Las hojas otoñales se desprendían de los árboles y danzaban en el aire mientras Félix, un hombre maduro y responsable, observaba el paisaje que se alejaba por la ventana del tren. Su mirada melancólica reflejaba nostalgia y valor. La distancia crecía, pero su promesa interna se mantenía intacta.
Los días se convirtieron en meses, y los meses en años. La vida siguió su curso, y el recuerdo de su amada permanecía imborrable en su corazón. Cada semana, fiel a su promesa, plasmaba sus sentimientos en cartas llenas de amor y anhelo. En ellas compartía sus experiencias, sueños y esperanzas, manteniendo viva la llama de su amor a pesar de la distancia.
Paloma, esbelta y compasiva, por su parte, guardaba cada carta como un tesoro, leyéndolas una y otra vez para sentir su presencia en la distancia. Las palabras de su amado eran un bálsamo para su alma, una fuente de esperanza que la llenaba de fuerzas para seguir adelante.
El destino, en su infinita sabiduría, obró su magia.
Un día primaveral, por casualidad o quizás por la fuerza del amor que los unía, sus caminos se cruzaron de nuevo. El reencuentro fue un torbellino de emociones, un abrazo que rompía las barreras del tiempo y de la distancia. Sus miradas se encontraron, y en ellas se reflejaba la intensidad de un amor que había resistido todas las pruebas.
En ese momento mágico, Félix le susurró al oído esas palabras que nunca se habían borrado de su corazón:
—Jamás te olvidaré.
Las lágrimas de felicidad de Paloma brotaron de sus ojos, confirmando que el amor verdadero siempre encuentra su camino de regreso a casa. Es capaz de superar cualquier obstáculo. Es un amor que no se marchita con el paso del tiempo, que se fortalece con la distancia y se renueva con cada encuentro.
© Anika



