La primera novela no religiosa traducida en la historia de Inglaterra
En la vasta historia de la traducción literaria, hay hitos que marcan no solo un momento lingüístico, sino también un giro cultural. Uno de ellos ocurrió en 1612, cuando Thomas Shelton publicó la primera traducción al inglés de Don Quijote de la Mancha, apenas siete años después de que Miguel de Cervantes publicara la primera parte de su obra en Madrid, en 1605. Este hecho no solo pone de manifiesto la rápida circulación internacional del Quijote, sino que lo convierte en el primer libro no religioso traducido al inglés desde una lengua moderna europea. Un acontecimiento que dice mucho de la potencia literaria de Cervantes y de la fascinación inmediata que despertó su novela.
Hasta entonces, las traducciones al inglés estaban dominadas por textos religiosos: la Biblia, sermones, vidas de santos y tratados teológicos. En un contexto europeo todavía marcado por las tensiones confesionales —recordemos que Inglaterra había roto con Roma en el siglo XVI y consolidado la Iglesia anglicana bajo Isabel I—, el interés por traducir obras profanas era escaso y, en muchos casos, incluso mal visto. Sin embargo, la literatura del Siglo de Oro español comenzaba a adquirir prestigio en las cortes europeas, y la figura del hidalgo manchego, con su mezcla de locura, idealismo y sátira social, capturó la atención de lectores más allá de los Pirineos.
El autor de esta primera versión inglesa fue Thomas Shelton, un personaje del que se sabe poco, aunque se cree que tuvo contacto directo con el mundo hispánico, probablemente en Irlanda o en Flandes, donde habría servido como soldado o diplomático. Su versión, publicada en Londres por Edward Blount, uno de los editores del First Folio de Shakespeare, está basada en el texto original de 1605. De hecho, tan apresurada fue la traducción que cuando Cervantes publicó la segunda parte en 1615, Shelton no llegó a completarla en vida. Esta segunda parte no se tradujo al inglés hasta 1620, ya póstumamente.
Shelton afirmó haber realizado su traducción “por entretenimiento” y, aunque su versión no es del todo fiel en términos filológicos, sí logra captar el tono irónico y vivaz de la prosa cervantina. Es más, muchos críticos consideran que su trabajo influyó incluso en escritores ingleses contemporáneos. Hay quien ha querido ver ecos del Quijote en algunas obras tardías de Shakespeare, aunque esa conexión no está del todo probada.
El éxito de Don Quijote en Inglaterra fue notable. La obra se leyó no tanto como una sátira de los libros de caballerías, género que no había calado con igual fuerza en el mundo anglosajón, sino como una reflexión profunda sobre la condición humana, el poder de la imaginación y los límites entre locura y lucidez. La comicidad del personaje, su lenguaje afectado y su mirada nostálgica hacia un pasado heroico generaron tanto admiración como carcajadas entre los lectores ingleses, que encontraron en el caballero andante un símbolo universal de la contradicción humana.
Con el tiempo, el Quijote se convirtió en un clásico en la literatura inglesa. Fue una fuente de inspiración para escritores como Laurence Sterne, cuyo Tristram Shandy está impregnado del espíritu cervantino, y más tarde para Charles Dickens y James Joyce. En cierto modo, puede decirse que la figura del Quijote ayudó a introducir en la literatura inglesa una sensibilidad moderna, más ambigua, fragmentaria y autorreflexiva.
Traducción como acto cultural
La historia de esta primera traducción es también un ejemplo del poder que tiene la traducción como acto de mediación cultural. En pleno siglo XVII, cuando las tensiones políticas y religiosas entre Inglaterra y España eran intensas —recordemos que apenas dos décadas antes, en 1588, la Armada Invencible había fracasado en su intento de invadir Inglaterra—, la publicación del Quijote en inglés muestra que la literatura puede tender puentes incluso entre pueblos enfrentados. La recepción positiva de la obra sugiere que, más allá de los conflictos, la imaginación literaria tenía la capacidad de fascinar y unir.
Además, esta traducción supuso un punto de inflexión en la historia editorial inglesa, al abrir el camino a otras obras narrativas de origen europeo. A partir de ahí, el interés por traducir literatura en prosa, más allá del canon bíblico o clásico, fue en aumento, preparando el terreno para lo que sería el auge de la novela en lengua inglesa a lo largo del siglo XVIII.
Una curiosidad que revela mucho más
Que Don Quijote de la Mancha fuese la primera obra no religiosa traducida al inglés no es solo una anécdota filológica. Es un testimonio del poder transformador de la literatura, de su capacidad para cruzar fronteras lingüísticas y mentales. También es una prueba de que la modernidad literaria no nació en un solo país ni en una única lengua, sino en el diálogo, a veces caótico pero siempre fértil, entre culturas. Y en ese diálogo, la figura entrañable de Don Quijote cabalga todavía.
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