Editoriales, pantallas, escenarios y revistas ampliaron el espacio de expresión en España mientras se discutían los límites políticos, sociales y personales de la libertad.
La muerte de Franco, el 20 de noviembre de 1975, no hizo desaparecer de inmediato los mecanismos que habían vigilado la cultura. Tampoco encontró un país culturalmente inmóvil: editoriales, compañías independientes y revistas llevaban años ensanchando los márgenes de lo permitido. Entre 1975 y 1982, aquella actividad ganó visibilidad y posibilidades de intervención. Publicar, representar y filmar se convirtieron también en formas de comprobar hasta dónde llegaba la transformación democrática.
Una apertura con antecedentes
La imagen de una cultura que despierta súbitamente tras la dictadura resulta engañosa. Bajo la censura habían persistido la creación crítica, la circulación clandestina y los contactos con el exterior. Anagrama, fundada por Jorge Herralde en 1969, ejemplifica esa renovación editorial anterior a la muerte del dictador. Su trayectoria permite seguir la apertura hacia el pensamiento crítico y la literatura internacional que acompañaría el cambio político.
Los libros ofrecían instrumentos para interpretar el presente: historia, teoría política y nuevas formas de entender las relaciones personales. Pero la edición dependía también de imprentas, distribución, librerías y lectores. La conquista de la libertad necesitaba una infraestructura que permitiera ejercerla.
El cambio legal avanzó por etapas. El Real Decreto-ley de 1 de abril de 1977 eliminó importantes restricciones de la Ley de Prensa, aunque conservó el secuestro administrativo en determinados supuestos, entre ellos los ataques a la monarquía o al prestigio de las Fuerzas Armadas. La Constitución de 1978 prohibió la censura previa y reservó a los jueces el secuestro de publicaciones. La distancia entre ambas disposiciones muestra cuánto estaba todavía en discusión.
Las revistas como lugares de encuentro
El quiosco fue un espacio de educación política y experimentación cultural. Ajoblanco, aparecida en 1974, y El Viejo Topo, en 1976, expresaron distintas sensibilidades de una izquierda que estaba lejos de constituir un bloque uniforme. Sus páginas permiten seguir debates sobre marxismo, pensamiento libertario y transformación de la vida cotidiana.
Junto a ellas, publicaciones como Vindicación Feminista ensancharon la discusión sobre quién podía hablar y desde qué experiencia. La libertad incluía el cuerpo, la sexualidad y las relaciones familiares. Revistas, fanzines, fotografías y acciones callejeras conectaban estas demandas con movimientos vecinales y feministas. La cultura desbordaba sus recintos habituales.
La escena y la pantalla ante los límites
El teatro reveló con especial claridad las resistencias del periodo. La torna, estrenada por Els Joglars en 1977, provocó la intervención de la jurisdicción militar y una campaña de solidaridad por la libertad de expresión. El consejo de guerra de 1978 demostró que la crítica escénica todavía podía conducir a sus responsables ante un tribunal castrense.
A la vez, comenzaron a renovarse las instituciones públicas. El Centro Dramático Nacional, cuya primera etapa dirigió Adolfo Marsillach en 1978–1979, abrió una vía para transformar la producción teatral desde el Estado. La autonomía de los creadores y el apoyo institucional pasarían a formar parte de una relación duradera, también conflictiva.
En el cine, la desaparición de la censura en 1977 tampoco garantizó una exhibición sin obstáculos. El crimen de Cuenca, rodada por Pilar Miró en 1979, sufrió un secuestro judicial y llegó a las salas en 1981. Su representación de la tortura practicada por guardias civiles convirtió una historia situada décadas atrás en una prueba de las libertades presentes.
Una libertad sin significado único
Mientras tanto, surgían lenguajes que alteraban las formas de mostrar la vida cotidiana. Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), de Pedro Almodóvar, pertenece a esa renovación; las fotografías de Miguel Trillo documentaron después a jóvenes cuya apariencia y maneras de reunirse también expresaban cambios sociales.
La posterior identificación del periodo con la movida madrileña deja fuera muchas experiencias. La transición cultural tuvo escenarios diversos y aspiraciones enfrentadas: profesionalización, participación colectiva, reconocimiento institucional o transformación de las costumbres.
El año 1982 sirve como cierre convencional de esta secuencia, pero los cambios culturales continuaron. La libertad había adquirido garantías decisivas; quedaba abierta la disputa sobre quién disponía de los medios, los espacios y la autoridad para hacerse escuchar.
Las artes plásticas: otras formas de ocupar la libertad
En las bellas artes, la apertura permitió ampliar la crítica pública y disputar la representación del pasado. La renovación tenía antecedentes: durante la dictadura habían surgido movimientos de vanguardia, algunos de los cuales fueron utilizados oficialmente para proyectar una imagen de modernidad exterior. La Bienal de Venecia de 1976 hizo visible esa contradicción. La exposición España. Vanguardia artística y realidad social (1936–1976) reunió obras de artistas como Antoni Tàpies, Antonio Saura, Agustín Ibarrola, Eduardo Arroyo y Equipo Crónica para reconstruir una historia enfrentada al relato franquista. La pintura, la escultura y el cartel intervenían así en la recuperación de la memoria y en el debate sobre quién podía representar culturalmente al país.
La libertad también se manifestó en la posibilidad de explorar asuntos personales, imaginarios y formas de vida que desbordaban la denuncia política directa. La influencia de Luis Gordillo sobre pintores como Carlos Alcolea, Carlos Franco o Guillermo Pérez Villalta acompañó una figuración abierta a referencias diversas. En Grupo de personas en un atrio o alegoría del arte y la vida o del presente y el futuro (1975–1976), Pérez Villalta retrató a integrantes de aquel ambiente creador y convirtió su convivencia en materia pictórica. Estas búsquedas ampliaron el significado de la emancipación artística: junto al derecho a cuestionar el poder, se afirmaba la autonomía para elegir temas, lenguajes y sensibilidades. El cambio democrático ensanchó ese espacio, aunque la experimentación había comenzado antes de 1975.
Fuentes y referencias
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BOE: Real Decreto-ley 24/1977 y Constitución española de 1978, artículo 20.
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Editorial Anagrama: Catálogo Anagrama 55 años.
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Museo Reina Sofía: Poéticas de la democracia. Imágenes y contraimágenes de la Transición y Archivo Miguel Trillo.
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Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: ficha de La torna; Centro Dramático Nacional: etapa de Adolfo Marsillach.
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Instituto Cervantes y Filmoteca Española: documentación sobre El crimen de Cuenca.
© VALENTÍN CASTRO



