Morir dos veces, de Susana Rodríguez Lezaun

0
142

Morir dos veces (HarperCollins, 2025) se lee, por encima de etiquetas, como una novela de recomienzo forzado: un relato que convierte la desaparición —administrativa, familiar, moral— en el verdadero motor de la intriga. Su fenómeno no procede solo del “enganche” propio del thriller, sino de algo más incómodo y contemporáneo: la fantasía social de borrar la vida anterior sin dejar rastro y la sospecha, igualmente actual, de que la identidad es un contrato frágil, rescindible. En torno a esa idea, Susana Rodríguez Lezaun despliega una maquinaria narrativa que cambia de registro respecto a sus series policiales previas y apuesta por una protagonista diseñada para sostener tensión ética, no solo suspense.

La primera decisión formal significativa es que el “caso” no manda; manda el cuerpo. El arranque —una riada, un coche, una mujer que deja de existir para que nazca otra— no funciona únicamente como detonante argumental, sino como metáfora estructural: el agua no arrastra solo un vehículo, arrastra un nombre, un estatus, un relato íntimo. La autora, además, ha explicado que la idea se vincula a la posibilidad real de “desaparecer” aprovechando un vacío de identificación; esa base verosímil introduce una pregunta de fondo: ¿qué parte de lo que somos depende de documentos, miradas ajenas, y qué parte resiste cuando nadie nos reconoce?

El segundo acierto —ya plenamente de construcción— es la oposición espacial Carcasona/París como dramaturgia del control. No es simple postal: Carcasona aparece asociada a lo claustrofóbico y doméstico, mientras París se carga de apertura y luz; y esa bipolaridad es, en sí misma, el mapa psicológico de la protagonista. En términos de lectura, el espacio deja de ser escenario para convertirse en sistema de presión: calles estrechas frente a ciudad cosmopolita; vida tutelada frente a vida autoescrita. Aquí Susana Rodríguez Lezaun practica una de las virtudes más difíciles del género popular: no “ilustra” un tema, lo hace caminar.

Esa conversión del tema en movimiento se apoya en una estrategia de focalización que busca deliberadamente la opacidad. La protagonista —Soleil/Moon— no se ofrece al lector como “personaje explicado”, sino como caja negra: decisiones, reacciones, límites. En una entrevista, la autora lo formula con claridad al preferir que el lector “conozca” a los personajes por sus acciones, evitando la caracterización desde un narrador que dictamine rasgos. El resultado es una narración de psicología conductual: lo que importa no es lo que el texto dice que alguien es, sino lo que se atreve a hacer cuando el coste sube.

En ese punto, Morir dos veces conecta con una línea del noir español que ha ido desplazándose del procedimiento al dilema: menos “cómo se resuelve” y más “qué precio exige vivir con lo resuelto”. Si en Lorenzo Silva o Alicia Giménez Bartlett el engranaje institucional y la mirada profesional ordenan el mundo (aunque sea para mostrar sus grietas), aquí la brújula moral es personal y quebradiza: una mujer que ha roto el pacto social más sagrado —el de la continuidad familiar— para salvarse. Esa ruptura instala una tensión que la novela explota con inteligencia: el lector puede avanzar deprisa, sí, pero avanza con una piedra en el zapato, obligado a negociar empatía y juicio.

La estructura parece construida para sostener ese conflicto sin caer en el discurso. Hay un salto temporal (seis años) que funciona como elipsis productiva: no “rellena” la transformación, la presupone. Así, la novela evita el didactismo del entrenamiento o la rehabilitación y apuesta por el efecto más inquietante: de pronto existe otra mujer que sabe moverse, negociar, aceptar encargos en una zona gris. La autora introduce además un vector contemporáneo —lo cibernético, la dark web— que no se limita a modernizar el decorado: sirve para dramatizar un mundo donde la identidad es una interfaz y la legalidad un gradiente.

En términos de ritmo, la novela trabaja con una alternancia clásica —tensión/descarga—, pero procura que la descarga nunca sea neutra: cuando baja la velocidad, sube el peso moral. Las reseñas han subrayado ese incremento de suspense en la segunda mitad y el carácter “hermético” de Moon, un hermetismo que en realidad es una táctica narrativa: si el personaje se explicara, el lector descansaría; si el texto la volviera transparente, el thriller perdería su cualidad de persecución. Aquí, la intriga no es solo “quién” o “qué”, sino “hasta dónde”.

Conviene detenerse en el lenguaje. Morir dos veces no busca el brillo estilístico ni la frase memorable; busca la eficacia sin aspereza. Esa elección no es menor: cuando el tema es la reinvención, el estilo demasiado exhibicionista sonaría a impostura. La prosa se alinea con la lógica de Moon: rápida, funcional, orientada a la acción, con diálogos que tensan relaciones de poder (pareja, suegra, redes de amenaza) y escenas donde el peligro se mide por segundos, no por metáforas. Si hay una poética, es la de la economía: lo justo para que el lector entienda, nunca tanto como para que se acomode.

Esa economía, sin embargo, no implica neutralidad ética. La autora declara explícitamente su interés por cuestiones vinculadas a la mujer, los estereotipos y la violencia, y en Morir dos veces ese hilo aparece entretejido con el conflicto de control doméstico: la vida de Soleil estaba intervenida por marido y suegra; la de Moon se construye como respuesta, quizá como sobrerreacción. La novela, entonces, abre una pregunta punzante: ¿la libertad adquirida tras el trauma es emancipación o es otra forma de cautiverio, ahora bajo la tiranía del pasado?

En cuanto al fenómeno de recepción, no es casual que el libro se haya movido bien en circuitos de recomendación y conversación: prensa cultural de ritmo ágil, reseñas en medios generalistas y presentaciones públicas que subrayan el gancho del planteamiento. A ello se suma el capital simbólico de Susana Rodríguez Lezaun como figura vinculada al género (directora del festival especializado Pamplona Negra), lo que sitúa la novela en un cruce útil: accesible para un público amplio y, a la vez, inscrita en una tradición negra española que hoy se mide tanto por el pulso narrativo como por su lectura del presente.

Dicho esto, lo más interesante de Morir dos veces no es lo que “pasa”, sino lo que permite pensar mientras pasa. La novela juega con una idea incómoda: que la desaparición puede ser una salida, y que toda salida deja víctimas laterales, incluso cuando nace de una violencia previa. Por eso el título funciona como programa: se muere una vez en lo físico/simbólico, y se muere otra vez en lo social —o al revés—, y entre ambas muertes se abre un pasillo estrecho donde el yo intenta caminar sin derrumbarse.

Hipótesis crítica abierta: quizá el éxito de Morir dos veces no se explique solo por su eficacia de thriller, sino porque convierte en relato una pulsión extendida —la de “empezar de cero”— y la enfrenta a su coste real: en una época que vende reinicios como eslóganes, la novela insinúa que toda segunda vida exige, antes que valentía, una negociación implacable con la culpa.

© Anxo do Rego para VENTANA DE ENSAYO CRÍTICO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí