Cinco mujeres y media, de Francisco González Ledesma (07)

Leer a Francisco González Ledesma es entrar en una Barcelona que no se deja limpiar del todo. Bajo las reformas urbanas, los escaparates y la retórica de la modernidad, persisten las heridas antiguas: la pobreza, la violencia, la memoria de la guerra civil, la culpa heredada y esa forma de injusticia que nunca termina de prescribir. En Cinco mujeres y media, una nueva investigación del inspector Méndez vuelve a situarnos en el territorio moral donde la novela negra española ha encontrado algunas de sus mejores páginas: el lugar en el que el crimen importa menos como enigma que como síntoma.

La novela arranca con un hecho brutal: una joven del Raval ha sido violada y asesinada por tres hombres. Méndez, policía viejo, incómodo, desobediente y casi siempre desplazado dentro de su propio cuerpo, inicia una investigación que no cuenta con el respaldo de sus superiores. Pronto aparece muerto uno de los agresores, y lo que parecía una pesquisa sobre un crimen sexual se desplaza hacia una trama más oscura, donde el pasado de la guerra civil proyecta su sombra sobre el presente. González Ledesma no utiliza la memoria histórica como decorado, sino como una materia viva: lo ocurrido décadas atrás sigue contaminando las relaciones, los silencios, las venganzas y las formas de mirar al otro.

El escenario resulta fundamental. El Raval no es aquí un simple barrio literario ni una postal de marginalidad. Es un espacio de fricción, un territorio donde conviven la miseria, la supervivencia, la prostitución, la inmigración interior y exterior, los restos de una Barcelona popular que la ciudad oficial preferiría no enseñar. Méndez pertenece a ese mundo más que a la institución policial. Camina por sus calles como quien reconoce una lengua común hecha de derrotas, bares, pensiones, viejos expedientes y vidas arrinconadas. En ese sentido, la localización no sirve solo para situar la acción: determina la mirada ética de la novela.

González Ledesma se inscribe en la tradición de la novela negra mediterránea, pero con una voz muy personal. Puede compararse con Manuel Vázquez Montalbán por la importancia de Barcelona, la conciencia política y la desconfianza ante los discursos oficiales. Sin embargo, Méndez no es Carvalho. Carece de su sofisticación gastronómica y de su ironía intelectualizada. Méndez es más áspero, más callejero, más sentimental en el fondo, aunque se defienda con un cinismo de funcionario antiguo. También se le puede acercar a Andreu Martín en la atención a la violencia urbana y a la ciudad como máquina moral, aunque González Ledesma trabaja con una melancolía más acusada, casi elegíaca. Si miramos fuera de España, hay ecos de Simenon en la compasión hacia los culpables y de Manchette en la sospecha política, pero el autor catalán se mantiene siempre fiel a una tradición propia: la del folletín, la crónica de sucesos y la novela popular llevadas a un grado notable de densidad literaria.

Uno de los aciertos del libro está en su manera de administrar la intriga. La estructura avanza con ritmo de investigación clásica, pero no se limita a encadenar pistas. Cada cadáver, cada testimonio y cada revelación abren una pregunta más amplia sobre la responsabilidad. ¿Quién es culpable cuando una sociedad ha permitido durante años que ciertas vidas valgan menos? ¿Qué justicia puede ofrecer una institución que llega tarde o que directamente no quiere mirar? Méndez actúa muchas veces al margen del procedimiento, pero la novela no lo convierte en héroe limpio. Su autoridad nace de una mezcla incómoda de experiencia, rabia y cansancio. Precisamente por eso resulta creíble.

La voz narrativa combina sequedad, ironía y una ternura que rara vez se declara de forma explícita. González Ledesma escribe con frases de apariencia sencilla, pero cargadas de intención. Tiene oído para el habla popular, para la sentencia amarga, para el comentario que parece casual y acaba definiendo a un personaje entero. Su lenguaje no busca el brillo ornamental, aunque de vez en cuando aparece una imagen de gran eficacia. Lo que importa es la precisión moral: el modo en que una descripción breve de una calle, una habitación o un rostro resume una derrota colectiva. En ese aspecto, su estilo procede tanto del periodismo como de la literatura. Se nota la mirada del cronista que ha aprendido a desconfiar de las versiones oficiales.

También conviene subrayar el tratamiento de las mujeres en la novela. El título, Cinco mujeres y media, ya introduce una inquietud: sugiere una contabilidad cruel, una reducción de las vidas femeninas a piezas de un expediente o de una memoria rota. La violencia contra las mujeres no aparece como simple detonante argumental, sino como parte de una estructura social más profunda. El riesgo, en una novela negra de estas características, sería convertir el sufrimiento femenino en combustible narrativo. González Ledesma lo evita en buena medida porque desplaza la atención hacia el entramado que permite esa violencia: la impunidad masculina, la miseria, la desprotección y la persistencia de viejas jerarquías.

Desde una perspectiva ética, Cinco mujeres y media plantea una cuestión central en la novela negra: la ley y la justicia no siempre coinciden. Méndez lo sabe, y quizá por eso resulta un personaje tan incómodo. No representa una justicia pura, sino una justicia posible en un mundo deteriorado. La novela no ofrece consuelo fácil ni castigos ejemplares. Más bien nos obliga a aceptar que la verdad, cuando aparece, no repara del todo el daño. Esa conciencia de la insuficiencia es una de las razones por las que González Ledesma sigue siendo un autor importante dentro del género.

No estamos ante una novela negra entendida como mero mecanismo de suspense, sino ante una indagación sobre la memoria, la culpa y las zonas pobres de la democracia española. Su fuerza procede de esa mezcla de trama criminal, mirada social y lenguaje sobrio. González Ledesma escribe desde el conocimiento de la calle y desde una compasión nada sentimental por quienes han quedado fuera del relato triunfal de la ciudad.

Una recomendación para su lectura por lectores amantes del género: Cinco mujeres y media merece leerse como una de las entregas más representativas del universo de Méndez, especialmente por quienes buscan una novela negra española con atmósfera, conciencia histórica y una mirada moral que no necesita levantar la voz para resultar incómoda.

PUNTO Y SEGUIDO -Marcos Gómez-Puertas 

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