El sol de la mañana se colaba por las rendijas de las persianas, iluminando el rostro de Elena. Se levantó de la cama con una sonrisa, ansiosa por empezar el día. Su primera tarea, como cada primavera, era sacar los gladiolos al patio.
Tomó las macetas con cuidado, admirando los bulbos que ya comenzaban a brotar. Los colocó en un lugar soleado, junto a la pared de la casa, y les dio un buen riego. Sabía que debía estar pendiente de ellos, especialmente por si su perro, Tobey, escarbaba la tierra de las macetas.
Tobey era un labrador juguetón y travieso, y su olfato infalible lo guiaba hacia cualquier cosa que pudiera ser enterrada. Elena ya había encontrado varios hoyos en el jardín, producto de sus excavaciones.
Esa tarde, mientras Elena se sentaba en la terraza a leer un libro, Tobey se acercó sigilosamente a las macetas de gladiolos. Sus ojos brillaban con picardía mientras olfateaba la tierra húmeda. Elena lo vio de reojo y se levantó con una sonrisa.
—Tobey, no seas travieso –le habló con voz suave–. Los gladiolos son mis flores favoritas y no quiero que los dañes.
Tobey la miró con ojos culpables y meneó la cola. Sabía que había hecho algo mal, pero no podía resistir la tentación de excavar. Elena se acercó a él y le acarició la cabeza.
—No te preocupes, Tobey –susurró–. Te daré un regalo si me prometes no molestar a los gladiolos.
Tobey ladró con entusiasmo y Elena corrió hacia la casa. Volvió unos minutos después con una pelota roja, la favorita de Tobey. El perro la recibió con alegría y la tomó en su boca con un rápido movimiento.
—¡Buen chico! –exclamó Elena–. Ahora ve a jugar con tu pelota y deja en paz a las flores.
Tobey corrió por el jardín, moviendo la pelota de un lado a otro con la boca. Elena lo observó con una sonrisa. Sabía que podía contar con él para proteger sus gladiolos.
A partir de ese día, Tobey se convirtió en el guardián de las flores. Cada vez que Elena lo veía cerca de las macetas, movía la cola con alegría y ladraba para avisarle que todo estaba bajo control. Elena se sentía tranquila, sabiendo que sus gladiolos estaban a salvo gracias a su fiel compañero.
© Ana Cachinero



