Un sábado de marcha, Marilyn y sus amigas del instituto se acercaron al único cine del barrio para ver por segunda vez la película de éxito en cartelera: El muelle de las brumas.
Aunque la proyección era a las cuatro de la tarde, llegaron emocionadísimas a las tres y media a las acristaladas puertas del cine, todavía cerrado al público, cuando el sol, pálido y húmedo, se ocultaba tras unos nubarrones que amenazaban tormenta.
Enseguida abrieron y las muchachas entraron en la oscura y silenciosa sala de butacas. Se acomodaron en unos asientos situados un poco más alejados de la gran pantalla, casi en la última fila, y esperaron.
Minutos después, preparadas y con las palomitas en las manos, apagaron las luces y comenzó la proyección de la primera película, que llenó la espera y la capacidad de asombro de las chicas.
En la segunda, El muelle de las brumas, las tomas se detenían en un catre utilizado durante la noche por un hombre y durante el día por una mujer, dentro de un barco atracado en el muelle de un río que discurría caudaloso por una gran ciudad.
Cuando la mujer partía hacia su trabajo al oscurecer, llegaba el hombre del suyo, y a la madrugada volvía ella y partía él.
Y siempre la misma rabia, la lucha y el apremio por tenderse en el camastro.
En apariencia, el descanso de ambos era solo una tregua entre dos desencontradas borracheras.
Marilyn pensó que la cámara, a pesar de su persistencia en los enfoques, no podía captar lo esencial: el sueño que debía continuar sin pausa, que no podía interrumpirse nunca, el sueño infinito.
Esos hombre y mujer que, al nacer y morir del día, y al nacer y morir de la noche, se enfrentaban y golpeaban por la posesión de un lecho, no eran sino el medio del que se valía ese sueño que, a toda costa, debía proseguir.
Marilyn se sintió demasiado cansada como para fijar la atención en la gran pantalla. Le pareció que su ser vivo había sido tragado por la oscuridad y por la ficción, y que el resto flotaba en el aire, corriendo el peligro de ser devorado por los espectadores. Los vendedores de chocolatinas, al igual que sus sorprendidas compañeras, la miraban con fijeza.
Salió corriendo. Ya era de noche y caía una intensa lluvia. Por sus mejillas resbalaron unas gotas de agua. Le resultó extraño tener sensaciones, como sentir la vida estando muerta.
Las cosas de siempre le resultaron nuevas y alucinantes: el río, el puerto y una luz. En ese momento, era natural bajar la escalerita hacia un barco, dejarse estar en cubierta, mirar y aproximarse despacio, y mirar otra vez, un poco más de cerca, a ese hombre dormido. Mientras tanto, las gotas de lluvia seguían chorreando desde el pelo, y sintió la delicia de los hilitos fríos bajando por el cuello. Dio un paso y se detuvo, después otro más. Vio lo que siempre había deseado y soñado: el sueño de un hombre, un sueño vivo.
Temblaba de miedo. Una angustia inexplicable invadió todo su ser, y a duras penas recobró el aliento.
Antes de que el hombre despertara de su sueño profundo, se recostó a su lado y, como un impulso involuntario, se abrazó a él. Verdaderamente, sin saberlo, había entrado en un círculo peligroso: había violado el sueño de aquel hombre desconocido para ella.
Respiró el aroma de su piel y sintió su suave pelo bajo los dedos. El hombre despertó y se besaron apasionadamente. Todo desapareció, solo quedaron ellos, en medio de una isla de ninguna parte, bajo miles de estrellas iridiscentes.
Marilyn, extasiada, retiró sus labios y buscó la mirada de él, buscó sus ojos claros con fondo sincero. Él le sonrió y ambos se miraron fijamente. Ella lo abrazó con todas sus fuerzas, pero ese abrazo protector la ahogaba. Le susurró al oído que no podían seguir así por más tiempo, que necesitaba encontrar un sentido, elegir un camino, y que cuando lo tuviera claro, recorrerían juntos ese sendero sin obstáculos.
En ese momento, Marilyn despertó de un sueño de nunca acabar. Desorientada, descubrió que la película ya había terminado y que todo el mundo se había marchado, incluso sus amigas, que la esperaban pacientemente a la salida del cine.
Observó, pasmada, que en la gran pantalla destacaban unas grandes letras relucientes: FIN. Y se preguntó si habría merecido la pena desafiar la realidad para entrar en la fantasía de aquellos personajes, que eran un hombre y una mujer tratando de unir sus caminos, y si lograrían caminar de la mano.
Ana Cachinero



