Lo que septiembre no puede olvidar

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Desde la dirección de Hojas Sueltas

Cada septiembre, como si el tiempo obedeciera al calendario escolar de nuestra infancia, el país parece rehacerse a sí mismo. Regresan los suplementos culturales, las promesas de novedades editoriales, los festivales de otoño, los estrenos. Volvemos —al menos durante unas semanas— a hablar de ideas, de libros, de voces, de lo que está por venir. Pero la pregunta sigue siendo la misma cada año: ¿qué hemos hecho con la cultura mientras tanto?

España, en este nuevo arranque de curso, vive una paradoja: tenemos más producción cultural que nunca y, sin embargo, más dificultad para sostener una conversación cultural de fondo. El exceso de oferta convive con una precariedad crónica de estructuras críticas. Las redes sociales han transformado la manera en que leemos, opinamos y consumimos. El algoritmo no solo distribuye contenidos, sino que condiciona lo que existe. Y en este marco, las urgencias de siempre —la memoria, la desigualdad, el territorio, la identidad, la educación, el canon— se entreveran con los espejismos de la novedad, la visibilidad y el rendimiento cultural.

Hoy más que nunca, septiembre debería servir no para celebrarnos, sino para revisarnos. Para preguntarnos qué voces no hemos escuchado, qué silencios hemos consentido y en qué hemos convertido la cultura cuando nadie mira.

Lo que aún nos duele culturalmente

Hay heridas que la cultura no ha sabido o no ha querido cerrar. La mayor de todas, quizá, sea la de la desigualdad estructural del acceso a la cultura. No es solo una cuestión de presupuesto o de programación pública: es una fractura que atraviesa el sistema educativo, el sistema editorial, los medios, las instituciones. Hay un abismo entre quienes pueden ejercer la cultura como herramienta de transformación y quienes apenas acceden a ella como producto residual.

Mientras los grandes museos diseñan exposiciones con presupuestos millonarios, la red de bibliotecas públicas languidece. Mientras las grandes editoriales reeditan a los clásicos con portadas vintage, miles de jóvenes lectores no encuentran en sus centros educativos un solo profesor que les acerque la literatura contemporánea. Mientras las plataformas audiovisuales colonizan el imaginario colectivo, el teatro de proximidad lucha por mantener sus puertas abiertas más allá del fin de semana.

El país ha invertido millones en la construcción de infraestructuras culturales, pero ha desinvertido simbólicamente en la figura del creador, del crítico, del lector activo. Nos duele la ausencia de una política cultural coherente, más allá del ciclo presupuestario. Nos duele la falta de espacios para el pensamiento, para la pausa, para la duda. Nos duele haber confundido el acceso con el impacto, la audiencia con el diálogo.

Y por encima de todo, nos duele que la cultura haya dejado de ser un terreno incómodo, un lugar donde pensar lo impensable, decir lo que no toca, mirar donde no se quiere mirar. La cultura como disidencia ha quedado sustituida, en muchos casos, por la cultura como refuerzo identitario, como entretenimiento de consumo rápido o como herramienta de marca.

Donde ha avanzado la banalidad

En los últimos años hemos asistido a una transformación preocupante: la banalización del relato cultural. No hablamos aquí del entretenimiento en sí —que tiene su lugar legítimo—, sino de su confusión con lo cultural. La presencia masiva de productos culturales en las plataformas digitales ha desdibujado la frontera entre lo relevante y lo promocional.

El marketing cultural ha colonizado los espacios de crítica. Las entrevistas promocionales han sustituido a las conversaciones de fondo. Las mesas redondas parecen cada vez más foros de autopromoción. Los festivales, a menudo, se programan como estrategias de marca territorial antes que como dispositivos de pensamiento. Y el impacto en redes sociales se ha convertido en la principal métrica de éxito cultural.

Esta banalización tiene consecuencias graves: convierte la cultura en mercancía sin memoria, en flujo sin fricción. Se premia lo que circula, no lo que permanece. Lo que gusta, no lo que interpela. Lo que confirma, no lo que incomoda. En este contexto, la función crítica queda reducida al sarcasmo viral o a la retórica bienpensante.

Y sin crítica, no hay cultura, sino decoración. Sin riesgo, no hay arte, sino diseño. Y sin pensamiento, no hay conversación pública, sino ruido social.

Las urgencias que siguen pendientes

Ante este panorama, ¿cuáles son las urgencias culturales que no podemos seguir aplazando?

1. Reconstruir una crítica cultural independiente: Necesitamos espacios de pensamiento crítico que no estén condicionados por intereses editoriales, políticos o institucionales. Necesitamos volver a formar lectores exigentes, espectadores activos, públicos incómodos. Y para ello es fundamental recuperar el valor de la crítica como mediación, como lenguaje propio, como construcción de sentido. Desde Hojas Sueltas reivindicamos esa figura del crítico no como árbitro, sino como intérprete, como lector de segundo grado que ayuda a ampliar la lectura.

2. Cuidar el tejido cultural periférico: La cultura no puede seguir centrada en las grandes capitales ni en los grandes nombres. El país está lleno de proyectos independientes, editoriales de fondo, asociaciones culturales, centros de arte locales que sostienen —con recursos mínimos— una vida cultural real. Urge diseñar políticas de apoyo estructural y duradero a estas iniciativas, no como excepciones, sino como columna vertebral de la cultura democrática.

3. Apostar por la educación literaria y estética: No basta con fomentar la lectura: hay que enseñar a leer críticamente. A leer más allá de los géneros y las modas, a leer el mundo. La educación artística y literaria sigue siendo marginal en los planes de estudio, cuando debería ser uno de sus ejes centrales. Formar lectores y ciudadanos estéticos es una tarea que no se improvisa y que debería guiar toda política cultural seria.

4. Replantear el canon: Las nuevas generaciones reclaman un canon literario y cultural más plural, más abierto, menos jerárquico. No se trata de borrar lo anterior, sino de releerlo desde nuevos ángulos. De incorporar otras voces, otras genealogías, otras formas de mirar. En este sentido, el trabajo de relectura es tan importante como el de descubrimiento.

5. Sostener las voces frágiles: Las primeras obras, los formatos no comerciales, las autorías fuera de norma, los proyectos híbridos, los que no entran en la categoría de “producto cultural”… Es ahí donde hay que mirar con atención. Lo valioso no siempre tiene voz, ni agente, ni escaparate. La función de los medios culturales no es solo dar eco a lo visible, sino alumbrar lo que aún no se ve.

Las voces que hay que seguir

Frente al ruido, todavía emergen voces nuevas, lúcidas, necesarias. No siempre llegan desde la literatura ni desde las artes, pero comparten una capacidad para narrar el presente desde un lugar propio, con hondura y riesgo.

En el terreno narrativo, nombres como Cristina Morales, Aroa Moreno, Pablo Gutiérrez, Elisa Ferrer o Alejandro Morellón han demostrado que se puede escribir desde la fisura, desde lo indócil. En poesía, la obra de Berta García Faet, Mario Obrero o Rosa Berbel no deja de ampliar los registros de lo político y lo íntimo. En el ensayo, Remedios Zafra, Jorge Dioni, Sabina Urraca o Marta Sanz siguen ocupando un lugar incómodo y fecundo.

También surgen espacios híbridos —podcasts, fanzines, newsletters, proyectos artísticos de proximidad— que reivindican otros modos de producción y distribución cultural, más lentos, más frágiles, más humanos.

Desde Hojas Sueltas entendemos que la función de un medio cultural no es seguir las modas, sino acompañar los procesos. Escuchar cuando aún no se habla en voz alta. Nombrar cuando aún no se reconoce. Sostener cuando aún no hay eco.

Septiembre como prueba

Este septiembre, como cada septiembre, se publicarán cientos de novelas, se anunciarán festivales, se inaugurarán exposiciones, se entregarán premios. Pero todo eso será, como siempre, superficie.

Lo importante será lo que logremos mirar debajo: el fondo crítico de las propuestas, la continuidad de los gestos, el sentido de las prácticas. La cultura no empieza en la cartelera ni en la nota de prensa, sino en la forma en que pensamos el presente a través de sus signos.

Por eso este septiembre no puede ser solo una celebración. Debe ser una revisión. Un aviso. Un compromiso.
Lo que está por venir —en los libros, en las aulas, en las calles— dependerá en gran medida de lo que estemos dispuestos a sostener cuando pase el entusiasmo de los estrenos.

Desde esta redacción, seguiremos atentos. No a lo que brilla, sino a lo que permanece.

A todos, bue ejercicio en lo cotidiano que se acerca para enfrentarnos al futuro, atrás flotán aires de sueños, tal vez de nostalgia, no obstante, La vida continúa.

Saludos literarios.

Anxo do Rego

Director de Hojas Sueltas

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