ATLAS LITERARIO – FRONTERAS Y DESPLAZAMIENTOS
5. La biblioteca secreta – España contemporánea
Sobre La señora Potter no es exactamente Santa Claus, de Laura Fernández (Literatura Random House, 2021)
La literatura contemporánea española, en su búsqueda constante por tensionar los límites entre realidad y ficción, encuentra en La señora Potter no es exactamente Santa Claus una de sus expresiones más audaces y reveladoras. En esta novela —reconocida unánimemente por crítica y público, y galardonada con múltiples premios—, Laura Fernández convierte la frontera en una idea literal y simbólica, encarnada en una ciudad ficticia y un libro inexistente que, sin embargo, articulan una comunidad entera. El resultado es un artefacto narrativo exuberante, caótico, tierno y abrumador, que forma parte por derecho propio de esta sección del Atlas literario, dedicada a los desplazamientos, las mutaciones y los márgenes: de lo geográfico, lo identitario y lo literario.
En el corazón de esta novela está Kimberly Clark Weymouth, una localidad atrapada en un invierno perpetuo, que ha devenido lugar de peregrinación gracias a un libro ficticio dentro del libro: La señora Potter no es exactamente Santa Claus, escrito por la aún más ficticia Louise Feldman. En esta doble ficción —la de la novela real que contiene una novela imaginada— se inscribe ya la primera gran frontera que traza Fernández: la que separa lo real de lo inventado, y que aquí se difumina hasta desaparecer por completo.
Kimberly Clark Weymouth es un ejemplo perfecto de cómo una comunidad puede ser construida a partir de una narrativa ajena, hasta el punto de definirse únicamente en función de ella. En este sentido, la ciudad funciona como una metáfora del relato fundacional: un texto (en este caso, literalmente) que da forma y sentido a un lugar, a sus habitantes, a su economía y a su mito. Pero lo que en otras novelas se desarrolla como un fondo estable o un escenario sin fisuras, aquí es todo lo contrario: Laura Fernández dinamita esa estabilidad, haciendo que sus personajes se pregunten constantemente por el papel que desempeñan en la historia que les ha sido asignada.
El conflicto principal de la novela se articula a través de Billy, hijo del comerciante local Randal Peltzer, que decide cerrar la tienda de souvenirs inspirada en el libro de Feldman. Ese gesto, aparentemente menor, funciona como una fisura en la narrativa colectiva: ¿qué ocurre cuando alguien decide no seguir cumpliendo el rol que la ficción (propia o ajena) le ha asignado? ¿Puede un personaje salir del texto? ¿Puede un lector abandonar la lectura en la que ha sido obligado a vivir?
Este es uno de los grandes temas de La señora Potter…: la libertad frente al determinismo narrativo. ¿Somos los protagonistas de nuestras vidas o apenas figurantes en un relato mayor que otros han escrito? Esta cuestión, que podría parecer filosófica o incluso abstracta, se convierte aquí en material narrativo, cómico, dramático y profundamente humano. A través de diálogos chispeantes, de personajes excesivos y de situaciones disparatadas, Laura Fernández abre el espacio para una meditación seria sobre la identidad, el deseo y la posibilidad (o imposibilidad) de reinventarse.
Otra de las tensiones constantes de la novela es la relación ambigua que mantienen los personajes con la literatura. Por un lado, el libro de Feldman ha salvado al pueblo del olvido; ha creado trabajo, ha traído turistas, ha ofrecido sentido. Por otro, ese mismo libro ha fosilizado la vida de sus habitantes, obligándolos a vivir dentro de una ficción que no han elegido, como si el mundo real ya no existiera más allá de sus páginas.
Esta paradoja —la literatura como refugio y como prisión— se convierte en una de las capas más fascinantes del texto. En este aspecto, la novela dialoga directamente con La invención de Morel de Bioy Casares, con el Macondo de García Márquez o incluso con la Desengaños de los Aventuras del orden de Juan Benet, pero lo hace desde una perspectiva decididamente posmoderna: Fernández no busca solemnizar el artificio, sino celebrarlo, multiplicarlo, empaparlo de humor y ternura.
La propia prosa de la autora, hiperbólica, desbordante, digresiva hasta lo inverosímil, contribuye a esta sensación de exceso que no es gratuito, sino perfectamente funcional: hay algo profundamente justo en que una novela que reflexiona sobre el peso y el poder de la ficción se construya, también, como una ficción exuberante, donde la forma y el fondo se confunden.
El título de esta sección, “La biblioteca secreta”, encuentra en La señora Potter… un desarrollo paradigmático. No solo por el homenaje explícito que rinde la autora a una genealogía literaria —Roald Dahl, T.C. Boyle, Joy Williams, Pynchon o Vonnegut, entre otros—, sino porque toda la novela funciona como una suerte de estantería invisible que guarda, entre líneas, un sinfín de referencias y guiños.
El lector que se adentre en esta biblioteca no encontrará una única historia, sino decenas de relatos intercalados, interrumpidos, que se ramifican y se doblan sobre sí mismos. Cada personaje tiene su propia historia secreta, su propia novela interior. Lo mismo puede decirse de los lugares (la ciudad, la tienda, la montaña, las casas), que guardan una narrativa paralela a la principal, como si cada rincón del libro fuera en realidad el principio de otro libro posible.
En este sentido, La señora Potter… es también una novela sobre el archivo: sobre cómo acumulamos relatos, recuerdos y ficciones hasta que ya no sabemos muy bien qué ocurrió de verdad. Pero, ¿importa realmente? Si la memoria y la ficción se escriben con los mismos materiales —deseo, miedo, necesidad, vacío—, tal vez la única diferencia esté en la forma en que decidimos contarlas.
Laura Fernández ha declarado en varias entrevistas que escribe para inventar mundos. Esta declaración, que en otros autores podría sonar como una fórmula vacía, aquí cobra todo su sentido. La autora no solo crea un mundo autónomo y verosímil —dentro de su lógica interna, claro está—, sino que construye un sistema narrativo tan complejo como consistente, en el que cada elemento tiene su eco, su reverso, su distorsión. En ese aspecto, la novela también puede leerse como una suerte de sistema solar literario, en el que todo orbita en torno a una obra ficticia que actúa como sol, como faro y como prisión.
No es extraño que algunos críticos hayan comparado su estilo con el de Tarantino o Wes Anderson: hay en ella un sentido del montaje, del ritmo y del detalle absurdo que recuerda al cine. Pero también una reivindicación del artificio como forma legítima —e incluso necesaria— de aproximarse a lo real.
En la novela, los desplazamientos no son solo geográficos (aunque los hay), sino sobre todo narrativos y afectivos. Los personajes se desplazan dentro de sí mismos, se descubren distintos de lo que pensaban ser, o encuentran versiones alternativas de sí mismos que habían sido reprimidas o ignoradas. El propio Billy, al cerrar la tienda, no emprende un viaje físico tan importante como el simbólico: abandona una identidad construida por otros para adentrarse en la incertidumbre de lo que aún no ha sido contado.
Kimberly Clark Weymouth, como espacio fronterizo entre la ficción y la vida, permite que estos desplazamientos se manifiesten con claridad. No es casual que el pueblo esté atrapado en una especie de tiempo suspendido, como si estuviera congelado no solo por la nieve, sino por la narrativa que lo contiene. Romper esa narrativa es, en última instancia, un acto de emancipación.
En último término, La señora Potter no es exactamente Santa Claus es una novela sobre cómo leemos y por qué. Nos obliga a preguntarnos qué buscamos en los libros, por qué volvemos a ellos, por qué nos empeñamos en encontrar sentido en lo que a veces es pura invención. También es una novela sobre cómo se construyen los relatos que nos cuentan —y que nos contamos—, y hasta qué punto esos relatos determinan nuestra forma de estar en el mundo.
Fernández propone una literatura que se asume como juego, como artificio, como construcción. Pero lo hace sin renunciar al poder emocional de la ficción, sin abandonar a sus personajes a la parodia ni refugiarse en la ironía. La suya es una mirada profundamente humana, a pesar —o gracias a— su tono desbordado y excéntrico.
Con La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández ha escrito una obra que es muchas obras al mismo tiempo: homenaje, sátira, novela de formación, cuento de hadas, ensayo encubierto sobre la literatura. Y lo ha hecho desde una voz absolutamente personal, reconocible, distinta. En un panorama literario a menudo encorsetado por el realismo o por la autoficción, esta novela representa una apuesta por la imaginación sin complejos, por la ficción como posibilidad radical y por la lectura como forma de resistencia.
No es solo una biblioteca secreta, sino un mapa para perderse y reencontrarse. Y eso, en tiempos de discursos únicos y relatos cerrados, es más necesario que nunca.
REDACCIÓN
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