Leónidas se enfrasco el traje de guerrero. Comprobó que los dedos se adherían a cualquier objeto.
—Con el traje podrás escalar cualquier rascacielos. La fibra de la tela posee una sustancia en las manos y pies que se adhiere a cualquier material. Tu traje se pegará en las paredes de los rascacielos como la misma resina. No habrá nada que te aleje de tu objetivo. —Sentenció Heng.
Leónidas se embutió el traje del guerrero. Arrancó su Camaro negro, aparcado en la cueva más profunda de la montaña que lo vio crecer.
SǏWÁNGMAN sorteaba en la noche todos los obstáculos de aquel rascacielos donde residían los dos hermanos. Jake y Mario. Dos asesinos a sueldo. Aquellos que dispararon y quemaron vivos a sus padres y hermanas. Se acordaba de sus rostros. Se acordaba muy bien. Tenía poco tiempo para decidir cómo iban a morir. Con dolor o con un golpe de gracia fulminante. Llegó a la ventana abierta. Uno de los hermanos mantenía una agitada conversación por teléfono.
—¡Queremos más pasta joder! — dijo Jake. —¡Para mantener esta casa hay que tener mucha pasta! ¡Mataremos a la chica cuando nos entregues tres sobres…! ¡Pues no habrá trato! ¡Bien! ¡Así me gusta escucharte! ¡Esta noche no pisará más las calles de Vernocis!! ¡Será un cadáver! ¡Ya no podrá ensuciar tu nombre y tu reputación!
Los dos hermanos también hacían trabajos sucios sin Ojo de Cristal. Tenían a sus propios clientes. Empresarios y políticos corruptos.
Mario se encontraba pegado a su hermano. Quería escuchar toda la conversación. Quería ya el dinero y mataría hasta a su propia familia por un buen sobre de billetes.
—Deme la dirección de la chica. Bien. Apuntado. Esta noche. Los tres sobres los quiero en mano mañana a primera hora. La entrega será fuera de la ciudad. No tarde. No me gusta esperar. Sí. Le entregaré una muestra de mi trabajo. Digamos que le entregaré la mano de la chica.
El villano soltó una risotada. Su hermano se unió a él en las carcajadas.
SǏWÁNGMAN accedió por la ventana abierta ante el asombro y el estupor de los dos hermanos.
Jake continuaba con el teléfono en las manos. Seguía hablando con su cliente
—¡Qué eres tú! ¡De qué vas disfrazado joder! —espetó con violencia Jake hacia SǏWANGMAN —¡Qué haces en mi casa!
SǏWÁNGMAN con movimiento rápido casi invisible le sustrajo el móvil de las manos y dijo al otro lado de la línea.
—Si encarga a otro asesino el trabajo de asesinar a la chica, seré yo quien le mate a usted arrancándole antes la lengua con mis propias manos. Sabía que me entendería…Guárdese de hacer negocios con villanos. Disfrute del resto de la noche.
Los hermanos contemplaban impávidos a aquel hombre de traje negro adherido a su cuerpo como una segunda piel, con el dibujo de una serpiente enroscada en su torso. No podían adivinar la identidad del individuo. Su rostro se hallaba oculto tras el antifaz. Un antifaz con ojos de serpiente.
—Mataremos a esa cerda. Y tú no podrás impedirlo —dijo con ira Jake mirando con estupor aquel hombre entallado en aquel extraño traje.
Mario cogió el cuchillo de cortar el jamón que había sobre la mesa de la cocina. Apuntaba ahora amenazadoramente al hombre de oscuro.
—Vamos. Atácame con ese cuchillo con el que me apuntas. Dejo que me des la primera cuchillada. —dijo con tono frío Leónidas bajo aquel traje, recordando la terrible escena de muerte y de sangre quince años atrás.
El cuchillo afilado se dobló contra aquel cuerpo esculpido.
—¡Imposible! Ni siquiera ha rasgado este afilado cuchillo jamonero el traje de este perturbado. —exclamó atónito Mario mirando fijamente a su hermano.
—¡Quién eres! — preguntó Jake.
—Soy el destino de los villanos. Soy la muerte. El purgador. Y hoy ha llegado vuestro día del juicio final. —sentenció con ira gélida SǏWANGMAN.
Los hermanos creyeron ver por un momento que el dibujo de la serpiente ondulaba en el traje de aquel extraño. Se abalanzaron sobre él con los cuchillos que había en la cocina.
SǏWÁNGMAN consiguió reducir a los dos asesinos en fracción de segundos con el arte de combate letal, atacando los puntos estratégicos. Sus dedos ahora apuntaban a un punto de Jake. Asestó el golpe de gracia y cayó fulminado al suelo. Muerto.
Mario rogó
—¡No quiero morir!
—Mi familia tampoco quería morir…—respondió sombríamente SǏWÁNGMAN antes de repetir el mismo ataque mortal sobre Mario.
Los dos hermanos yacían muertos sobre el suelo de la cocina.
—No podéis quejaros. Tuve piedad y opté por la muerte sin sufrimiento. Mi golpe de gracia —dijo con desprecio, antes de abandonar aquella casa saliendo por la ventana.
La prensa se pronunció sobre el hombre del antifaz. Sobre el hombre que escalaba rascacielos y mataba mercenarios a sueldo.
Los monjes murmuraban desde las montañas.
Ojo de Cristal se hallaba inquieto. Caminaba nervioso sobre los suelos de su lujoso piso, en la parte más alta del rascacielos, en pleno centro de la ciudad de Vernocis. Adquirida con dinero manchado de sangre.
Llegó la noche y decidió acostarse. Ese asunto no le gustaba nada. Nadie sabía quién pudo cargarse de esa forma a sus hombres. Necesitaba pensar. Necesitaba descansar. Los años no pasaban en balde. La salud ya no era la de antes. Tosía. Tosía mucho.
Vio una sombra atravesando el dormitorio y encendió la luz.
—Joder. Esto se me va de las manos. Yo no conozco el maldito miedo y me estoy comportando como un niño temeroso.
Escuchó de repente el televisor y Ojo de Cristal se levantó de la cama. Tomó el arma que había en el cajón de la mesita de noche.
Vio a un hombre vestido con un traje oscuro y antifaz negro, sentado sobre el sillón. Miraba las noticias donde se hablaba de la muerte de dos mercenarios.
—Tú serás el tercero. El tercero en morir. —Sentenció SǏWÁNGMAN
—Quién eres y qué quieres…—dijo Ojo de Cristal apuntándole con el arma
En un segundo, SǏWÁNGMAN se levantó del sillón que se hallaba a unos metros de distancia de Ojo de Cristal y le arrebató el arma que arrojó al suelo.
—Me arrojaste a los brazos de la Parca desde un décimo piso. ¿Te acuerdas? Hace quince años…soy el hijo del reportero. Mike Smith.—sentenció implacable manteniendo una prudencial distancia con el mercenario.
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