Hotel a 5 Kms. – Anxo do Rego

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A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

Oscar Wilde

A veces, solo a veces, suceden hechos que escapan a nuestro control por inesperados. Precisamente por ello, conviene estar preparados, sobre todo para aquellas ocasiones en que nos enfrentamos a sucesos desconocidos.

Voy a contaros lo que me sucedió recientemente.

El coche que ahora conduzco es prestado, el mío está en el taller, acaban de golpearlo por ambos extremos en una de las autopistas de entrada a la ciudad. El frenazo de otro conducido por una mujer, ha provocado una colisión en cadena, y el mío, recién estrenado, ha sufrido el embate del que me seguía, lanzándome contra otro que me precedía. Solo tiene secuelas el coche, yo ninguna. He salido por mi propio pie pese al golpe hasta el arcén a la espera de que la Guardia Civil de Tráfico ponga orden y concierto al desastre ocasionado. Muy pronto oigo sirenas de ambulancias y veo llegar decenas de grúas que, como cuervos hambrientos acuden a recoger su carnaza, coches accidentados.

Regresaré a casa gracias a una joven, que conducía un utilitario y fue de las ultimas en llegar al accidente múltiple. Según me cuenta, tuvo oportunidad de frenar y solo se asustó, claro que como yo, espera a que retiren los coches para continuar su ruta.

La joven se acercó hasta donde esperaba. Me encuentra sentado sobre el capot de un coche con las manos sujetándome la cabeza. Estoy solo, la mayoría de conductores y acompañantes se entretienen en recorrer los metros de autopista llenos de coches inutilizados, y así satisfacer su morbo observando el desastre.

¿Se encuentra bien? —pregunta.

Sí, muchas gracias.

¿Su coche también está en el grupo de los accidentados?

Por supuesto es ese —digo señalando con la mano. Espero para firmar el atestado, para que la grúa se lo lleve.

¿Vendrán a recogerle?

No, confío en irme en la grúa.

Si no le importa puedo llevarle, en realidad le pido un favor, me gustaría que usted condujera mi coche, los nervios me bloquean. Supongo que a usted no le pasa eso ¿verdad?

No, al menos que yo sepa. Me llamo Santiago —dije alargando mi mano para saludarla.

Yo Beatriz. Encantada.

Una hora después firmo el parte de accidente, la copia del atestado a la Guardia Civil y señalo la dirección del distribuidor oficial de la marcha del coche, para que la grúa lo entregue en el taller. Recojo a Beatriz y caminamos hasta su utilitario.

Si no te importa, iremos al taller en primer lugar, más tarde te llevaré a tu casa.

Como quieras, no tengo prisa, en realidad solo conduje para distraerme un rato, tenía intención de comer en algún sitio de la sierra de Madrid.

¿Sola, o te esperaba alguien?

Sola.

Entonces si no tienes inconveniente podemos almorzar juntos, tampoco tengo compromiso alguno. Como tú, también salía a comer fuera de la ciudad.

Por mí de acuerdo, así nos haremos compañía. Supongo que somos almas gemelas, por solitarias.

Más o menos.

Beatriz espera en el coche fuera del taller mientras entrego la documentación y los partes.

Le avisaremos cuando esté listo, supongo que en unos quince o veinte días —dice el responsable del taller.

Salgo de las instalaciones en busca de Beatriz.

Bien, ahora estoy a tu entera disposición. ¿Dónde quieres ir?

No lo sé, la verdad es que me cuesta bastante decidir en ocasiones como esta.

¿Qué intención tenías para almorzar?

La de comer asado de cordero en alguno de esos pueblos de Segovia.

Entonces iremos a un asador aquí en la ciudad, así no tendremos que volver a meternos en la autopista.

Te lo agradezco, como te dije, me asusto con frecuencia y me bloqueo para conducir.

Entonces vayamos antes de que se acabe el asado.

Me alegra haberte conocido Santiago.

Almorzamos e intimamos lo suficiente como para seguir viéndonos la siguiente semana y meses posteriores. Abandonamos el invierno y entramos en primavera. Antes de que se acercara el verano comenzamos a preparar las vacaciones, julio fue el mes elegido para pasarlo juntos. Todas las opciones que presenté a Beatriz le apetecían, por lo que durante más de quince días esperé a que eligiera.

Deberías decidirte por algún sitio en concreto, a mí me gusta preparar los viajes con antelación y con detalle.

Lo siento, pero me gustan todos los sitios elegidos.

Supongo, pero debemos reservar hotel, si esperamos más tiempo nos quedaremos sin plazas.

¿No has viajado alguna vez al albur?

Normalmente no, soy una persona que prefiero llevar todo bajo control.

¿No te gusta la aventura?

No lo sé, jamás lo he intentado.

Pues el día que nos conocimos lo fue.

Y me alegro por ello, pero esto de los viajes es distinto, no me gustaría tener que dormir en el coche.

Tampoco estaría mal, no hace tiempo para pasar frío, al contrario, además tenemos cientos de playas donde poder bañarnos.

¿Debo entender que iremos al mar?

No lo sé. Te propongo salir con el coche y dejar todo al albur, estoy segura de que no lo pasaremos mal.

Como quieras, intentaré dominar mi costumbre.

Hazlo por mí, ¡anda!

Lo haré cariño, no te preocupes.

Su entusiasmo era suficiente como para olvidar mi exacerbada manía de preparar absolutamente todo. Baterías de repuesto para los móviles, un bidón con diez litros de gasolina, bloc y bolígrafo para anotar cualquier cosa, mapas, botiquín de primeros auxilios, documentación del seguro, pólizas del seguro médico, teléfonos de auxilio en carretera y un sinfín de previsiones. Siempre lo entendí como algo necesario, sin embargo, Beatriz trató de convencerme de lo contrario, que no era preciso tanta precaución. Acepté aunque a regañadientes, además, se lo había prometido, así, comencé a ponerse nervioso.

¿Salimos mañana 1 de julio?

No cielo, esperaremos al 2, mañana estarán las carreteras llenas, evitaremos conflictos si esperamos, además, no tenemos prisa en llegar, no sabemos dónde vamos.

Tienes razón.

Me levanté temprano, puse las maletas y bolsas en la puerta y la lista de cuanto debíamos llevar a la vista antes de bajarlo al garaje. Esperé a que Beatriz se levantara para desayunar juntos. Al acabar, repasé con ella la lista mientras sonreía una y otra vez mirándome con entusiasmo y cierta alegría.

Son las primeras vacaciones que paso con alguien.

¿Tu anterior pareja no las disfrutó contigo?

No coincidíamos. Ahora estoy francamente ilusionada, espero que estas sean inolvidables. Además de estar a tu lado, creo que por primera vez haré algo que he deseado y preparado personalmente.

No entiendo.

Si cariño, antes todo era dirigido. El domingo a comer a tal sitio, el sábado cenar en tal otro con tales o cuales gentes. Me decía, cuando regrese de vacaciones con mi familia, nos veremos un par de días, quiero ver una película o una función de teatro tal fecha. En fin, todo un cúmulo de acciones que apenas dejaba nada sin controlar, incluso yo, que pese a estar de vacaciones sola, sin su compañía debía estar pendiente por si me llamaba, o reclamaba mi presencia para tal o cual actividad, o evento familiar, o con sus amigos.

Lo siento cariño, de haberlo sabido no habría insistido en mi costumbre de prepararlo todo, aunque lo mío solo es manía respecto a los viajes. En la mayoría de ocasiones los hice solo y cuando no era así, mi compañera no le puso pegas.

No importa, de verdad, ahora lo primordial es que en todo este tiempo estemos juntos, me has demostrado que no tratas de controlar mi vida. Por eso y por muchas cosas más, te quiero, Santiago.

Gracias cariño, yo también te quiero.

Nos dimos un beso antes de poner el coche en funcionamiento, después arrancamos y sin decidir la dirección que tomaríamos conduje despacio. Al cabo de un rato Beatriz dijo.

Dime un número del 1 al 10.

Dos —respondí.

Entonces ve hacia la autopista de Barcelona.

De acuerdo, a partir de este momento serás tú quien tome la iniciativa, dirás hacia donde iremos.

Gracias cariño.

Como no teníamos prisa la velocidad era moderada, apenas superábamos los noventa kilómetros por hora. Conversábamos sobre infinidad de temas. Recordamos el día en que nos conocimos, las películas que vimos, la música que escuchamos juntos y los encuentros con nuestros amigos. Al llegar a Medinaceli paramos para tomar un refresco, luego, al reiniciar el viaje, giramos a la izquierda por la primera desviación que vio Beatriz, y ese fue el inicio de nuestro verdadero viaje.

Cuando el estómago comenzó a quejarse, decidimos que no había más remedio que buscar algún lugar donde repostar nuestros cuerpos. Al cabo de una hora transitamos por una carretera desprovista de arcenes, cubierta de baches, sin líneas de separación pintadas y según parecía, construida por algún ingeniero con problemas visuales, dada la desaparición del plano horizontal, pues íbamos sobre una especie de teja romana, el coche inclinado sobre su costado derecho. Después de un tiempo encontramos una aldea cuyo nombre no recuerdo en este momento.

Buscamos la plaza principal a través de la torre de una iglesia católica. Siempre hay una en cualquier pueblo que supera el promedio de altura de cualquier otra edificación. El sol caía con fuerza, sin ningún elemento que lo retuviera. Aparcamos cerca de la puerta de lo que parecía ser un bar. Dentro, una mujer detrás de la barra, mientras, las moscas luchaban afanosamente por hacerse con los restos de una miga de un dulce en el mostrador, dada la constante aparición de congéneres voladores.

Buenos días, señora.

Eso parece. ¿Que desean tomar?

Algo fresco.

Todo está fresco. ¿Que les apetece?

Unos refrescos de cola.

Enseguida.

Oiga ¿ conoce algún sitio en el pueblo para almorzar?

Desde luego, en mi casa.

¿Es restaurante también?

No, me refiero a mi casa particular. Si quieren, claro. No hay ningún restaurante en aquella dirección —dijo señalando a su derecha— a menos de sesenta kilómetros.

Entonces comeremos aquí.

Si tienen hambre, aciertan quedándose aquí. Les pondré lo que tengo.

Muchas gracias.

Acabamos los refrescos y nos acompañó al otro lado de una cortina de tiras de plástico verde, suficientemente tupida como para no permitir el paso de las molestas moscas. Pasamos a lo que parecía el salón de su casa. Nos invitó a ocupar una mesa de madera con las patas torneadas haciendo juego con unas sillas de alto respaldo, muy artísticas. También un aparador con una cristalera donde se veía una colección de copas de cristal y numerosos platos de porcelana.

En un santiamén puso un mantel de plástico blanco y sobre él otro de tela con cuadros rojos y blancos, encima doble juego de platos lisos, cubiertos y vasos.

Supongo que si deben conducir, no beberán vino ¿verdad?

En efecto, si no le importa pónganos agua.

Claro.

Un rato después apareció con sendos platos de judías verdes y patatas cocidas. Un conjunto de dos botellas de cristal con aceite y vinagre con un salero separador.

Las judías verdes las he cortado esta misma mañana, son cosecha propia, y la carne que les pondré es de cordero, sacrificado hace un par de días.

Muchas gracias.

Acabamos el postre, dos flanes de huevo hechos por las mismas manos que arrancaron las judías. Tan pronto acabamos el café, pedimos la cuenta y nos dispusimos a continuar el viaje. Beatriz respiraba satisfacción y entusiasmo, era su aventura, empezaba bien. El precio nos pareció ridículo acostumbrados a los menús de la ciudad. Nos despedimos agradecidos a la señora y nos metimos en el coche, cuyo interior parecía estar a punto de arder. Abrí las puertas y esperamos unos minutos. A punto de marcharnos la mujer salió del bar y nos habló desde la puerta.

Tengan cuidado si continúan por esta zona hacia el norte, está muy despoblada, pongan suficiente gasolina y no hagan caso de los carteles, la gente de por aquí tiene muy mala idea, suelen cambiarlos. Solo fíjense en lo que aparece en el mapa de carreteras si lo llevan.

Gracias señora, lo tendremos en cuenta.

Adiós y suerte.

¿Qué habrá querido decirnos con esa advertencia?

No lo sé —respondí a Beatriz— de todas formas saca el mapa y sitúate en esta población.

Cielo, dijimos que sería una aventura completa.

Está bien, como quieras.

Arrancamos. Despacio nos incorporamos a la carretera llena de baches sin arcenes. El aire acondicionado soplaba con fuerza eliminando la alta temperatura interior. A pocos kilómetros de allí, encontramos un pequeño bosque de árboles que invitaban a descansar. No tuve tiempo de comentárselo a Beatriz, me dirigí hacia ellos. Aparcamos el coche bajo la sombra de los árboles para que no tomara calor de nuevo, sacamos una manta, la extendimos para tumbarnos y echar la siesta. Pese a la distancia que nos separaba de la carretera, sentí la necesidad de estar pendiente de cuanto nos rodeaba. Ella al verme con los ojos abiertos, me abrazó besándolos en un intento por cerrarlos, media hora después lo consiguió. Serían las siete de la tarde cuando ambos nos despertamos con sed. Recogimos la manta y nos incorporamos a la curvada carretera.

Conduje durante dos horas sin que apareciera cartel anunciador alguno, solo a la derecha vimos lo que parecía ser una aldea, no encontramos carretera alguna que nos llevara allí. Poco a poco y debido a la mínima velocidad que podíamos desarrollar, por los baches, la noche se nos echó encima, encendí las luces y aminoré la marcha por temor a no verlos temiendo que algunas de las ruedas sufriera algún mordisco y consecuentemente un pinchazo. Beatriz puso música y abrió las ventanillas que dejaron pasar el fresco de la noche con lejanos aromas a pinos, tomillo, romero y trigo seco, o cebada, era difícil diferenciarlos. Cerca de las once de la noche por fin vimos un cartel señalando, Hotel a 5 km., debajo unas frases borradas imposibles de leer. Nos miramos, sonreímos y asentimos sin preguntarnos.

No vimos otro cartel de población o similar. Avanzamos despacio. La carretera nos llevó hasta una desviación a la derecha. Altos cipreses a ambos lados, como atentos vigilantes, negaban a la luz de la luna iluminar el camino. Al acabarse las hileras de árboles nos encontramos con una explanada y al fondo de ella, numerosas casas formando lo que parecía una aldea. Sin una luz que iluminara la calle principal, estrecha, angosta y empedrada, abandonamos el coche junto a una casa y caminamos con una bolsa en la mano en busca del hotel anunciado. La temperatura comenzó a bajar y pese a no hacer frío, sentí un escalofrío parecido al que Beatriz también notó y me advirtió. Se agarró con fuerza a mi brazo libre y continuamos caminando calle arriba.

Las puertas y ventanas de todas las viviendas, iluminadas tenuemente por la luna, permanecían cerradas. Era extraño, ninguna luz vimos en ventana alguna. De repente Beatriz dio un respingo y tiró de mí parándome.

¿Qué ocurre cariño?

No lo sé. He tenido la sensación de que algo se movía a nuestro alrededor entre las sombras.

Habrá sido algún perro.

Me extraña, no suelen caminar a estas horas.

Sigue atenta, pero continuemos caminando, debemos encontrar el hotel anunciado, descansaremos y mañana será otro día. Además, estamos de aventura.

Tienes razón.

Seguimos caminando unidos por nuestras manos. De vez en cuando parábamos para comprobar que los ruidos no pertenecían más que a nuestros pasos sobre el empedrado de la calle. Las casas de una sola planta, blancas y cerradas como si estuvieran olvidadas desde hacía tiempo, eran los únicos testigos de nuestras pisadas. Dejamos de lado las casas y enseguida encontramos un edificio de cuatro plantas y numerosas ventanas, con un porche rodeándolo. Sin luces, encontramos un cartel anunciando Hotel Los Espíritus Nobles.

¿Ves cariño? ya hemos llegado. ¿Tienes hambre?

Algo.

Posiblemente tengan comedor.

Será mejor buscarlo, a estas horas no creo que encontremos algo más abierto, ya has visto como están las casas, cerradas.

Nos pusimos delante de la puerta y pulsé un timbre fijado en el lateral izquierdo. Esperamos unos segundos y volví a llamar, dado que no abrían, ni se oía sonido alguno, opté por golpear con el puño la puerta. Al hacerlo las hojas cedieron y abrieron. Antes nuestros ojos apareció un hall provisto de un mostrador separando un cajetín con múltiples huecos donde aparecían llaves sujetas a un llavero numerado coincidente con el de la habitación. Un teléfono negro antiguo sobre el mostrador y algunos folletos del propio hotel cubiertos de polvo.

Solo respondió el silencio cuando grité tanto un ¡buenas noches! esperando respuesta, como varios ¿Hay alguien? Miré a Beatriz cuyos ojos escudriñaban cada oscuro rincón del hotel. A la derecha una puerta de madera cortada a su mitad por dos cristales con figuras grotescas, separaban el hall de otra estancia. A la izquierda unas escaleras invitaban subir a las habitaciones de los pisos superiores. No encontramos elevador alguno, claro que dada la ausencia de corriente eléctrica, no hubiera sido acertado subir en caso de haber existido. Esperamos en silencio durante unos minutos al cabo de los cuales, decidimos atravesar la puerta y encontrar un salón con mesas dispuestas como comedor. Al fondo un mostrador y en un lateral, otra puerta que quizás comunicaba con la cocina. Nos metimos en ella y con la poca luz que entraba por una de las ventanas, pudimos descubrir unas latas de conserva y un armario donde esperaban unos paquetes de pan de molde.

Espera cariño, buscaré un abrelatas, unos platos y comeremos algo. Mañana si no aparece nadie esta noche, se lo diremos y que nos cobren lo que crean conveniente. Mira a ver si encuentras algo de fruta por ahí.

Claro.

Mientras Beatriz recorrió la cocina yo salí al comedor y dispuse las latas y el pan sobre una mesa, que retiré inmediatamente al verlo lleno de verdín mohoso. Me senté esperándola, sin embargo sentí como si un animal respirara junto a mí. Me revolví para tantear, pues apenas la luna iluminaba la sala, solo sombras de mesas y algo que no supe identificar. De pronto oí gritar a Beatriz, me levanté y corrí en su busca, nos encontramos en la puerta batiente de la cocina, vi como su cara de terror me buscaba con ansias. La abracé con fuerza, mientras pregunté.

¿Qué ha pasado? ¿Qué has visto para asustarte así?

No lo sé cielo, solo que algo me rozó las piernas, luego los brazos y por último, una especie de aliento horrible y desagradable se acercó a mi cara. Por favor, salgamos de aquí tengo miedo.

Pero cariño, no podemos ir a ningún sitio ahora. Comamos algo y refugiémonos en algún cuarto, esperaremos a que amanezca.

No esperaré más tiempo aquí, salgamos fuera, o donde quieras, pero por favor, no me dejes sola un solo segundo.

No te pongas histérica, debe ser la soledad del edificio.

No cariño, hay algo que no podemos ver.

Bien, vayamos al hall, cogeremos una llave y dejaremos una nota.

Será lo mejor.

Regresamos a recepción, tomé dos llaves, las correspondientes a las habitaciones 102 y 104. Subimos cogidos de la mano por las escaleras hasta el primer piso. Recorrimos el pasillo hasta encontrar una de las habitaciones. Abrí y entramos. Pulsé el interruptor sin esperar resultado dada la falta de electricidad. La oscuridad reinaba en el cuarto, me acerqué hasta las cortinas que cubrían la ventana y las corrí para que al menos los reflejos de la luna alumbraran algo. Dos camas paralelas separadas por una mesilla con una lámpara de tulipa parecían invitar a tumbarnos.

Haz el favor de quitar la mesilla y juntar las camas, quiero sentir que estas a mi lado.

Claro cariño.

Retiré la mesilla y uní las dos camas, sin retirar las colchas ni quitarnos la ropa, nos tumbamos uno junto al otro. Durante un rato no escuchamos nada, solo al oír las campanadas emitidas por algún carillón del edificio, comenzamos a oír ruidos de nuevo. Me levanté y puse una silla sujetando la puerta. Incliné el respaldo sobre el pomo, así nadie con suficiente fuerza podría entrar sin que lo advirtiéramos, caso de quedarnos dormidos. La ventana de dos hojas, pese a estar cerrada, no rompía la sensación de estar atrapados. Beatriz se agarró a mi mano con fuerza dando respingos cada vez que un ruido rompía el silencio de la noche. Poco a poco la luz de la luna fue disminuyendo.

En esa situación nos mantuvimos durante una hora, después unos ruidos constantes como si de un grupo de personas trataran de subir al tiempo las escaleras, rompió nuestro duermevela. Me levanté para escuchar a través de la puerta, parecían dirigirse a algún sitio por el pasillo.

Voy a abrir, parece que ha venido gente.

No cariño, por favor no abras, tengo la sensación de que puede ocurrir algo.

No digas tonterías.

No, no abras, tengo demasiado miedo —gritó levantándose y abalanzándose sobre mí, que en ese momento empezaba a retirar la silla para abrir.

Está bien cariño, no lo haré.

Gracias y no me sueltes por favor.

De acuerdo, pero tranquilízate, estas poniéndote histérica.

¡Lo sé! ¡lo sé! Pero tengo miedo. Algo o alguien nos observa. Deberíamos hacer algo.

¿Cómo qué?

No sé. Pero creo que no podré soportar aquí toda la noche.

Está bien, esperaremos a que cesen los ruidos y nos marcharemos, solo tenemos que llegar al coche y salir del pueblo.

Hemos hecho mal en quedarnos. Lo siento.

Posiblemente, pero ahora no hay remedio. Volvamos a la cama y descansemos un rato.

Dejamos pasar unos minutos y rompí el nudo forjado con nuestras manos.

¿Dónde vas?

En primer lugar a escuchar en la puerta, parece que los ruidos han desaparecido, luego al baño, necesito eliminar líquidos.

Vale, pero no tardes mucho.

Cariño por favor, no saldré más que un instante.

Deja la puerta abierta.

Cariño hay cosas que necesitan cierta intimidad.

Lo siento, tienes razón, discúlpame.

Entré en el cuarto de baño que se encontraba completamente a oscuras, cerré la puerta y al punto de acabar de miccionar, sentí de nuevo la misma sensación que en el comedor, un aliento desagradable recorrió el baño rozándome sutilmente. Surgió el mismo escalofrío que traté de eliminar con agua fría, aproveché para mojarme la cara. Mientras me secaba oí un grito desgarrador de Beatriz. Con la toalla en la mano irrumpí en el dormitorio, braceaba sin parar de gritar. Golpeé alrededor de ella con la toalla mojada, debió hacer efecto, pues aquello, lo que fuera, abandonó a Beatriz, se revolvió y sentí echarse sobre mí. Noté su putrefacto aliento, lo golpeé de nuevo sin verle y segundos después noté como desaparecía. Me acerqué a Beatriz cuyo rostro era una mueca de terror. Se echó sobre mi pecho agarrándome con fuerza. Sus brazos desnudos tenían heridas sangrantes por lo que manchó la ropa sin proponérselo.

¿Qué era eso cariño?

No lo sé, no tengo idea.

¡Vámonos! vámonos de aquí, por favor. Salgamos inmediatamente.

Nos iremos, pero intenta tranquilizarte, así no iremos a ningún sitio. Debes controlarte.

Beatriz continuaba pegada como una lapa sobre mi espalda, apenas me dejaba quitar la silla y girar el pomo de la puerta. Puse el oído sobre la madera para escuchar. No parecía haber nada al otro lado. Tomé con fuerza su mano con la mía y salimos al pasillo. Despacio sin hacer ruido. Con la otra mano sostuve la bolsa que subimos con el aseo personal. Los pasos hasta las escaleras fueron lentos aunque seguidos. Ambos mirábamos a sendos lados y a nuestra espalda, temiendo que aquello volviera a aparecer. Sonaron las campanadas de las cuatro de la madrugada cuando entrábamos en recepción. Después, antes de salir a la calle, volvimos a sentir el aliento. Se acercaba aquello, pronto estaría junto a nosotros de nuevo.

Corre y no te sueltes de mi mano.

¿Qué pasa?

Vuelven otra vez.

¿Quiénes?

No lo sé cariño, pero corre.

Mis zancadas eran superiores a las de Beatriz por lo que la llevaba detrás tirando de ella. La calle por donde subimos horas antes seguía en silencio, rellena de oscuridad, solo algunos rayos de luna iluminaban los adoquines o piedras, las ventanas y puertas cerradas. Tras de nosotros algo o alguien, corrían tan pronto las sombras producidas por las viviendas nos envolvían. Conseguimos recorrer media calle cuando las sombras de nuevo nos cubrieron. En ese momento algo alcanzó a Beatriz que gritó desesperada.

¡Para cariño! para o me destrozarán.

Me revolví y comencé a tirar de ella con fuerza. Sentí como algo desgarraba mi espalda y brazos, aprecié quemazón y un dolor profundo, aunque seguí tirando de Beatriz sin dejar de caminar. Las fuerzas comenzaban a debilitarse mientras aquello seguía martirizándonos e hiriéndonos. Entramos en una zona iluminada y enseguida abandonaron la persecución. Paré un instante para comprobar como estaba Beatriz. Su ropa desgarrada dejaba ver la espalda desnuda llena de arañazos profundos y ensangrentados. La abracé tratando de calmarla.

Descansa un momento.

No podemos, debemos seguir corriendo.

No cielo, solo nos atacan cuando atravesamos zonas en sombra, donde no hay luz de la Luna. Tomemos aliento y busquemos solo sitios iluminados.

¿Estás seguro?

No, pero es lo que he venido observando.

Tu también estás herido.

En efecto, pero no es mucho. Descansemos unos minutos y continuemos.

Miré cuanta distancia quedaba hasta el coche, solo faltaban unas decenas de metros. Había una pega, el coche se encontraba a la sombra de la casa, donde lo dejamos. Antes de llegar allí, varias sombras cubrían la calle. Se lo dije a Beatriz que pese al terror que reflejaba su cara, asintió. De nuevo nos agarramos de la mano y comenzamos a correr, atravesamos la primera isla de sombra cuando sentimos otro ataque de aquellos extraños. Otra zona iluminada por la luna y estaríamos frente al coche. Tomamos aliento, nos abrazamos y dispusimos a dar la última carrera. Tan pronto salimos y nos adentramos en la sombra que envolvía el coche, aquello comenzó a advertirnos que pronto estarían a nuestro lado. Corrimos como pudimos. Aminoré mis pasos mientras puse a Beatriz delante de mí, para evitar sufriera los embates de aquello.

Al llegar junto al coche la puse frente a la puerta mientras buscaba con rabia la llave del vehículo en mis bolsillos. No la encontré, solté la bolsa y sentí como mi espalda era azotada con fuerza y rabia. Conseguí encontrarla en uno de los bolsillos. Pulsé la apertura electrónica para abrir las puertas y pudiera entrar Beatriz. El dolor era insoportable. A cada golpe recibido, la camisa se hacía jirones y el fresco de la noche se escondía entre las heridas. Como pudo, Beatriz entró en el coche. Mientras se colocaba en el asiento, pasando a través de la palanca de cambio, yo intentaba entrar y cerrar la puerta, sin embargo no dejé de recibir los desgarrados embates de aquello. Por fin conseguí encender el vehículo mientras pedía a Beatriz encender las luces interiores. Nada más hacerlo cesaron las caricias de aquello, puse el motor en marcha y arranqué con todas las luces dadas, incluso los intermitentes. Salimos de aquel lugar.

El dolor era intenso y el cansancio comenzaba a cumplir su cometido. Resolví parar en una explanada iluminada por la luna y las luces del coche dadas. Lo hice donde no existía sombra alguna. Como pude saqué de la guantera un pequeño botiquín y tras pedir a Beatriz su espalda, traté de curar sus heridas. Luego ella hizo lo propio con las mías. Al acabar, el sol comenzó a salir por nuestra derecha, nos abrazamos y recuperamos la tranquilidad perdida. Volcamos los asientos hacia atrás y nos tumbamos después de cerrar debidamente las puertas.

Nos despertamos al oír golpear reiteradamente cristales y puertas. Removí a Beatriz para despertarla, subimos los asientos, abrí la puerta y salí del coche. Frente a mi esperaban dos agentes de tráfico. Uno de ellos preguntó.

¿Les ocurre algo?

No. Nos hemos quedado dormidos y no quisimos conducir en esa situación.

Entiendo. Si vuelven a pasar por aquí, por favor, aparquen en otro lugar, esta explanada se va a utilizar para disponer la maquinaria que se ocupará de derribar las edificaciones de esa aldea.

En la aldea estuvimos anoche, en el hotel que anunciaba el cartel.

¿Cómo?

Sí. Estuvimos en el hotel, pero no había nadie que pudiera atendernos.

¿Están seguros?

Completamente.

¿Has visto? Aún no han retirado los carteles anunciadores del hotel —señaló dirigiéndose a su compañero.

Me ocuparé de que los quiten inmediatamente, algún día de estos ocurrirá alguna desgracia.

Sean tan amables de abandonar este lugar, de un momento a otro comenzaran a venir camiones y maquinaría.

Claro, inmediatamente. ¿Por cierto hay algún restaurante por aquí cerca?

Sí señor, a unos diez kilómetros en dirección norte.

Gracias y disculpen si hemos provocado alguna alteración.

No ha dado lugar. Que tengan buen viaje.

Gracias agentes.

Me di la vuelta para entrar en el coche y abandonar el lugar, y al darles la espalda enseguida preguntaron.

¿Que le ha pasado en la ropa y espalda?

Nada, nos metimos en un pequeño problema, pero supimos salir de él, aunque sufrí estos arañazos.

¿Podemos ayudarles en algo?

Gracias, estamos perfectamente, solo necesitamos un café y comer algo, anoche no había nada en el restaurante del hotel.

Disculpe señor, pero el hotel hace más de cinco años que no funciona, lo cerraron cuando los habitantes de la aldea sintieron miedo y comenzaron a marcharse. Al parecer algo comenzó a ocurrir desde que edificaron el hotel.

Por eso no pudimos cenar nada. Bueno, iremos al que nos han indicado, mi mujer y yo tenemos verdadera hambre.

Adiós de nuevo. Tengan cuidado.

Salimos de la explanada para incorporamos a la carretera. Dos kilómetros más adelante encontramos la que salía del pueblo hacia el norte. Dos más adelante, vimos un cartel anunciando Hotel a 5 Kms., debajo unas frases con letras más pequeñas que desde el coche no pudimos leer.

Para un momento —pidió Beatriz— quiero leer que pone.

Paré el coche, bajó y regresó después de leer el resto del cartel. Al regresar…

¿Qué pone?

Abstenerse de solicitar habitaciones o visitar el hotel a partir de las 22 horas en verano y las 18 horas en invierno, a partir de esas horas los espíritus nobles quedan libres.

¿Qué querrá decir?

No lo sé, pero estoy segura de una cosa

¿De qué cariño?

No volveremos a salir sin reservar habitación nunca más. Creo que tienes razón con tus manías. Las aventuras solo pueden acarrear complicaciones.

Entonces, ¿quieres que volvamos a casa?

Creo que será lo mejor, aunque necesito tomar un café.

Yo también ¿Te duelen las heridas?

Un poco.

Y a mí.

Hoy, continuo siendo un maniático preparando mis viajes.

© Anxo do Rego – Todos los derechos reservados.

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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