{"id":25675,"date":"2025-12-13T00:00:48","date_gmt":"2025-12-12T22:00:48","guid":{"rendered":"https:\/\/hojassueltas.es\/?p=25675"},"modified":"2025-12-12T16:37:56","modified_gmt":"2025-12-12T14:37:56","slug":"fortunata-y-jacinta-segunda-parte-capitulo-v-parte-iii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/hojassueltas.es\/?p=25675","title":{"rendered":"Fortunata y Jacinta &#8211; Segunda Parte | Cap\u00edtulo V, parte III"},"content":{"rendered":"<h2 style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: verdana, geneva, sans-serif; font-size: 16px;\">&#8211;<span class=\"smcap\">III<\/span>&#8211;<\/span><\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: verdana, geneva, sans-serif; font-size: 16px;\">A la ma\u00f1ana siguiente, Maximiliano encamin\u00f3 sus pasos al convento, no por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras de las cuales respiraba la persona querida. La ma\u00f1ana estaba deliciosa, el cielo despejad\u00edsimo, los \u00e1rboles del paseo de Santa Engracia empezaban a echar la hoja. Det\u00favose el joven frente a las Micaelas, mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las ojivas de la nave principal. Alej\u00e1ndose hasta m\u00e1s all\u00e1 de la acera de enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se ve\u00eda, por encima de la iglesia en construcci\u00f3n, un largo corredor del convento, y aun se pod\u00edan distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por \u00e9l andaban. Pero como la obra avanzaba r\u00e1pidamente, cada d\u00eda se ve\u00eda menos. Observ\u00f3 Maxi en los d\u00edas sucesivos que cada hilada de ladrillos iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas. Lleg\u00f3 un d\u00eda en que s\u00f3lo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos que sosten\u00edan el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo tap\u00f3 todo, no quedando fuera m\u00e1s que las chimeneas, y aun para columbrar estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: verdana, geneva, sans-serif; font-size: 16px;\">Al Norte hab\u00eda un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en el cual hab\u00eda un poste con letrero anunciando venta de solares, ca\u00edan las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un casta\u00f1o de Indias. Pero lo m\u00e1s visible y lo que m\u00e1s cautivaba la atenci\u00f3n del desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para noria, que se destacaba sobre alt\u00edsimo aparato a mayor altura que los tejados del convento y de las casas pr\u00f3ximas. El inmenso disco, semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o r\u00e1pidamente, seg\u00fan la fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observ\u00f3, mov\u00edase el disco con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en \u00e9l los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba con la medianer\u00eda de una f\u00e1brica de tintas de imprimir, y por el Este con la tejavana perteneciente al inmediato taller de canter\u00eda, donde se trabajaba mucho. As\u00ed como los ojos de Maximiliano miraban con inexplicable simpat\u00eda el disco de la noria, su o\u00eddo estaba preso, por decirlo as\u00ed, en la continua y siempre igual m\u00fasica de los canteros, tallando con sus escoplos la dura berroque\u00f1a. Creer\u00edase que grababan en l\u00e1pidas inmortales la leyenda que el coraz\u00f3n de un inconsolable poeta les iba dictando letra por letra. Detr\u00e1s de esta tocata reinaba el augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detr\u00e1s de un grupo de estrellas.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: verdana, geneva, sans-serif; font-size: 16px;\">Tambi\u00e9n se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el convento; iba y ven\u00eda por las veredas que el paso traza en los terrenos, matando la yerba, y a ratos sent\u00e1base al sol, cuando este no picaba mucho. Montones de esti\u00e9rcol y paja romp\u00edan a lo lejos la uniformidad del suelo; aqu\u00ed y all\u00ed tapias de ladrillo de color de polvo, letreros industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un jardinillo sin poderlo conseguir; m\u00e1s all\u00e1 tejares y las casetas plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca un sentimiento profund\u00edsimo de soledad expectante. Turb\u00e1bala s\u00f3lo alg\u00fan perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean por all\u00ed sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volv\u00eda al camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no ten\u00eda ganas de ver gente y se echaba fuera, meti\u00e9ndose otra vez por el campo hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la sierra lejana suspend\u00eda su atenci\u00f3n, y le encantaba un momento con aquellos brochazos de azul intens\u00edsimo y sus toques de nieve; pero muy luego volv\u00eda los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las Micaelas, que se confund\u00eda con las casas m\u00e1s exc\u00e9ntricas de Chamber\u00ed.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: verdana, geneva, sans-serif; font-size: 16px;\">Todas las ma\u00f1anas antes de ir a clase, hac\u00eda Rub\u00edn esta excursi\u00f3n al campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida. Desde que pasaba de la iglesia de Chamber\u00ed ve\u00eda el disco de la noria, y ya no le quitaba los ojos hasta llegar pr\u00f3ximo a \u00e9l. Cuando el motor daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qu\u00e9 y obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No sab\u00eda explicarse por qu\u00e9 oculta relaci\u00f3n de las cosas la velocidad de la m\u00e1quina le dec\u00eda: \u00abapres\u00farate, ven, que hay novedades\u00bb. Pero luego llegaba y no hab\u00eda novedad ninguna, como no fuera que aquel d\u00eda soplaba el viento con m\u00e1s fuerza. Desde la tapia de la huerta o\u00edase el rumor blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sent\u00edase el crujir del mecanismo que transmite la energ\u00eda del viento al v\u00e1stago de la bomba&#8230; Otros d\u00edas le ve\u00eda quieto, amodorrado en brazos del aire. Sin saber por qu\u00e9, deten\u00edase el joven; pero luego segu\u00eda andando despacio. Hubiera \u00e9l lanzado al aire el mayor soplo posible de sus pulmones para hacer andar la m\u00e1quina. Era una tonter\u00eda; pero no lo pod\u00eda remediar. El estar parado el motor parec\u00edale se\u00f1al de desventura.<\/span><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><span style=\"font-family: verdana, geneva, sans-serif; font-size: 16px;\">Pero lo que m\u00e1s tormento daba a Maximiliano era la distinta impresi\u00f3n que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura hac\u00eda. Iba siempre acompa\u00f1ado de Nicol\u00e1s, y como adem\u00e1s no se apartaban de la recogida las dos monjas, no hab\u00eda medio de expresarse con confianza. El primer jueves encontr\u00f3 a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba p\u00e1lida y algo triste. Como apenas se sonre\u00eda, falt\u00e1bale aquel rasgo hechicero de la contracci\u00f3n de los labios, que enloquec\u00eda a su amante. La conversaci\u00f3n fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogi\u00f3 mucho, encomiando los progresos que hac\u00eda en la lectura y escritura, y jact\u00e1ndose del cari\u00f1o que le hab\u00edan tomado las se\u00f1oras. Como en uno de los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le hab\u00eda gustado la fiesta de Pentecost\u00e9s, la principal del a\u00f1o en la comunidad, y despu\u00e9s recayera la conversaci\u00f3n sobre temas de iglesia y de culto, expres\u00e1ndose la ne\u00f3fita con bastante calor, Maximiliano volvi\u00f3 a sentirse atormentado por la idea aquella de que su querida se iba a volver m\u00edstica y a enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le ocurr\u00edan cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de distracci\u00f3n de las madres para secretearse con su amada y decirle que no creyera en aquello de la Pentecost\u00e9s, figuraci\u00f3n aleg\u00f3rica nada m\u00e1s, porque no hubo ni pod\u00eda haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo fund\u00f3; a\u00f1adiendo, si pod\u00eda, que la vida contemplativa es la m\u00e1s est\u00e9ril que se puede imaginar, aun como preparaci\u00f3n para la inmortalidad, porque las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que m\u00e1s purifica y ennoblece las almas. Ocioso es a\u00f1adir que se guard\u00f3 para s\u00ed estas doctrinas escandalosas porque era dif\u00edcil expresarlas delante de las madres.<\/span><\/p>\n<p>REDACCI\u00d3N<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&#8211;III&#8211; A la ma\u00f1ana siguiente, Maximiliano encamin\u00f3 sus pasos al convento, no por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras de las cuales respiraba la persona querida. La ma\u00f1ana estaba deliciosa, el cielo despejad\u00edsimo, los \u00e1rboles del paseo de Santa Engracia empezaban a echar la hoja. 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