Francesca estaba sola en casa, sentada en su sofá favorito y escuchando una radionovela con sus auriculares nuevos.
Eran las diez de la noche. El cielo, despejado y tachonado de estrellas, dejaba que una súper luna se reflejara en el cristal de la ventana. Afuera no se oía ni un alma. El pueblo montañés dormía en silencio desde hacía días, deshabitado, como si el tiempo se hubiera detenido.
De pronto, llamaron a la puerta. Francesca frunció el ceño, se quitó los auriculares y se acercó con cautela. Al abrir, se quedó de piedra. Allí estaba él. Sonriente, paciente, como si esperara ese momento desde hacía años. Era Fabrizio, su primo lejano.
—¿Puedo pasar? —preguntó él, con voz suave.
—No. Si vienes a pelear, ya sabes que las batallas se ganan con el corazón —respondió ella, desconcertada.
—No te creas —replicó Fabrizio, cuarentón, de complexión fuerte, moreno, risueño, y con esa chispa en los ojos que tanto la desconcertaba—. Mi corazón late con fuerza… pero para lograr tu perdón. ¿Confías en mí?
—Solo confío en los hechos. Las palabras… ya sabes, se las lleva el viento. ¿Qué me ofreces? —dijo Franchesca con tono irónico, cruzando los brazos.
—Caminar juntos, sin torcernos demasiado, y luchar como valientes guerreros contra las marañas que intentan arrastrarnos al abismo —declaró él con firmeza, como si hubiera ensayado esa frase mil veces.
Ella lo miró largo rato. Luego esbozó una sonrisa tibia y lo abrazó, sin demasiado entusiasmo. Era un gesto mecánico, más que afectuoso. Un impulso que no bastaba para tapar la herida vieja que aún latía bajo su piel.
—No puede ser —habló al separarse, con la voz apenas quebrada—. Necesito tiempo… encontrar un sentido, un camino. Y cuando lo tenga, te buscaré.
Cerró la puerta con un portazo que le rozó la cara a Fabrizio. Él no se movió.
Francesca, también en la cuarentena, rubia, de ojos verdes, figura esbelta, campechana y extrovertida, suspiró, se volvió al sofá y se puso de nuevo los auriculares. Como si nada. Como si aquel reencuentro no hubiera removido su mundo por dentro.
Pero, los golpes regresaron. Insistentes. Más fuertes. Como si los nudillos del otro lado supieran que no había marcha atrás.
Molesta, se levantó. Abrió la puerta con firmeza.
Y allí estaba él. Sonriendo todavía… pero ahora echando fuego por los ojos, como si acabara de escaparse del Parque Jurásico.
Ana Cachinero



