Una voz narrativa entre el costumbrismo y la fundación de la novela moderna española
En la historia de la literatura española del siglo XIX, pocos nombres ilustran de forma tan clara la paradoja del reconocimiento y el olvido como el de Cecilia Böhl de Faber, conocida en su época por el seudónimo masculino de Fernán Caballero. Celebrada en vida, leída con avidez por lectores burgueses e intelectuales, considerada por algunos como pionera de la novela realista en España, su figura ha sido, sin embargo, relegada durante décadas al margen de los grandes relatos literarios.
Rescatar su obra hoy implica no solo reparar una injusticia histórica, sino también devolverle su complejidad, su singularidad y su contribución a la literatura y la cultura del siglo XIX. A medio camino entre el costumbrismo, la narrativa popular y los intentos tempranos del realismo, Fernán Caballero encarna las tensiones de una época de transición, y lo hace con una escritura que, aunque en apariencia conservadora, contiene valiosos apuntes sociales, descripciones vivísimas de la vida cotidiana y un notable dominio del ritmo narrativo.
Una biografía atravesada por el seudónimo
Cecilia Böhl de Faber nació en Suiza en 1796, hija de Johann Nikolaus Böhl de Faber, un comerciante alemán afincado en Cádiz, y Frasquita Larrea, una ilustrada gaditana profundamente influida por las ideas de la Ilustración. Esta doble herencia —germánica e hispánica— marcó su formación. Su padre era un apasionado defensor de la tradición española, en particular de la literatura del Siglo de Oro, mientras que su madre simpatizaba con las nuevas corrientes filosóficas y literarias europeas.
La joven Cecilia fue educada en un ambiente bilingüe y bicultural, lo que le permitió familiarizarse con autores tanto españoles como franceses y alemanes. Contrajo matrimonio tres veces, y enviudó otras tantas. Su vida estuvo atravesada por numerosas pérdidas, lo que se refleja en la melancolía sutil de algunas de sus narraciones.
Adoptó el seudónimo masculino Fernán Caballero no solo como una estrategia para publicar en un contexto fuertemente patriarcal, sino también como un gesto literario: una máscara que le permitía dialogar con la tradición narrativa española desde dentro, sin ser inmediatamente encasillada en las limitaciones que la crítica de la época imponía a las mujeres escritoras. Este seudónimo se dio a conocer por primera vez en 1849, con la publicación de La Gaviota, su obra más emblemática.
La Gaviota: una novela entre géneros
Publicado primero como folletín en el periódico madrileño El Heraldo (1849) y poco después como novela completa, La Gaviota fue el primer gran éxito de Fernán Caballero. Considerada por algunos críticos como una de las precursoras del realismo español —incluso anterior a La familia de Alvareda (1856), una novela breve de Fernán Caballero que también explora en clave costumbrista temas morales y sociales, o a La Fontana de Oro (1870) de Galdós—, La Gaviota se aleja, sin embargo, de los postulados más estrictos del realismo decimonónico.
La novela narra la historia de Marisalda, una joven andaluza dotada de una voz prodigiosa, que asciende socialmente gracias a su talento, pero cuya ambición y orgullo terminan por conducirla a la desgracia. El argumento, aunque aparentemente sencillo, sirve de pretexto para un amplio retrato de las costumbres andaluzas, los tipos populares, la vida rural, los prejuicios sociales y las tensiones entre tradición y modernidad.
Francisco Caudet, en su estudio La novela española de los siglos XIX-XX (Crítica, 2003) , subraya que La Gaviota debe leerse como una novela híbrida: mezcla de folletín romántico, crónica costumbrista y proto-novela realista. En ella hay descripciones minuciosas del entorno rural andaluz, diálogos que recogen el habla popular, y una clara intención moralizante. Pero también hay momentos de lirismo, observación aguda y una mirada —aunque crítica— profundamente empática hacia sus personajes.
Una de las razones del posterior olvido de Fernán Caballero ha sido su asociación casi exclusiva al costumbrismo, un género frecuentemente denostado por la crítica del siglo XX por su supuesta falta de profundidad. Sin embargo, una relectura atenta de su obra revela que su interés por las costumbres no se limita a la descripción pintoresca, sino que funciona como una forma de archivo social, una manera de preservar modos de vida que la modernidad amenazaba con borrar.
Obras como Clemencia (1852), Lágrimas (1857) o Un servilón y un liberalito (1857) muestran su capacidad para construir escenas de notable fuerza narrativa, y personajes que, aunque arquetípicos, están dotados de vida y matices. Es cierto que su mirada es, en muchos casos, conservadora: Fernán Caballero defendía la religión católica, la monarquía y las jerarquías sociales tradicionales. Pero también es cierto que esa mirada está atravesada por una evidente conciencia de cambio, por una nostalgia que no idealiza completamente el pasado, sino que lo observa con una mezcla de amor y escepticismo.
El costumbrismo de Fernán Caballero no es, por tanto, mero ornamento. Es una estrategia narrativa y una postura ideológica: una forma de construir una identidad cultural española —concretamente andaluza— frente a la amenaza de una modernidad percibida como foránea y desarraigada.
La mujer que escribía como hombre
La elección de un seudónimo masculino ha generado, desde el feminismo literario, numerosos debates. Durante décadas, Fernán Caballero fue criticada por asumir un discurso conservador que reforzaba los estereotipos de género. Autoras como Emilia Pardo Bazán —aunque reconocieron su talento— lamentaron su falta de posicionamiento a favor de la emancipación femenina. Sin embargo, estas críticas deben contextualizarse.
En un tiempo en el que la escritura femenina era vista con condescendencia, Cecilia Böhl de Faber optó por una máscara que le permitió entrar en la esfera pública con mayor autoridad. No hay en ella una voluntad de travestismo literario —como en el caso de George Sand, por ejemplo— sino una estrategia de supervivencia textual. Desde su posición conservadora, Fernán Caballero fue también una pionera: una mujer que publicó, que fue leída, que vivió de su pluma, y que estableció un modelo para otras escritoras posteriores.
La crítica contemporánea ha empezado a reevaluar esta figura, evitando lecturas unidireccionales. Estudios como el de María Pilar Palomo, Fernán Caballero y la narrativa femenina del siglo XIX (Cátedra, 2005), o el trabajo de Montserrat Amores, que ha editado y prologado diversas obras suyas, insisten en la ambivalencia de su figura: conservadora, sí, pero también crítica; tradicionalista, pero no ingenua; comprometida con el orden, pero consciente de sus fisuras.
Fernán Caballero vivió una larga vida (murió en Sevilla en 1877) y fue testigo de profundas transformaciones sociales, culturales y políticas. Desde la Guerra de la Independencia hasta la Restauración borbónica, su obra refleja los dilemas de una sociedad en transición. A través de sus novelas, cuadros de costumbres, artículos y cuentos, dejó un retrato de su tiempo que, más allá de sus posicionamientos ideológicos, constituye hoy una fuente de inestimable valor histórico y literario.
Su archivo personal, conservado parcialmente en la Biblioteca Nacional de España, y revalorizado en las últimas décadas, ha permitido acceder a cartas, manuscritos y documentos que ayudan a comprender mejor su método de trabajo, sus lecturas, sus vínculos intelectuales. Sabemos, por ejemplo, que mantuvo relación epistolar con importantes figuras de su tiempo, y que fue leída y comentada por autores como Juan Valera o Menéndez Pelayo.
Durante el siglo XIX, Fernán Caballero fue una autora de referencia. Sus obras se editaron, reimprimieron y tradujeron a varios idiomas. Sin embargo, el auge del realismo y naturalismo —con autores como Galdós, Clarín o Blasco Ibáñez— relegó su estilo más tradicional a un segundo plano. Su lenguaje, su moralismo, su adhesión a los valores católicos y monárquicos, dejaron de interesar a una crítica cada vez más comprometida con el progreso y la modernización.
El siglo XX la olvidó en gran medida. Fue recuperada de forma parcial en antologías escolares, o como curiosidad literaria. Solo a partir de los años ochenta, con la eclosión de los estudios de género y la recuperación de autoras marginadas, su figura ha vuelto a ser objeto de análisis.
Hoy se valora no solo su papel pionero en la historia de la novela española moderna, sino también su escritura cuidada, su oído para el habla popular, su capacidad para retratar lo cotidiano y su habilidad para conjugar lo narrativo con lo documental. Autoras como Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite o Soledad Puértolas han reconocido indirectamente su huella: la de una mujer que supo narrar su mundo con las herramientas de su tiempo.
Bibliografía y fuentes
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Caudet, Francisco. La novela española de los siglos XIX-XX (Crítica, 2003)
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Palomo, María Pilar. Fernán Caballero y la narrativa femenina del siglo XIX. Cátedra, 2005.
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Amores, Montserrat (ed.). La Gaviota. Cátedra, 2001.
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Böhl de Faber, Cecilia. Obras completas de Fernán Caballero. Madrid: Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, 1860.
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Rodríguez Sánchez de León, Pilar. Fernán Caballero: la invención de una novelista. Renacimiento, 2017.
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Biblioteca Nacional de España. Archivo digital: http://www.bne.es
Redacción por Punto y Seguido



