Las fuerzas contrarias, de Lorenzo Silva

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En Las fuerzas contrarias, Lorenzo Silva somete su serie más reconocible —la de Bevilacqua y Chamorro— a una prueba de estrés formal y moral: escribir una novela policial desde el interior de una coyuntura que, por su cercanía y su densidad afectiva, tiende a devorar cualquier artificio. El mérito técnico del libro no reside en “ambientar” la pandemia como telón de fondo, sino en asumirla como un dispositivo de alteración de la percepción. La crisis sanitaria funciona aquí como una máquina de interferencias: modifica los ritmos de la investigación, contamina los intercambios humanos, desplaza los criterios de verosimilitud y obliga a la narración a convivir con un ruido social permanente. Silva no se limita a incorporar mascarillas, confinamientos y protocolos; hace que la propia novela respire a ese compás irregular, con pausas impuestas, con bruscas aceleraciones y con la sensación de que el mundo, de pronto, se ha vuelto opaco.

La voz —uno de los pilares de la serie— se afina para esa opacidad. Bevilacqua mantiene su registro reflexivo, esa primera persona que piensa mientras avanza y que convierte la investigación en un ejercicio de conciencia. Pero aquí la introspección adquiere un sesgo distinto: menos ingenio defensivo y más atención a los desgastes. El narrador no busca tanto imponer un sentido como comprobar, en tiempo real, cómo el sentido se deshace. En una tradición del negro español que ha tendido a usar la mirada del investigador como instrumento de diagnóstico social, Silva desplaza el foco hacia el diagnóstico ético: no tanto “qué dice” el caso sobre el país, sino qué le hace al sujeto que lo mira cuando el país entero se vuelve caso. El yo narrativo aparece atravesado por una intemperie nueva, y la prosa lo registra sin subrayados melodramáticos: con frases que se repliegan, con razonamientos que ensayan y rectifican, con una prudencia verbal que parece ya una forma de responsabilidad.

Esa responsabilidad se nota también en la estructura. La doble investigación —más que un recurso de tensión— actúa como principio de composición: dos líneas que obligan a alternancias, a cortes y a una administración de la información que reproduce el modo en que la pandemia fragmentó la experiencia cotidiana. El procedimiento policial clásico (acopio de datos, entrevistas, contrastes) aparece condicionado por restricciones materiales y por una disponibilidad humana menguante. La novela trabaja, técnicamente, con una forma de discontinuidad: escenas que se interrumpen por la urgencia sanitaria, decisiones que no llegan a completarse, conexiones que se hacen por vías mediadas. En ese sentido, Las fuerzas contrarias no “cuenta” el confinamiento: lo formaliza, lo convierte en pauta de montaje. La investigación deja de ser una marcha progresiva hacia la claridad para convertirse en una navegación entre zonas ciegas, donde el azar y la demora adquieren un peso que el género, en su versión más mecanicista, suele disimular.

El lenguaje acompaña esa formalización. Silva conserva la limpieza expresiva y el pulso conversacional que caracterizan la serie, pero reduce el ornamento y evita el efectismo. La dicción tiende a una sequedad funcional, que por contraste hace más incisivas las pocas imágenes que se permite. No se trata de un minimalismo estético, sino de una economía de la atención: cuando la realidad está saturada de señales y miedo, la prosa no compite, filtra. Por eso los diálogos ganan en valor de indicio: no buscan chispazos de ingenio, sino medir la distancia entre lo que se dice y lo que se puede decir. Y por eso también la narración alterna el registro operativo (la investigación como trabajo) con breves incursiones meditativas donde el narrador calibra el deterioro de la confianza pública, la fragilidad de los vínculos y el modo en que el lenguaje institucional —protocolos, cifras, consignas— puede volverse una pantalla que impide pensar.

En el corazón formal del libro está la pareja Bevilacqua-Chamorro, entendida menos como “tándem” que como relación de método. La serie ha construido su complicidad a partir de la diferencia: el sarcasmo pensante de él, la contención lúcida de ella; la cultura como herramienta de lectura del mundo en uno, la disciplina como forma de ética en la otra. Las fuerzas contrarias introduce un giro significativo: el vínculo deja de ser solo una maquinaria narrativa eficaz y se expone como un espacio de cuidado y de riesgo. La pandemia —esa experiencia que forzó a todos a replantearse los límites del cuerpo, del contacto y de la proximidad— empuja a la novela a reescribir la intimidad profesional. Técnicamente, esto se traduce en una modulación de las escenas compartidas: menos intercambio de “papeles” funcionales y más atención al tono, a las pausas, a lo que queda sin formular. La tensión no está en una posible “resolución sentimental”, sino en la pregunta por qué significa acompañar a alguien cuando el mundo entero se desordena y el oficio, que daba estructura, ya no basta.

En cuanto a su contexto literario, la obra se sitúa en una fase del noir español que, desde hace años, discute su propia función. Tras el ciclo de la novela negra como gran radiografía de la corrupción y de la Transición prolongada, y después del auge de tramas cada vez más hipertrofiadas, la entrada de la pandemia obligó a elegir: o bien convertirla en decorado oportunista, o bien asumirla como un acontecimiento que altera los cimientos del relato realista. Silva opta por lo segundo y, al hacerlo, se acerca a una línea del género donde el caso criminal es menos una anomalía que una lupa: no revela una excepcionalidad, sino una continuidad de fuerzas. El título es programático: lo contrario no es solo el virus, sino aquello que, en una crisis, se intensifica y se justifica. La novela se pregunta por la violencia estructural que no cesa cuando llega la emergencia, por la tentación de la picaresca moral, por el oportunismo que se disfraza de supervivencia y por la facilidad con la que el miedo legitima la suspensión de escrúpulos.

Ahí aparece con claridad el eje ético. Las fuerzas contrarias plantea que el bien común no es un ideal abstracto, sino un conjunto de prácticas frágiles: respetar una norma, renunciar a una ventaja, sostener un servicio, decir la verdad cuando no conviene. La investigación criminal, en este marco, no es el centro sino el laboratorio: un lugar donde se observan conductas, excusas, racionalizaciones. La novela es especialmente incisiva al mostrar que la degradación ética suele presentarse como “adaptación” a circunstancias extremas. El mal, sugiere Silva, no necesita villanos operísticos; le basta con la suma de pequeñas capitulaciones justificadas por la excepcionalidad. De ahí que el texto tenga un tono de examen, casi de auditoría moral, que se integra bien con la voz de Bevilacqua: un narrador acostumbrado a pensar la ley como frontera imperfecta entre la convivencia y el caos.

La lectura interpretativa que mejor ordena el libro no pasa por entenderlo como “novela de la pandemia”, sino como una novela sobre la resistencia de lo humano en condiciones de presión. El procedimiento policial sirve para interrogar dos cuestiones: qué queda del sujeto cuando el entorno impone una vulnerabilidad común, y qué queda de la comunidad cuando esa vulnerabilidad se administra de manera desigual. La “doble muerte” importa menos como enigma que como síntoma: la vida social se vuelve un terreno donde se multiplican las fuerzas que compiten por imponer su lógica (miedo, beneficio, obediencia, cuidado, cinismo, solidaridad). Bevilacqua y Chamorro, en ese tablero, no encarnan una heroicidad, sino una forma de perseverancia: seguir mirando con atención, seguir nombrando con precisión, seguir distinguiendo responsabilidades cuando todo invita a disolverlas en la nebulosa de la fatalidad.

Hipótesis crítica abierta: Las fuerzas contrarias puede leerse como el punto en que la serie ensaya un desplazamiento desde la novela de casos hacia la novela de vínculos, donde la investigación deja de ser solo un instrumento de verdad y se convierte en una prueba de convivencia; si ese desplazamiento se consolida, la pregunta ya no será qué delitos revelan una época, sino qué tipo de intimidad —profesional, cívica, afectiva— puede sostenerse cuando la historia colectiva entra, sin permiso, en la vida privada.

© Anxo do Rego para VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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