Esa noche, tras una jornada agotadora y después de cenar un buen vaso de leche calentita con unas pocas galletas de chocolate, Pedrito se acostó cansadísimo en su camita de barras de madera para dormirse, arropado hasta la cabeza con su sábana azulada y su colcha de patos. Enseguida, se durmió profundamente. Pero al instante, en la oscuridad de la habitación, en sus dulces sueños apareció como por arte de magia un fascinante libraco resplandeciente. Era bien grueso, azulón, con unos grandes ojos brillantes, unos largos brazos con unas manacas y unas buenas piernas con unos pies grandotes. Sonreía, Con una boca que dejaba ver sus blancos dientes. El libro luminoso se acercó a Pedrito con un brillo cálido que iluminaba toda la habitación. Con una voz suave y melodiosa, el libro habló:
—¡Hola, Pedrito! Soy Libresco, el guardián de los sueños y las aventuras. He venido a llevarte a un viaje inolvidable esta noche.
Pedrito, asombrado pero emocionado, se sentó en la cama y observó cómo Libresco abría sus páginas brillantes. De repente, un resplandor mágico envolvió la habitación y ambos fueron transportados a un mundo de fantasía.
Juntos, Pedrito y Libresco, exploraron tierras lejanas, montañas majestuosas y océanos profundos. Con cada giro de página, vivieron emocionantes aventuras y aprendieron valiosas lecciones sobre coraje, amistad y el poder de la imaginación.
Y cuando el alba comenzó a iluminar el cielo, Pedrito se encontró de vuelta en su cama. El libro resplandeciente ya no estaba a su lado, pero en su corazón permanecían las huellas imborrables de aquella increíble travesía.
Pedrito despertó con una sonrisa radiante en el rostro, sabiendo que siempre llevaría consigo las enseñanzas y la magia de aquella noche inolvidable.
¿Cuándo fue la última vez que dejaste que un sueño te enseñara algo que la realidad no podía?
© ANIKA



