La veneración por Miguel de Cervantes alcanzó en el siglo XIX tintes casi místicos, alimentada por la curiosidad de los románticos y la ausencia de certezas sobre la tumba del autor del Quijote. En una época en que proliferaban ferias ambulantes, charlatanes y mercaderes de objetos exóticos, no tardaron en aparecer vendedores que ofrecían supuestos “huesos de Cervantes” como reliquias literarias.
Estos fragmentos, que en realidad eran restos de animales o huesos humanos anónimos, se vendían a coleccionistas, bibliófilos y curiosos, ávidos de poseer una parte física del genio. El fenómeno refleja no solo la fascinación por Cervantes, sino también una época en la que la arqueología y la historia se mezclaban con la superstición y la picaresca. La verdadera localización de los restos de Cervantes no se confirmó hasta una búsqueda arqueológica en 2015, cuando se hallaron vestigios en el convento de las Trinitarias de Madrid.
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