“Somos lo que comemos” comentó el filósofo alemán Ludwig Feuerbach, algo que sabía perfectamente nuestro Cervantes y que lo dejó escrito con 400 años de antelación para caracterizar al personaje más conocido de la literatura española y universal, al Quijote.
“Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.
Ésta es la segunda frase de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha; para el lector de hoy en día, la dieta de un hidalgo, pero también una información de primera mano sobre la economía del protagonista y, por ende, de los de su clase. La alimentación de un personaje recoge mucho saber sobre el mismo, antes y ahora. Si en una novela actual un personaje se deja caer por un restaurante con tres estrellas Michelín, no necesitamos una palabra más para saber de su abultada cartera; si come el menú del día, la información es igual de fidedigna.
Tal como ahora, en el Siglo de Oro la comida era símbolo de clase social, cultural, económica y religiosa. El hecho de que Cervantes describiera con minuciosidad el menú de don Quijote permitía al lector y al oyente situar en el escalafón social correspondiente al personaje. (Digo al oyente porque entonces solo un 10 / 15% de personas sabían leer y la lectura en tabernas, posadas, ventas o antesalas de los palacios se hacían en voz alta).
Solo con estudiar despacio la dieta del hidalgo, sabemos que era un propietario de tierras, no demasiadas, pero suficientes para vivir de ellas sin trabajar, que eso estaba mal visto. Nos cuenta que Alonso Quijano era un hidalgo de la baja nobleza rural, pues el cocido u olla del diario estaba cocinada con carne de vaca, que era más barata que la de carnero. Para cenar, salpicón; no de marisco, por supuesto. El salpicón era un plato que se hacía con las sobras de la comida, restos de la carne aliñados en vinagreta.
El hecho de que a esa olla, le añadiera algún palomino el domingo, nos informa de que en su heredad había un palomar, que era privilegio de los nobles. Dice algún palomino, lo que significa que lo comía en ocasiones, no cada domingo. En otras palabras: no andaba muy sobrado.
Tal como decíamos en el anterior artículo, Cervantes nos describe a su personaje principal a través de la comida, porque es un dato que lo retrata a la perfección además de ser una fotografía de la realidad de cada día en aquellos tiempos. Siguiendo con su menú semanal, don Quijote dejaba para los sábados los famosos duelos y quebrantos. Famosos a pesar de que nadie sabe con seguridad en qué consistía ese plato. Es otro más de los innumerables misterios que nos dejó el genial escritor. No faltan, precisamente, historiadores y estudiosos y, sin embargo, no hay forma de ponerlos de acuerdo. Para unos, era una tortilla de huevos y sesos o una sopa con huesos de oveja; para otros, huevos fritos con chorizo, jamón, torreznos o panceta. Esto mismo fue lo que el propio Cervantes, disfrazado de Avellaneda, nos dejó escrito en el apócrifo. Más o menos, lo mismo que dijo Calderón de la Barca en su Mojiganga del pésame de la viuda, aunque lo llamara “sábados de grosura”. Para Covarrubias, huevos y tocino. Duelos y quebrantos: desconocemos la naturaleza del plato, su origen y hasta la procedencia del nombre.
Finalizamos el análisis del menú con la comida del viernes: lentejas. ¿Casual? No, en absoluto. No en referencia al tema alimentario, sino al religioso. Los viernes eran días de vigilia y abstinencia, no se podía comer carne (el pueblo llano, los demás días, tampoco; pero el viernes, además, era obligatorio). Había, no obstante, alguna salida tangencial, como la vigilia aliviada, que prohibía la carne del animal, pero no sus patas, vísceras, cabeza y otros despojos.
Después, una vez en el campo, tras cada aventura, don Quijote parece haber perdido el hambre. Sancho Panza, sin embargo, piensa en su estómago con frecuencia; en llenarlo, quiero decir. Lo malo es que se ha de conformar con un trozo de pan duro, algo de queso, una cebolla…. Nada tiene de extraño que cada vez que se arrimaba a algún noble y pasaba días en su palacio, la hora de la marcha en busca de nuevas aventuras se convirtiera en un suplicio, un cuchillo que se le clavaba en el estómago. ¡Ah, las bodas de Camacho, todo un espectáculo culinario! Raro es que no muriera de una hartura. Aquello sí que era vida. Y eso que Camacho solo era un labrador rico. De haber visto la cocina del Rey y sus menús de más de cuarenta platos de carnes de todo tipo, fruta, mantequilla… ¿qué hubiera hecho Sancho, hasta dónde se le abrirían los ojos, del susto?
Los pobres, sin embargo, el llamado pueblo llano, más que con un mundo mejor, soñaban con comer. Con eso bastaba. Y sin andar con remilgos ni exquisiteces. De ahí que, en uno de los episodios más estresantes del Quijote, cuando Sancho era gobernador de la Insula Barataria y el médico le negaba la rica comida que tenía a su vista, se haya convertido en un ejemplo de sadismo de lo más refinado. Los pobres, -en aquella época, la inmensa mayoría de la población-, tenían al hambre como compañera habitual. Pero no faltaban pícaros, aunque aquí los disfrace de alemanes y peregrinos, compañeros de su paisano Ricote, que le ofrecen una merienda de lo más suculento a base de nueces, queso, aceitunas, huesos de jamón y hasta caviar. La realidad, entonces como ahora, nos repite que los duelos con pan son menos y que la mejor salsa para aderezar la comida sigue siendo el hambre, pero nadie, ni rico ni pobre, quiere mancharse con esa salsa.
Para beber, vino, que el agua estaba muy contaminada y traía enfermedades. Lo bebían incluso los niños, normalmente rebajado con agua, miel o especias.
© Antonio Tejedor



