Mate de dos alfiles, o el crimen como forma de duelo
Hay novelas negras que se construyen como una carrera: una sucesión de golpes de efecto que empujan al lector a pasar páginas por puro impulso. Mate de dos alfiles (Editorial Alrevés, 2025) elige otro modo de tensión: el de la precisión. No solo por su adscripción explícita a un noir contemporáneo, sino por la metáfora que sostiene el título —esa técnica ajedrecística que exige coordinación, paciencia y visión oblicua— y por la decisión de situar el foco en un territorio moral resbaladizo: el umbral entre la pérdida privada y la exposición pública del caso policial.
El punto de partida (un anciano hallado muerto en San Agustín, Gran Canaria, con indicios que “todo apunta” a cerrar como suicidio) funciona aquí menos como anzuelo argumental que como pregunta ética. La novela no parece interesada en el cadáver como espectáculo, sino en la facilidad con que una comunidad —y también una institución— se apresura a convertir la complejidad en expediente: muerte por tristeza, duelo como explicación final, silencio como coartada del cierre. Esa economía de sentido, tan verosímil en la práctica policial cotidiana, es el primer “movimiento” del tablero: una apertura que tienta la pereza interpretativa. Y frente a ella se alza la intuición del subinspector David Juárez, un personaje que la serie presenta todavía en tránsito —“adaptándose a su nueva vida” en la isla—, es decir: alguien que mira desde el desajuste, no desde la costumbre. En ese desajuste hay un rasgo formal decisivo: la investigación como forma de lectura. El noir contemporáneo, cuando renuncia al detective omnisciente, gana densidad: no resuelve, interpreta; no sentencia, sospecha. La novela trabaja con “pequeñas incongruencias” (huellas que faltan, herencias inesperadas, silencios incómodos, una partida inconclusa) como si fueran signos dispersos en un texto que se resiste a cerrar su sentido.
En ese punto, el lenguaje del género —pista, indicio, móvil— se acerca a un vocabulario hermenéutico: matiz, omisión, desplazamiento. El crimen deja de ser solo un hecho a esclarecer y se convierte en una superficie de escritura social: ¿qué se dice, qué no se dice, quién administra los relatos del dolor?
La metáfora del ajedrez, bien entendida, no es solo decorativa. El “mate de dos alfiles” no es un golpe repentino, sino una victoria que se construye por diagonales: ataques que no van de frente, sino por líneas laterales, obligando al rey a moverse hacia el rincón. Trasladado a la novela, sugiere una poética de la investigación que avanza por sesgos: lo decisivo no aparece en el centro del tablero (el gran secreto, la gran confesión), sino en los bordes: en una pausa, en una firma, en un gesto que no encaja. Por eso el tablero con la partida inconclusa opera como objeto simbólico: no “explica” el crimen, pero organiza su clima. La culpa y la pérdida —temas explícitos del libro— no suelen manifestarse como declaraciones, sino como estrategias defensivas: un duelo que se disfraza de normalidad, un secreto que se presenta como derecho a la intimidad, una herencia que se justifica como trámite.
Esa poética de lo oblicuo se refuerza con una decisión de serie que conviene subrayar: esta es la segunda entrega protagonizada por Juárez tras La sombra del océano, novela ganadora del Premio Alexis Ravelo – Ciudad de Arucas (2024).
La continuidad no es solo comercial; es una condición estética. El personaje arrastra “fantasmas” —lo enuncia la propia sinopsis editorial—, y eso invita a pensar el procedimiento policial como un espejo imperfecto de la vida interior: investigar no para dominar el mundo, sino para no hundirse en él. La novela negra española reciente ha explorado mucho esta línea: la figura del agente atravesado por su propia fractura, que no “supera” sus heridas, sino que aprende a trabajar con ellas. Aquí, el traslado a Gran Canaria añade una capa: el investigador es extranjero en su escenario, y esa extranjería vuelve visible lo que en otras latitudes se naturaliza.
En el plano del lenguaje, la apuesta por la “precisión” —la novela se publicita como construida “como una partida de ajedrez”— apunta a una prosa funcional, probablemente contenida, donde el ritmo depende más del encaje de piezas que de la ornamentación.
Pero lo relevante no es si la frase es más “limpia” o más “seca” (adjetivos que a menudo se usan como atajo), sino qué hace esa economía con los temas: la pérdida, la culpa, el secreto. Cuando el noir se acerca a la intimidad corre dos riesgos: el melodrama (la emoción como atajo) y la frialdad clínica (la emoción como estorbo). El reto consiste en permitir que el dolor aparezca sin explotarlo. El propio dispositivo policial ayuda: obliga a hablar de lo personal con las herramientas de lo público (atestados, entrevistas, tiempos, versiones). En esa fricción —entre la vida y su traducción a protocolo— se juega buena parte del interés ético del libro.
También es significativo que la sinopsis subraye “puertas cerradas”.
En el noir, la puerta no es solo un elemento escenográfico: marca el límite entre lo que una comunidad considera suyo (lo doméstico, lo privado, lo respetable) y lo que la violencia revela como común (la mentira, la codicia, el miedo). La investigación fuerza a abrir puertas —literal y figuradamente— y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿tenemos derecho a saberlo todo? La novela, en la medida en que se toma en serio la pérdida, no puede responder con triunfalismo. Resolver un caso no repara una vida. A lo sumo ordena un poco el caos, y ese “poco” ya es mucho cuando el duelo amenaza con convertirlo todo en niebla.
En su contexto literario, Mate de dos alfiles dialoga con una tradición española que ha desplazado el centro del género desde la intriga pura hacia el conflicto moral y el paisaje social, sin necesidad de convertir la novela en tesis. El hecho de situar la acción en Gran Canaria —y de insistir en una mirada “humana” sobre la culpa— recuerda que el territorio no es postal: es un sistema de relaciones, intereses, silencios, jerarquías.
La isla, además, intensifica algo que el noir conoce bien: en espacios donde todos se rozan, la información circula como rumor, y el secreto se vuelve una forma de poder.
Formalmente, el libro —234 páginas— parece apostar por un formato sin grasa: el suficiente para sostener tensión y, a la vez, permitir que el caso dialogue con el fondo emocional del protagonista.
Esa contención favorece un tipo de lectura que no busca la pirueta final, sino la coherencia: que cada pieza, al colocarse, no solo “sirva”, sino que revele el coste humano del movimiento. El noir, cuando acierta, no deja al lector con la satisfacción del cierre, sino con una incomodidad lúcida: la sospecha de que lo más oscuro no es el crimen, sino la normalidad que lo hace posible.
Hipótesis crítica abierta: si el “mate de dos alfiles” exige conducir al rey hasta una esquina, la novela podría leerse como un arte de arrinconar las coartadas del duelo: no para castigar el dolor, sino para impedir que el dolor se use como argumento final. La pregunta que queda flotando —más allá de la resolución del caso— es si la verdad, al imponerse, libera… o simplemente cambia el tipo de cárcel en la que cada personaje aprende a vivir.
© Anxo do Rego para VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO



