos, y modificar su actual estructura acondicionándole como espacio para la ópera, su primigenio concepto, que por aquel entonces era junto a la Scala de Milán, uno de los mejores teatros de ópera del mundo.

Antes de convertirse de nuevo en Teatro de la Opera, acudí a la presentación de una recién incorporada voz femenina, poco después desaparecida del mundo de la ópera, Ana Higueras de Aragón, aunque tiempo más tarde supe que su retirada fue por exigencias de su anciano y estúpido esposo. Sin embargo debo reconocer que ese día nos maravilló con unos increíbles motetes de Vivaldi.

Es, a partir de ese momento, cuando Luis Antón, comienza a sentir miedo. Miedo a perder su puesto, tras tantos años de lucha y trabajo. Antes de la inauguración de la nueva Sala de Conciertos, y próximo a cumplir esa edad difícil de catalogar, pese a no impedirle sacar maravillosas notas de su violín, recibe una carta invitándole a pasar por la oficina de empleados. Allí le entregan, no una invitación, sino una carta de despido. Él la miró con atención, firmó su recepción; era algo inapelable; y esperó el regreso de Rafael para despedirse, y si posible, pedir una explicación, únicamente para su propia satisfacción.

No la consiguió, como tampoco vio a Rafael, que como él, fue despedido. Es a partir de ese momento cuando empieza la cruzada para conseguir trabajo, sobre todo, dinero. Se reúne con antiguos amigos, y forman un grupo de cuerda, deleitando a quienes asisten a espacios informales, aunque llenos de fuerza musical.

Pronto se desintegra el grupo. Algunos de los componentes recorren, como él hizo posteriormente, la mayoría de las capitales que poseen o intentan formar, orquestas filarmónicas. Claro que jóvenes entusiastas; no con la experiencia que tiene Luis, sino menos exigentes en las contraprestaciones dinerarias; ocupan su lugar.

A los dos años regresa a su querida ciudad de Madrid, y durante algunos meses se mantiene dando saltos por algunos establecimientos, muy pocos desgraciadamente, de los existentes en la ciudad, dedicados a distraer a los clientes mientras toman una copa o conversan, y tienen como fondo musical la interpretación de algún solista, dúo o cuarteto, siempre de la tan manida y mal conceptuada, música clásica.

El poco atractivo que irradia la música sinfónica para los asistentes, convierte esos establecimientos en meros pubs, cafeterías o bares, que transforman la oportunidad única de escuchar a artistas consagrados, en aplicaciones más o menos acertadas de grabaciones existentes en el mercado, o quizás perderse en la oportunidad que brinda la masa, con otros tipos de música.

Luis Antón, se perdió durante un año al convertirse uno de los últimos reductos de melómanos, donde interpretaba solos de violín, en un establecimiento de salsa, merengue y otros ritmos suramericanos, tan de moda, aunque pasajera, aunque muestran las lindezas de curvas de las mujeres que lo practican. Un cambio radical en los sentidos; el oído por el de la vista.

Más adelante, Luis Antón apareció en la calle Preciados, bajo la marquesina de un importante gran almacén, junto a tres compañeros más, formando un cuarteto. Le vi en ocasiones incluso con alguno más, hasta componer casi una orquesta de cámara.

El peligro de esas actuaciones callejeras radicaba en que congregaban a pocos seguidores, fundamentalmente si hacía frío, aunque al ser una calle con muchos viandantes, más de uno se paraba, escuchaba y al final dejaba alghunas monedas tras preguntar, si el grupo disponía de alguna grabación en medio auditivo. A veces se marchaban sin dejar nada, pero desde luego la mayoría contentos, con el corazón henchido al escuchar las notas cordiales de obras de Bach, Mozart u otro inmortal.

Durante bastante tiempo me obligué a pasar por la mencionada calle, con el único objeto de ver con qué facilidad frotaba las cuatro cuerdas con el arco de 120 crines de cola de caballo. A mí no me conocía, aunque llegó a destacarme del resto de sus seguidores diarios.

Una mañana tuve oportunidad de invitarle a tomar un café. Llegué temprano al rincón donde solía ponerse. En ese momento estaba afinando el violín. Me contó varias cosas que dije desconocer. Una de ellas, que siempre debe empezarse por la cuerda tercia, LA, afinándola a una frecuencia de 440Hz.

Sin embargo —dijo seguidamente— cuando se trata de afinar para orquestas o agrupaciones, se suele hacer a 442 Hz.

No lo sabía —mentí.

Hay algo que normalmente, la mayoría de la gente, pese a gustarles la música, desconocen.

Supongo que a mí me ocurrirá también. ¿De qué se trata?

Algo tan simple como saber de dónde proceden las notas musicales.

Bueno, se su nombre. Tengo buen oído, pero no sé leer música —seguí mintiendo.

No importa, se lo contaré, es algo curioso.

Escucho.

Verá, hace muchos años, allá por la Edad Media, un monje llamado Guido d’Arezzo, inventó un sistema para enseñar a sus alumnos asignando una nota a cada falange de sus dedos. Más tarde utilizó un acróstico, recurrió a la primera silaba de cada verso, creando a partir de ese momento las notas musicales. Si bien la primera, DO, aparece más tarde, ya que inicialmente se denominó UT.

¿Conoce los versos?

Naturalmente ¿quiere oirlos?

Me gustaría.

Ahí van.

Ut queant laxi

Resonare fibris

Mira gestorum

Famuli tuorum

Solve polluti

Labii reatum

Sancte Ionanes

Que traducido del latín, más o menos, y si no recuerdo mal, era algo así como: Para que puedan, Con toda su voz, Cantar tus maravillosas, Hazañas estos tus siervos, Deshaz el reato de, Nuestros manchados labios, ¡Oh bendito San Juan!

Simpática historia.

Lo es.

Tomó el café y nos despedimos. Él se unió al resto de sus compañeros, yo abandoné el lugar.

Al cabo de unos meses, dejé de verlo. Supuse que se marchó a alguna ciudad en busca de trabajo. Me resultó ciertamente penoso no volver a escuchar sus notas, la forma tan sencilla de mover su mano derecha con el arco.

Al cabo de tres años leí una nota de prensa que llamó mi atención.

Un hombre de aproximadamente sesenta y cinco años, músico, ha sido detenido en la calle Preciados de Madrid, por la policía como sospechoso de la muerte de cinco ciudadanos. El juez ha dictado un auto, mientras se investiga debidamente, dictando prisión provisional. Se le ha retirado el instrumento musical, un violín, que llevaba en el momento de su detención.

La nota no mencionaba su nombre, sin embargo supe —y no voy a decirles cómo— se trataba de Luis Antón. Tras analizar la situación, me dispuse a visitarle en la institución, ya que nada decía de estar incomunicado. Esperé para obtener más información de la que señalaba la nota de prensa.

Me gustaría hablar con el policía que detuvo a Luis Antón. ¿Es posible?

Espere un segundo —respondió el agente que me atendió— veré si está en su despacho. Un momento.

Después de quince minutos, el mismo agente me acompañó hasta un despacho sucio y mal oliente, con poca luz que invitaba a no entrar y olvidar lo que me proponía hacer.

¿Conoce a Luis Antón? —preguntó el policía sin saludar.

Sí.

¿Sabe porque hacia eso?

Hacia ¿Qué?

Matar a sus seguidores.

Perdone, pero no entiendo ni una palabra.

¿No ha dicho que le conoce?

Desde luego, pero no hasta ese extremo.

¿Entonces a que viene aquí?

A enterarme de que se le acusa, y ver si existe la posibilidad de visitarle en prisión.

Antes cuénteme de que le conoce y desde cuándo.

No soy amigo suyo, si es lo que insinúa. Le conozco de verle algún tiempo en establecimientos donde trabajaba con su violín, y después en la calle Preciados, formando un grupo que interpretaba obras musicales sinfónicas.

¿Nada más?

Nada más.

No me aporta nada nuevo.

Pues mire que lo siento ¿Ha dicho que se le acusa de matar a sus seguidores?

Bueno, en realidad no tenemos pruebas.

¿Entonces?

Seguimos investigando, así nos lo ha pedido el Juez, y también el Fiscal correspondiente.

Y ¿podría obtener autorización para ir a visitarlo?

Supongo que el Juez no pondrá impedimento alguno, aunque supongo que lo hará con una condición.

¿Cuál?

Rellenar esta ficha y autorizarnos a grabar cuanto hable con él. No ha tenido visita alguna desde que le detuvimos.

Está bien, pueden grabar la conversación, solo trato de ver y saber cómo está.

Solo. Al parecer no tiene amigos, ni familia.

Está bien ¿cuándo puedo recoger la autorización?

Mañana por la mañana, sobre esta misma hora.

Bien, entonces hasta mañana.

Adiós, señor…

Mi nombre está en la ficha que he rellenado.

Bien, hasta mañana.

Con la autorización en el bolsillo, regresé a casa a repasar cuanto conocía de Luis Antón. Jamás le había visto fumar, ni beber alcohol. No sabía si leía. No conocía de él entretenimiento alguno. No podría llevarle algo que pudiera necesitar o desear.

La mañana de un sábado salí a la periferia de Madrid, y después de algunos kilómetros acerté con la cárcel. Pasé los trámites oportunos y minutos después entraba en una sala, donde esperaba Luis Antón.

Buenos días, señor Antón.

¿Le conozco?

Es posible, nos vimos hace tiempo. Incluso llegamos a tomar un café, me contó la historia de cómo se inventaron las notas musicales.

Creo recordar algo. Discúlpeme ¿Qué motivo le induce a visitarme?

Leí una nota en prensa, hablé con el policía que le arrestó y ya ve, aquí estoy.

Se lo agradezco, pero no me ha contestado.

Nada en especial. Ningún motivo, solo el hecho de verle, saludarle y si le parece, comentar con usted la acusación de que es objeto ¿Le tratan bien?

De momento si, tenga en cuenta que ya no soy joven. No les doy mucha guerra, en realidad ninguna; los demás presos nada tienen que sacar de mí. Estoy tranquilo.

Le veo acomodaticio.

Tal vez. No tengo familia, ni amigos. ¿Dónde voy a estar mejor? además, carezco de casa y dinero para seguir viviendo.

Disculpe, no creo que usted matara a esa gente como dicen los policías. La verdad, ni siquiera sé cómo murieron. Solo me preocupé por usted al leer la nota en la prensa.

Gracias. Supongo que tiene tiempo. Yo también, no estoy sujeto como los demás a un determinado horario para las visitas. Por lo que si le parece, podemos charlar, contarle cuanto quiera escuchar.

¿Está seguro, señor Antón?

Llámeme Luis, si no le importa.

Gracias. Le repito ¿está seguro?

¿Qué le preocupa? ¿Qué me oigan?

De alguna manera sí. No me gustaría forzar una situación que agravara su estancia aquí.

No hay problema, amigo mío. No he matado a nadie, solo estaba presente cuando ocurrió. Además ¿cómo y de qué forma puedo matar a esas personas, tras escuchar mi actuación con el violín?

¿Le importará contármelo?

En absoluto, como le he dicho antes, tengo tiempo.

Entonces adelante, pero debemos dejarlo a la hora del almuerzo. Puedo venir mañana domingo.

Se lo agradezco, aquí dentro solo hay tristeza. No se oye música.

Adelante. Cuénteme. Vendré cuantos días sean necesarios.

Espero que cuando acabe, siga viniendo aunque solo sea para saludarme.

Desde luego, Luis. Desde luego.

Escuché.

Luis Antón, me puso en antecedentes de toda su vida, hasta el día en que le conocí y posteriormente. Por esa conversación de cuatro horas, supe cómo empezó, su despido de la Orquesta Sinfónica y su pulular por diversas ciudades, intentando asentarse con otros músicos, que como él, estaban sin trabajo.

Viajé a Barcelona, Valencia, San Sebastián, Santander, en realidad visité casi la totalidad de capitales de provincia. Sin éxito.

¿Y cuando decidió volver a Madrid?

Cuando empezó todo. Primero ocurrió en Valencia, después en Barcelona.

¿Cómo fue?

La primera semana trabajé solo, pero poco tiempo después compañeros menos agraciados que yo con el violín, se unieron a mí, no pude negarme. Siempre es más agradable escuchar la conjunción de varios instrumentos, que escuchar notas unidas interpretadas por un solo violín, se necesita acompañamiento, como ocurre con los conciertos para ese instrumento. Compases orquestales y posterior introducción del solista, sin descartar los momentos de fusión de ambos.

Es cierto.

Durante unos días nos mantuvimos tocando, la gente nos aplaudía, y dejaba bastantes monedas. Eso nos permitía vivir con cierta holgura en la ciudad. Yo al menos no he dormido en la calle un solo día. Al noveno, me encontraba afinando el violín con el diapasón hasta lograr 442 Hz, pese a la temperatura y estar en plena calle, ya sabe, los instrumentos, y más el violín, sufren mucho con los cambios de temperatura. Mis compañeros hicieron lo mismo. Sin embargo hubo un momento en que deslicé el arco sobre las cuerdas para tratar de buscar un mi agudo, y no sé cómo ocurrió, mis oídos comenzaron a pitar con fuerza. De repente apareció a mi lado una figura, creo que la de un hombre, cubierto con una capa o manto negro, amplio y largo, cubriéndole los pies. Su cabeza también iba cubierta con una capucha que sobresalía cuatro o cinco dedos por delante de su rostro e impedía verlo. Me asusté al aparecer repentinamente. Se puso frente a mí, me miró, al menos eso intuí, y se alejó del mismo modo, sin advertirlo.

Espere, espere, Luis. No comprendo. ¿Dice que ese individuo apareció de la nada?

Desde luego no tuve tiempo para averiguar más. Se limitó a mirarme y luego desaparecer.

¿Que ocurrió después?

Cada vez que tocaba con mis compañeros, la gente se agolpaba. En Valencia tuvimos tal éxito, que hubo gente esperando para escuchar el repertorio completo, incluso hubo verdaderos melómanos que nos solicitaron una obra especifica.

¿Entonces? ¿Cómo se produjeron las muertes?

Un día nos rodeaba mucha gente formando un círculo, más de cincuenta personas. Al acabar y comenzar a recoger nuestros instrumentos, la mayoría comenzó a depositar monedas y algún billete, aunque pequeño, sobre la caja de mi violín. Dejaban sus dádivas y se retiraban. Nos quedamos solos. De repente me fijé que el misterioso personaje con la capa negra, seguía, de entre toda la gente que se alejaba, a un hombre. Se acercó a él por la espalda y después de ponerse a su lado, le echó su capa por encima unos segundos e inmediatamente cayó al suelo fulminado. Luego se acercó a una mujer de mediana edad y sucedió igual. Por ultimo hizo lo propio sobre una tercera persona, otro hombre, le cubrió con su negra capa y como los anteriores, se estrelló contra el suelo. Cuando finalizó, se volvió, mi miró en la distancia y desapareció. Me asusté, quise hablar con mis compañeros, señalar al hombre de negro, pero ninguno de ellos, tras las explicaciones, pudo verle. ¿Tampoco le vistéis mirarme? Pregunté. Ninguno respondió afirmativamente. Me pareció extraño, que solo yo pudiera ver aquella figura con la capa larga y negra. La gente comenzó a agolparse alrededor de los dos hombres y la mujer. Me acerqué inquieto y temeroso. Estaban muertos. Unos minutos después los médicos de una ambulancia atendían los cuerpos sin vida de los tres. Uno de los médicos señaló que habían muerto de igual manera. Sus corazones parecen haberse parado de manera voluntaria y de repente, aunque debemos esperar el resultado de las autopsias señaló uno de los médicos— La gente me miró temerosa, por cuanto poco antes los habían visto salir del grupo que nos rodeaba, y cuando me volví para retirarme, allí estaba el hombre de la capa, a mi lado. Se acercó y me miró sin decir palabra alguna. Segundos después volvió a desaparecer, nadie dio muestras de haberlo visto. Abandoné la zona y me refugié en una cafetería a comer algo, luego me fui a la pensión donde me cobijaba por la noche. Estuve dos días sin salir, al tercero y mientras acariciaba las cuerdas para afinarlas y adaptaba el diapasón, el misterioso hombre de la capa apareció de nuevo. Volvió a mirarme tan cerca como lo está usted, y se volatilizó.

¿Qué paso después?

Mis compañeros sintieron algo extraño los dos días que interpretaron música sin mi presencia. Dijeron no tener ganas de tocar, sentían frío en las manos, para segundos después comprobar cómo se extendía por todo el cuerpo, y eso que aquellos días hizo una temperatura superior a los veinte grados. Cuando regresé, solo uno me acompañó, el resto cada vez que se disponía a acariciar su instrumento sin mi presencia, sentían una bocanada de frío al tiempo que aspiraban un olor nauseabundo, según dijeron. Mi compañero ese día, no lo advirtió y juntos nos mantuvimos tocando hasta que vimos aparecer al resto. Se acercaron y al ver que no ocurría como los precedentes, se incorporaron para formar el grupo completo. De nuevo éxito, aplausos y monedas, también cuatro muertos del mismo modo que los anteriores. Antes de marcharme, les conté que había visto una figura vestida de negro posar su capa sobre las personas que posteriormente murieron. Uno de ellos al escuchar mis palabras, soltó una interjección que no entendí, era polaco, y salió corriendo despavorido, olvidando su instrumento y haciendo una señal sobre su pecho con la mano derecha. Los demás se despidieron. Supe que jamás volvería a verlos. Dos días después me fui a Barcelona.

¿Y allí qué ocurrió?

Algo similar. Allí murieron más de diez en el corto espacio de una semana.

¿Del mismo modo?

En efecto. Primero la misteriosa figura de negro se ponía frente a mí, parecía mirarme con atención unos segundos y después desaparecía en una fracción de segundo, para verle echar su capa sobre uno de los viandantes que caía al suelo muerto. La gente comenzó a señalarme como músico maldito. Otros decían, que quienes no echaban monedas después de escuchar mis interpretaciones, morían como consecuencia de una maldición pronunciada por mí. Acabé saliendo de la ciudad, recorrí algunas otras, pero iba de mal en peor. Poca gente en la principal y más céntrica avenida o plaza, y algún muerto después de escuchar mis interpretaciones. La fama de músico maldito me precedía, por lo que opté por volver a Madrid.

Y una vez aquí ¿cómo le detuvieron?

Alguien, no se quien, me reconoció e inmediatamente se acercó a un policía municipal. Le dijo que sospechaba era el músico maldito. El policía vino hacia mí sonriendo junto al denunciante anónimo, me preguntó y negué el apelativo dado por aquel hombre. Claro que, si como decía, yo era el músico maldito y quien no me echaba monedas moría fulminado, según me atribuía, debía esperar a escuchar y luego marcharse sin echar moneda alguna. Replicó que lo haría siempre y cuando él como policía, permaneciera a mi lado sin dejarme mover. Así lo hizo. Interpreté cuatro obras y al acabar, el policía se puso a mi lado. La gente comenzó a marcharse tras echar monedas en la caja del violín. El denunciante no lo hizo, e inmediatamente vi, como la figura de la capa negra se puso frente a mí y luego, a menos de diez metros posar su capa sobre el hombre que segundos después cayó fulminado al suelo. El policía corrió en su ayuda, pero ya era tarde. Cuando terminó de hablar por su teléfono, regresó a mi lado y me autorizó a marchar de allí.

¿Entonces como le detienen?

Cada día me apostaba en el mismo lugar. Pero ahora vigilado por dos policías de paisano metidos entre la gente que escuchaba mis interpretaciones y un inspector apostado cerca del lugar que yo ocupaba. El día de la detención, cuatro fueron las personas que no echaron monedas, y esas mismas cuatro fallecieron delante de mis ojos, abrazados por la capa de la figura de negro. Quise advertírselo al policía. Le dije que iban a morir cuatro, se los señalé pero fue inútil. Cuando los vio caer fulminados, regresó a mi lado y me detuvo bajo la sospecha de haber matado a esas cuatro personas y a la del día anterior.

Pero Luis, usted no ha matado a nadie. El propio policía estaba a tu lado, según dijo y pudo comprobarlo. Podrá corroborarlo. ¿No lo ha puesto en su informe?

No lo sé. Solo que estoy detenido, acusado de unas muertes que no he cometido. Aunque razonablemente creo que de alguna manera debo reclamar la presencia de esa figura que se ocupa de acabar con las vidas de esa gente.

Ya, pero ¿De qué manera?

No lo sé. No tengo idea.

¿No consigue ver su rostro?

No, únicamente veo la capa. Bueno, no sé si es una capa, sayo, o algo parecido a esas vestiduras que utilizan los monjes, les llega hasta los pies y cubre su cabeza. Es muy amplia, de color negro azabache y no parece pesarle mucho, dada la rapidez con la que se desplaza, aparece y desaparece.

Luis, debo irme, es tarde. Mañana regresaré y seguiremos hablando.

Gracias por venir, se lo agradezco mucho.

De nada. Trataré de investigar por mi cuenta. Es tan extraño —mentí.

Lo es. Por favor, no deje de venir mañana.

Claro. Vendré temprano, a primera hora.

Gracias.

Me despedí de Luis Antón. Llamé al vigilante y recorrí los pasillos hasta la salida. De regreso a casa tuve una duda, pero dado que era sábado, no podía ponerla en práctica hasta el lunes. Esperé pacientemente a que llegara el domingo; como le prometí, volví a la prisión para charlar con él durante unas horas. No hablamos de sus actividades recientes, para evitar comentar de nuevo esos luctuosos momentos, aunque si de sus momentos felices, sobre todo cuando estaba de primer violín en la Orquesta Sinfónica.

Hubo momentos en que vi como resbalaban algunas lágrimas al recordar sus días gloriosos interpretando sobre todo, conciertos escritos para violín y orquesta. Reseñó con especial cariño, dos de ellos, uno, como dijo, para mí el más maravilloso, el escrito por Tchaikovsky para violín y orquesta en re mayor. El otro —continuó— el del gran sordo, Beethoven. Ambos, dijo, son mis preferidos, claro que jamás he desdeñado al resto de compositores. Todos y principalmente algunos, escribieron partituras maravillosas como Paganini por quien siento un afecto muy especial, Mozart y muchos otros.

Cuando regresé a casa llevaba una extraña sensación. Aquel hombre sentía la música de tal manera, que verle allí, despojado de su instrumento preferido, hizo que buscara antiguos contactos con el fin de pedirles un favor, aunque debía esperar, hecho que ciertamente vendría muy bien para la otra función que pretendía darle.

Llamé al inspector de policía y me reuní con él a media mañana.

Supongo que han escuchado las conversaciones que mantuve con Luis Antón.

En efecto, y se lo agradecemos. Él, tal vez más.

¿Por qué razón?

Es posible que le haya hecho un favor sin proponérselo.

Explíquese, por favor.

Voy a entregar al Juez las transcripciones de las conversaciones, y con ellas un informe positivo del Fiscal. Es muy posible que retiren la orden de prisión provisional y salga de nuevo a la calle.

¿Se han dado cuenta que él no pudo matar a esa gente?

En cierta forma sí, pero aun necesitamos comprobar ciertos aspectos del resto de ciudades donde también ocurrieron muertes bajo su presencia.

Avíseme, no me gustaría que al salir se encontrara solo.

¿Irá a recogerle?

Sí. También he decidido cederle una habitación en mi casa, así no estará desatendido y en la calle. Según me dijo, no tiene vivienda en Madrid, ni dinero para alimentarse.

¿Se ha convertido en su hada madrina?

Si lo quiere conceptuar así, no me importa.

Está bien, anotaré su teléfono y le llamaré cuando sepa si el Juez lo deja en libertad.

Gracias.

Concerté una entrevista con un amigo, por lo que sin perder un momento, me acerqué a la Calle Carlos III. Entramos en el edificio y después de media hora, tomamos un taxi hasta la Avenida del Príncipe de Vergara, hasta el Auditorio Nacional de Música. Mi presencia sirvió para corroborar de quien hablábamos. Vi como todos los conocidos de mi amigo, asentían a la petición formulada y dejaban en mis manos preparar a Luis Antón.

Tras agradecer el esfuerzo, me retiré. Al poco de salir, el teléfono sonó con insistencia, era el inspector anunciando que Luis, saldría al día siguiente después del horario de comidas, aproximadamente a las cuatro de la tarde. Al llegar a casa registré la agenda y modifiqué, con llamadas, algunas de las actividades previstas con el fin de dejar vacante la tarde siguiente. Después arreglé como mejor supe la habitación que ocuparía Luis. Comencé a investigar.

Cerca de las dos de la madrugada logré encontrar la tan ansiada información. Copié el contenido y no pude dejar de analizarla. Acabé rendido a eso de las cinco y media de la mañana, pero desde luego muy satisfecho. Dormí unas cuatro horas y preparé el encuentro con Luis.

Al regresar de la prisión traté de persuadirle para quedarse en mi casa, aunque se negó con rotundidad. Logré aceptara permanecer una temporada hasta que lograra un trabajo estable, y convenir con él la función recomendada recientemente con una de mis amistades.

No debería aceptar —dijo con voz quebrada.

No debería negarse. Además, la mayoría del tiempo estoy fuera de casa y muy ocupado, no me molestará.

Soy un extraño.

Yo no lo creo así. Es más, necesito compañía y si es de alguien como usted, mejor. Así podré deleitarme de vez en cuando con sus interpretaciones.

De acuerdo, aceptaré, pero solo por un tiempo.

Bien.

Menos mal que me han devuelto mi violín —añadió sonriendo.

Le vi soltar varios suspiros cuando entró en el cuarto dispuesto para ocupar. En dos ocasiones volvió su cara para encontrar mi mirada, pero disimulé haciéndolo hacia otro lado. El resto de la tarde nos mantuvimos conversando, fundamentalmente preparándole para su próxima actividad.

¿Qué le parecería dar clases de violín?

Me encantaría.

Exactamente no son clases, sino intentar formar grupos, de entre los jóvenes que están en el último curso del conservatorio. Comprobar su virtuosismo, acompañarles, preparar repertorios y un largo etcétera de actividades.

Supongo que ha sido el artífice de esto ¿No es así?

En buena parte, sí ¿Le molesta?

Ni mucho menos, al contrario, estoy muy agradecido. Aunque sigo sin entender la razón.

A veces se hacen favores sencillamente porque sí, sin razón aparente. Más adelante quizás le pida un favor.

Está bien, no volveré a preguntar.

Como quiera, pero conste que no me molesta. Ahora veamos si la ropa del armario le vale, creo que tenemos más o menos la misma talla. Le dejo mientras se la prueba, debo analizar algo.

Gracias, querido amigo.

No vuelva a dármelas.

Al día siguiente Luis Antón, quedó contratado como asesor para la formación de grupos y orquestas de cámara en el Auditorio. Yo aguardé mientras tanto en la entrada conversando con un conocido. Al ver llegar a Luis, contento, me despedí de mi interlocutor y fui a su encuentro. Me abrazó mientras dejaba escapar unas furtivas lágrimas.

¿Cuándo empieza el trabajo?

Mañana mismo.

Me alegro.

Disculpe. Todo este tiempo con sus ayudas, recomendaciones y ahora este trabajo, no me han permitido siquiera conocer su nombre.

No es importante, pero si quiere puede llamarme Carl

¿Es su verdadero nombre?

Se parece mucho.

De acuerdo. ¿Puedo hacerle una pregunta?

Naturalmente.

Todo este esfuerzo personal, supongo debe tener algún motivo

En efecto. Me hubiera gustado hablar de este tema más adelante, pero veo que está preocupado y me ofrece una invitación para hacerlo ahora.

Se lo agradezco, Carl.

Está bien, quizás de respuesta a muchas de sus preguntas.

Estupendo. Escucharé atentamente.

El virtuosismo de sus manos y dedos, durante mucho tiempo estuvieron rozando la llamada. Por fin en su última etapa logró dar con la nota definitiva y fue entonces cuando se produjo.

Perdone Carl, pero no entiendo ¿qué tipo de llamada?

No debería preocuparse de momento, solo escuche atentamente. Le hemos seguido desde que inició su aprendizaje del violín. Posteriormente decidimos dotarle de ese don especial. Usted mismo me lo comentó ¿Recuerda?

Sigo sin entender.

Espere. Recordará que, al afinar su violín suele iniciar con la cuerda LA, y le encanta lograr un agudo con la cuerda MI. También recordará, que logra en cada una de sus actuaciones una nota cargada que supera un determinado montante de decibelios. Sus oídos lo percibieron y sus ojos comprobaron que al hacerlo, apareció un extraño personaje que provocó la muerte de unas personas. Hemos llegado a la conclusión que ese agudo emitido, que cruza el umbral de su oído, y solo usted consigue, es la llamada al ser que posteriormente solo usted logra ver.

Un momento Carl, un momento. ¿Me está diciendo que mi violín llama a ese ser y provocó la muerte de todos esos seres?

Ni mucho menos. Usted no provoca la muerte, pero si la llamada de…

¿De quién? ¿Qué debo hacer entonces?

Seguir interpretando, conseguir llegar a los niveles mencionados, exactamente la nota 13. Del resto nos ocupamos nosotros.

¿Cómo sabe todo esto?

La información es fruta madura, solo hay que saber localizarla y utilizarla.

Se lo agradezco mucho Carl. A partir de hoy intentaré ser consecuente y evitar superar los 26dB, cuando afine mi violín.

Al contrario, debe seguir haciéndolo, aunque no siempre logra dar la nota 13 para provocar su llamada

Claro.

¿La de ella? Pero ¿Quién es ella?

Más adelante se lo confirmaré. Ahora por favor, no haga más preguntas.

De acuerdo.

Perdone, tenga un juego de llaves, así no estará supeditado a mí.

Gracias. Espero que pronto pueda agradecer cuanto hace por mí y pueda invitarle a mi casa.

Eso sería una buena señal. Hasta la noche.

Adiós Carl.

¡Ah! Se me olvidaba recomendarle lo más importante. Si puede, durante un tiempo no intente superar la nota 13.

Ni conozco ni se dar más allá de ésa.

Pues siento no poder darle más información. Pero si puede, evítela.

¿Qué ocurre?

Eso no depende de mí. Quiero decir, que no puedo darle más información.

Bien. Pese a desconocerla, no lo intentaré.

Durante un tiempo Luis Antón, avanzó en alegría, satisfacción y sobre todo orgullo. Cada día no solo estaba las horas necesarias para cubrir el tiempo marcado, lo ampliaba hasta lo indecible para satisfacer a sus alumnos. Los agrupó en varias etapas, barroco, romántico, contemporáneo sin olvidar las intermedias. Abarcó cuanto fue suficiente para dar cumplida satisfacción a su labor como docente. Varios conjuntos salieron de la Sala Antón, como sus alumnos comenzaron a llamar donde se reunían casi diariamente. Lo que jamás supo ni advirtió el anciano profesor, fue la oculta presencia de Carl en cada una de sus sesiones. Analizaba a cada uno de sus alumnos para comprobar el virtuosismo con el instrumento, sobre todo, para comprobar quien de ellos lograba superar con sus agudos y acercarse a la nota 13.

Algunos se incorporaron a importantes orquestas europeas, como consecuencia de advertir sus directores, las cualidades descubiertas y exprimidas por el virtuoso maestro. Otros formaron orquestas de cámara y cuartetos. La mayoría no cesaba de alabar el trabajo del anciano profesor Antón.

Su vida cambió de manera rotunda. Abandonó mi domicilio. Comenzó a vivir en un apartamento cercano al lugar de trabajo, en los alrededores de la Plaza de Cataluña. Llego a invitarme. Insistia en conocer mi apellido, a lo que siempre me negué. Nos veíamos con cierta frecuencia.

Al cabo de unos años Luis Antón se acercó a una edad en la que sus fuerzas comenzaron a flaquear, rozaba los setenta y cinco años. Optó por solicitar cesar en su labor. Pese a no contar con el beneplácito del equipo directivo, no tuvieron más remedio que aceptarlo. Sin embargo tanto los directivos como los actuales alumnos, decidieron aprovechar la sesión prevista como final de curso, para ofrecerle un homenaje. Para ello lograron contactar con la mayoría de antiguos alumnos y conjuntamente interpretar con la ayuda de la Orquesta Sinfónica, uno de sus más queridos conciertos, como muchas veces había comentado. Todos compraron tiempo de sus respectivas obligaciones y se reunieron cinco días antes para coordinar su asistencia. También fue invitado Carl, sin que Luis Antón tuviera conocimiento. El repertorio sería una representación de cuanto les había descubierto su maestro.

El miércoles a las dos de la tarde, el auditorio apareció casi repleto de alumnos ensayando. Más tarde, a las seis se completaría con la presencia de familiares y resto de invitados. Nadie quiso perderse el evento. Luis Antón fue llamado por el director horas antes del encuentro con la disculpa de completar una serie de documentos oficiales.

Cuando el amplio auditorio estuvo completamente lleno, el equipo organizador pidió silencio a los asistentes. Mientras, el director se acercaba con el homenajeado por los pasillos hasta la entrada del escenario. Luis Antón caminaba despacio, desconocedor de cuanto le esperaba. En un momento dado, el director retrasó unos pasos y le pidió continuar mientras buscaba un interruptor —señaló justificando su acción—. El anciano profesor continuó caminando hasta colocarse a tientas, en el centro del escenario. En ese momento la sala se iluminó en su totalidad y la mirada de aquel hombre se alojó en cada uno de los alumnos que le rodeaban sujetando sus instrumentos. Lograron el efecto sorpresa esperado.

El encargado de dirigir unas palabras, fue su alumno preferido, ahora primer violín de la Orquesta Filarmónica de Praga. Sus palabras llegaron tan rápido a su corazón que no pudo sujetar sus sentimientos y acudió a sus brazos mientras el resto alumnos e invitados, rozaron los doce decibelios al romper en aplausos.

En uno de los laterales de la sala existía una butaca vacía. A su derecha le esperaba impaciente, a la izquierda el director, quien poco antes le dejara solo. En el escenario sus antiguos alumnos, ahora profesores, preparados para interpretar todo el repertorio previsto.

Las primeras notas llenaron la sala y calmaron la sed de sonidos musicales de todos los asistentes. Compases de alguno de los seis conciertos de Paganini, obras de Mozart, Vivaldi, Beethoven, Händel, y muchos más, hasta llegar a una de las obras más apreciadas por él, el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky en re mayor, que escuchó con los ojos cerrados mientras añadía despacio, casi inapreciablemente, el movimiento de sus dedos para marcar, sobre su propia mano, las emuladas notas salidas del preciosista violinista, tal y como él lo hubiera hecho.

Acabó el repertorio y Antón le acompañamos junto al director, a subir al escenario para dirigir unas palabras de agradecimiento, como era su deseo. Tras un esfuerzo, para romper las ataduras de los gozosos sentimientos retenidos durante horas, logró desgarrar el silencio que dominaba el auditorio.

Mis queridos alumnos, antiguos y actuales. Me van a disculpar el resto de asistentes, pero ellos son muy queridos para mí, ustedes no necesitan mi cariño, ellos seguramente sabrán dárselo. Estoy seguro que aún seguirán disfrutando de ellos mucho tiempo, a mí, ya me queda poco. No obstante agradezco mucho su asistencia. Supongo que estarán disfrutando tanto o más que yo, del amplísimo repertorio que nos han brindado, y desde luego apreciado que todos, absolutamente todos, son unos virtuosos de ese instrumento tan maravilloso llamado violín. Estoy mayor, y mis fuerzas a veces se niegan a acompañarme, pero hoy solo sabré agradecer a cuantos hoy están aquí presentes, de la única manera que se. Si me permiten, me gustaría interpretar algo muy especial, de un maravilloso músico. Me refiero a Niccoló Paganini. Si alguno de mis apreciados alumnos lograra ir a mi despacho, sacar del armario mi violín y traérmelo, se lo agradeceré doblemente.

No es preciso maestro, ha estado desde el primer segundo de este homenaje, aguardando para ser utilizado.

Gracias Adrián —respondió Antón.

Avanzó unos pasos, recogió y sostuvo entre sus manos el maletín. Lo abrió muy despacio, susurró unas palabras y lo extrajo para sustentarlo. Sus manos se colocaron en situación y sin aprovechar la existencia de un diapasón, comenzó a afinar el instrumento. En ese momento di un respingo. A mi mente acudió de inmediato el recuerdo de años atrás, la llamada que Luis producía cuando trataba de sacar la nota más aguda de un MI. Busqué su mirada para advertirle. Mis ojos le pidieron prudencia, y el asintió confirmándosela. Acabó, miró a todos y volvió a hablar.

Cuando después de varios años de ser músico, comencé a leer e investigar las vidas de mis más apreciados artistas, elegí aquellas obras escritas que más llenaban mi corazón. Los interpreté, y lo digo en el más amplio concepto de la palabra, pues siempre supe que jamás lograría adentrarme en el mismo espíritu que ellos pusieron al escribir esas notas sobre el pentagrama. Los más afamados autores han sufrido mis desvaríos y también mis aciertos. Y dicho todo esto, me gustaría ofrecerles como despedida, una interpretación del gran Paganini. Sobre él cuentan, que dado su virtuosismo y amor al instrumento, lograba alcanzar notas imposibles de su violín, y lo más sorprendente, de una sola de sus cuerdas. Para ello solía retirar las otras tres para que no sufrieran ni obstruyeran la capacidad de extraer lo que deseaba. Hoy, él y yo, me refiero a mi violín, haremos nuestra última interpretación.

Todos los asistentes pusieron gestos de sorpresa, desconocedores de lo que pretendía hacer el maestro Antón. Susurraba unas palabras a cada movimiento de retirar una y otra cuerda del violín. Solo quedó la correspondiente a Mi. Luego acompañado por Adrián, se acercó a dos pasos del atril donde el director de la Orquesta Sinfónica reposaba las partituras y su batuta.

Con el permiso de todos ustedes y especialmente del muy apreciado director de la Sinfónica, voy a interpretar para ustedes, Variaciones en una cuerda emulando al gran Niccoló Paganini, después, alguno de sus veinticuatro caprichos para violín, incluyendo mis propias improvisaciones.

Tanto el director de la orquesta, como sus alumnos e invitados, rompieron en un aplauso asintiendo.

Luis Antón, respiró profundamente, ajustó el violín a la postura ideal, sobre el hombro y brazo izquierdos, y comenzó a acariciar con el arco de 120 crines de caballo, la cuerda MI.

Las notas subían, bajaban y rompían ansiosas, lo escuchado hasta ese momento. Hubo momentos en que tocó a dos voces pareciendo que tocaba dos o tres violines a la vez. Los aventajados del último curso, ponían caras de asombro al ver como su maestro sacaba notas imposibles. Poco a poco los invitados que cubrían la totalidad de los asientos, comenzaron, como el resto de quienes permanecían expectantes, a sentir una extraña sensación. Un suave aunque distinguido olor desagradable, comenzó a dejarse sentir. Las notas surgidas de aquel violín parecían romper con todo lo hasta ese momento conocido y escuchado.

De repente, advertí el acercamiento a esa nota que un día pedí al anciano Antón, no debía superar. Me levanté de la butaca y traté de avanzar hasta el escenario, el director me lo impidió. Sin embargo permanecí de pie, aunque poniendo sendas manos abiertas sobre mis mejillas a modo de ampliación de su voz, para comenzar a gritar ¡Antón, Antón! No superes la nota 13, por lo que más quieras. Lo dije varias veces, mientras el director del auditorio, trataba de impedírselo. No dio lugar. Antón continuó su interpretación mientras la iluminación de la sala decaía paulatinamente. La gente comenzó a asustarse, a llevarse las manos a la cara para cubrir sus fosas nasales, que absorbían indefectiblemente los imposibles y desagradables olores, ahora aumentando por momentos hasta llegar a putrefacción y azufre, todo ello mezclado con sombras y penumbra.

Luis Antón seguía acariciando su violín. Le grité una y otra vez para que no llegara a superar la nota 13. Había cubierto todas las notas en sus improvisaciones cuando de repente, pese a seguir pasando el arco sobre la cuerda, en apariencia dejó de sonar. Mientras, la gente llena de pánico echaba las manos a sus respectivos oídos en un intento de impedir el sonido que bajo el umbral de percepción, les llegaba. Un inmenso dolor se adueñó de los asistentes, que no cesaban de moverse. En pie solo permanecíamos Antón y yo , que de inmediato dejó de tocar.

¿Era esa la nota por encima de la 13? ¿Es la que no querías que diera?

No deberías haberlo hecho. Ahora no se si podré…

¿Detenerla a ella?

Claro, está a punto de llegar ¿Cómo lo averiguaste?

¿Qué? ¿Quién era el extraño ser, o quien eras tú?

Ambas cosas.

Antes dime una cosa ¿Vais a matar a todos o solo a aquellos que os han molestado por algo?

Eso no depende de mí. Pero no me has respondido.

¿A qué?

¿Cómo pudiste averiguarlo?

Simple. Estudie a Paganini. Él llegó a un acuerdo con, ¿cómo debo llamarle? ¿Jefe, Jefa o Superior?

Superior, está bien.

Llegó a un acuerdo con tu superior. Eso al menos cuentan sus allegados. A partir de ahí comenzó a prosperar, pero a cambio debía señalar a quienes podía llevarse de este mundo. Lo haría en cada una de sus interpretaciones.

Bueno, más o menos fue así.

¿Y tú que haces? preparas a…

Gente como tú, preciosista, virtuoso, que nos permita llenar nuestro vacío, asistirnos a la hora de decidir a quién le retiramos la vida.

Eso quisisteis hacer conmigo. Lo recuerdo como si fuera una pesadilla, solo que entonces me negué y por eso apareció el de la capa matando a quienes escuchaban mis interpretaciones y coincidentemente no dejaban moneda alguna. Una forma de distinguir a quien debía llevarse. ¿Es así?

Sí. No tuve más remedio.

Bien, es hora de decisiones.

¿Puedo saber sobre qué?

Verás, no quiero que muera ninguno de mis jóvenes alumnos.

Te repito Antón, eso no depende de mí. Solo soy uno más de sus ayudantes.

Lo sé, también, que puedes desaparecer, como otros muchos si consigo obtener una nota que supere la nota 17.

Entonces ella se vengará.

Tarde, tú ya no estarás para ayudarla aquí, no pertenecerás a nuestro mundo, al humano.

¿Qué quieres?

Escucha, te propongo llevaros a seis, únicamente a seis personas, yo los elegiré. Son como yo, mayores y ya nada tienen que perder. A cambio dejareis a mis jóvenes muchachos y muchachas sin rozarles, sin añadirlos a ese grupo especial al que yo pertenezco, que superamos la nota 13.

No sé si podré.

Claro que sí. Escucha te añadiré un accesorio.

Antón se acercó hasta mi oído, murmuró unas palabras y asentí. Se retiró a su asiento, la penumbra desapareció así como el olor nauseabundo. La gente volvió a su estado inicial, tras lo ocurrido minutos antes.

De inmediato comenzaron a aplaudir con un interés desusado y más aún cuando Antón, en uno de sus movimientos sobre la única cuerda de su violín, ésta se rompió. Se separó del instrumento, pidió disculpas y agradeció los aplausos.

El homenaje acabó a las diez de la noche. Todos fueron despidiéndose de Luis Antón, el viejo maestro. Él los deseo éxito, lo conseguirían, él lo sabía. Recogió su violín sin cuerdas, lo introdujo en el maletín y salió del recinto acompañado por mi.

Dos semanas más tarde, dos de los asistentes al homenaje, cuya edad superaba los ochenta años, se pararon en la calle Preciados para escuchar las notas surgidas de un cuarteto. Comentaron entre sí, que uno de los músicos se parecía mucho al anciano maestro de su nieto.

No vieron la extraña figura que apareció de repente, cubierta con una capa negra, que tras dejarla caer sobre ellos, los abrazaba antes de caer fulminados al suelo. Días después se completó con otros cuatro seres, también ancianos, de los seis acordados durante su homenaje, conmigo, uno de los ayudantes de la muerte.

Luis Antón, hasta que la Parca decidiera llevárselo de este mundo, seguiría viviendo como mi ayudante superando con su violín la nota 13, para llamarla después de haber elegido a quienes debía segar sus vidas. Se contentaba con haber evitado que sus alumnos, formaran parte del previsto grupo para llamar a la muerte.

Un inspector de policía de Madrid, tras recorrer varios días uno de los rincones de la calle Preciados, reconoció a Luis Antón, el músico maldito. En ese instante supo que a partir de ese momento muchos ciudadanos morirían de forma extraña.

A punto de cumplir los noventa y cinco años, un anciano que apenas podía sostener en sus manos un viejo violín, al que le faltaban tres cuerdas, trataba de conseguir unas monedas pasando un arco con solo 108 crines de caballo. Quienes pasaban frente a él, sonreían maliciosamente al comprobar que aquel instrumento solo disponía de una cuerda. Los que caminaron cerca, en un momento dado tuvieron que llevar sus manos a los oídos para taparlos e impedir que un extraño sonido traspasara el aire y llegara hasta ellos, sin oírlo, solo percibido con dolor. Segundos después sus manos se despidieron de los oídos para correr en auxilio del anciano que comenzó a caer lentamente al suelo. Nadie observó como una extraña figura cubierta con una capa negra, que también cubría su cabeza, acababa de arropar con ella el cuerpo del anciano músico. Ese extraño ser estaba molesto porque el anciano músico había superado la nota 13 y sin embargo no había señalado la persona a quien debía llevarse de este mundo. Luis Antón sabía con exactitud, que cuando emitía la llamada y la Parca aparecía, no podía irse de vacío.

Este relato es un homenaje de mis días
como melómano y seguidor de la ONE (Orquesta Nacional de España) y
a su Primer Violín de entonces,
Don Luis Antón.

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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