El balneario, de Manuel Vázquez Montalbán

En El balneario, Pepe Carvalho pierde sus placeres habituales y descubre las grietas de una sociedad que pretende depurarse sin examinar su pasado.

Encerrar a Carvalho en una clínica de adelgazamiento equivale a colocar a un personaje frente a la negación de sí mismo. Sin comida digna de ese nombre, sin alcohol y sin tabaco, el detective conserva su capacidad de observar y su resistencia a obedecer. Publicada en 1986, El balneario utiliza esa incomodidad para enlazar comedia corporal, intriga criminal y sátira política. El bienestar aparece como una promesa sospechosa cuando quienes lo disfrutan aspiran también a quedar a salvo de la historia.

La aparición de Mistress Simpson muerta en la piscina rompe la disciplina de una institución donde todo parece previsto: horarios, tratamientos, restricciones y vigilancia. Carvalho ha llegado como paciente; el crimen vuelve a situarlo ante su oficio. La paradoja sostiene la novela: un establecimiento dedicado a prolongar la vida se convierte en escenario de muerte.

La privación gastronómica tiene una función decisiva. Para Carvalho, comer supone elegir, recordar y establecer una relación personal con el mundo. Someterlo al régimen del balneario significa retirar una de sus formas de autonomía. El zumo de zanahoria, la báscula y los procedimientos de limpieza corporal adquieren así una comicidad que afecta también a su identidad.

Podemos leer esta situación como una disputa por el derecho a conservar las propias imperfecciones. La medicina del establecimiento prescribe una conducta; el personaje opone deseos, hábitos y pequeñas desobediencias. Hasta la quema clandestina de libros participa de esa resistencia, aunque su gesto resulte deliberadamente contradictorio: defender la libertad mediante la destrucción de un objeto cultural impide convertirlo en un héroe ejemplar.

La fecha de publicación ayuda a comprender el alcance de la sátira. En su conversación con José Colmeiro de julio de 1987, Vázquez Montalbán explicó que había concebido la novela como una reflexión moral sobre el ingreso de España en Europa y sus consecuencias. La relación entre el recinto terapéutico y el club de los países acomodados pertenece, por tanto, al planteamiento declarado del autor.

Desde esa perspectiva, el tratamiento depurativo admite una lectura política: adelgazar resulta más sencillo que revisar las condiciones del propio bienestar. El balneario ofrece una imagen de regeneración individual, mientras la novela invita a preguntar por las responsabilidades colectivas. ¿Qué se elimina realmente cuando alguien dice querer empezar de nuevo? ¿El exceso, el recuerdo o la incomodidad de dar explicaciones?

Esa interpretación no exige identificar mecánicamente cada personaje con un país. La fuerza de la metáfora reside en la convivencia: personas de procedencias distintas comparten un espacio protegido y una expectativa de seguridad. El asesinato hace visible la fragilidad de ese pacto. La protección comprada tiene límites.

Carolina Fernández Cordero ha estudiado cómo el espacio cerrado permite a Vázquez Montalbán concentrar su examen de las élites. Médicos, empleados y clientes ocupan posiciones diferentes dentro de una organización que administra tanto los cuerpos como las relaciones de autoridad.

La igualdad del tratamiento no borra las jerarquías. Estar sometidos a restricciones semejantes tampoco convierte a los huéspedes en una comunidad solidaria. En sus alianzas y rivalidades reaparecen la posición económica, los reflejos de mando y las pretensiones de distinción.

La llamada «Operación Hipercalórica», orientada a conseguir comida mediante un asalto a la cocina, condensa esa burla. La aventura reduce las ínfulas heroicas a la conquista de lo que los propios clientes han pagado por prohibirse. Leída así, la escena expone una rebeldía cómoda: desafiar una norma privada puede proporcionar la ilusión de una hazaña sin poner en cuestión el orden que garantiza los privilegios.

La elección del recinto modifica las posibilidades narrativas. Frente al detective que recorre calles y enlaza ambientes, aquí importa observar la convivencia forzada. El espacio concentra sospechas, favorece encuentros y convierte cualquier alteración de las rutinas en un acontecimiento. El registro cómico permite además que la investigación soporte interrupciones, conversaciones y retratos satíricos. El lector debe aceptar ese desplazamiento del interés: la pregunta por el culpable comparte espacio con otra, menos tranquilizadora, sobre la sociedad que reúne a víctimas y sospechosos.

Ahí reside también una posible reserva crítica. Quien busque una intriga de avance continuo puede encontrar que la caricatura y la reflexión absorben demasiada atención. Los personajes concebidos como representantes de un grupo ganan eficacia satírica, pero corren el riesgo de perder espesor individual. La apuesta resulta más fértil cuando el humor descubre una contradicción que cuando parece limitarse a señalarla.

El balneario puede leerse de manera independiente y constituye una entrada atractiva para quien disfrute de la novela criminal atravesada por la sátira. Para apreciar mejor lo que significa privar a Carvalho de sus costumbres, conviene acercarse también a Los mares del Sur. Después, El premio permite prolongar la lectura de los espacios exclusivos como escenarios de poder.

La singularidad de esta novela está en hacer del cuidado corporal una pregunta moral. Sus huéspedes aspiran a salir más ligeros; la lectura invita a examinar qué cargas permanecen. Carvalho, hambriento e incómodo, conserva una utilidad incómoda para quienes le rodean: mirar allí donde la promesa de bienestar aconseja dejar de mirar.

Fuentes 

MARCOS GÓMEZ-PUERTAS – Punto y Seguido