{"id":19755,"date":"2025-04-26T00:00:27","date_gmt":"2025-04-25T23:00:27","guid":{"rendered":"https:\/\/hojassueltas.es\/?p=19755"},"modified":"2025-04-26T06:58:26","modified_gmt":"2025-04-26T05:58:26","slug":"fortunata-y-jacinta-parte-primera-capitulo-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/hojassueltas.es\/?p=19755","title":{"rendered":"Fortunata y Jacinta &#8211; Parte primera &#8211; Cap\u00edtulo 2"},"content":{"rendered":"<h2 style=\"text-align: justify;\">Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo hist\u00f3rico sobre el comercio matritense<\/h2>\n<h2 style=\"text-align: justify;\">&#8211;<span class=\"smcap\">i<\/span>&#8211;<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en el siglo pasado tuvo ya tienda de pa\u00f1os del Reino en la calle de la Sal, en el mismo local que despu\u00e9s ocup\u00f3 D. Mauro Requejo. Hab\u00eda empezado el padre por la m\u00e1s humilde jerarqu\u00eda comercial, y a fuerza de trabajo, constancia y orden, el hortera de 1796 ten\u00eda, por los a\u00f1os del 10 al 15, uno de los m\u00e1s reputados establecimientos de la Corte en pa\u00f1er\u00eda nacional y extranjera. Don Baldomero II, que as\u00ed es forzoso llamarle para distinguirle del fundador de la dinast\u00eda, hered\u00f3 en 1848 el copioso almac\u00e9n, el s\u00f3lido cr\u00e9dito y la respetabil\u00edsima firma de D. Baldomero I, y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte a\u00f1os m\u00e1s, retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones de reales, despu\u00e9s de traspasar la casa a dos muchachos que serv\u00edan en ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denomin\u00f3 desde entonces <i>Sobrinos de Santa Cruz<\/i>, y a estos sobrinos, D. Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente <i>los Chicos<\/i>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los or\u00edgenes hasta 1848, la casa trabaj\u00f3 m\u00e1s en g\u00e9neros del pa\u00eds que en los extranjeros. Escaray y Pradoluengo la surt\u00edan de pa\u00f1os, Brihuega de bayetas, Antequera de pa\u00f1uelos de lana. En las postrimer\u00edas de aquel reinado fue cuando la casa empez\u00f3 a trabajar en g\u00e9neros <i>de fuera<\/i>, y la reforma arancelaria de 1849 lanz\u00f3 a D. Baldomero II a mayores empresas. No s\u00f3lo realiz\u00f3 contratos con las f\u00e1bricas de B\u00e9jar y Alcoy para dar mejor salida a los productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos patencures, anascotes, c\u00fabicas y chinchillas que ilustran la gloriosa historia de la sastrer\u00eda moderna. Pero de lo que m\u00e1s provecho sac\u00f3 la casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ej\u00e9rcito y la Milicia Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del <i>art\u00edculo para capas<\/i>, el abrigo propiamente espa\u00f1ol que resiste a todas las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la pa\u00f1er\u00eda de Madrid y surt\u00edan a los tenderos de la calle de Atocha, de la Cruz y Toledo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En las contratas de vestuario para el Ej\u00e9rcito y Milicia Nacional, ni Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparec\u00eda como contratista un tal Albert, de origen belga, que hab\u00eda empezado por introducir pa\u00f1os extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficac\u00edsimo de Casarredonda en sus valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantal\u00f3n blanco de los soldados de hace cuarenta a\u00f1os ha sido origen de grand\u00edsimas riquezas. Los <i>fardos de Coru\u00f1as y Viveros<\/i> dieron a Casarredonda y al tal Albert m\u00e1s dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y levitas militares de B\u00e9jar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes no ten\u00edan por qu\u00e9 quejarse. Albert muri\u00f3 el 55, dejando una gran fortuna, que hered\u00f3 su hija casada con el sucesor de Mu\u00f1oz, el de la inmemorial ferreter\u00eda de la calle de Tintoreros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En el reinado de D. Baldomero II, las pr\u00e1cticas y procedimientos comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. All\u00ed no se supo nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para extender por las provincias lim\u00edtrofes el negocio. El refr\u00e1n de <i>el buen pa\u00f1o en el arca se vende<\/i> era verdad como un templo en aquel s\u00f3lido y bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes charlat\u00e1nicas. Demasiado sab\u00edan todos el camino de la casa, y las met\u00f3dicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los descuentos que se hac\u00edan por pronto pago, los plazos que se daban, y todo lo dem\u00e1s concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y parroquiano. El escritorio no alter\u00f3 jam\u00e1s ciertas tradiciones venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. All\u00ed no se usaron nunca estos copiadores de cartas que son una aplicaci\u00f3n de la imprenta a la caligraf\u00eda. La correspondencia se copiaba <i>a pulso<\/i> por un empleado que estuvo cuarenta a\u00f1os sentado en la misma silla delante del mismo atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realiz\u00f3 el traspaso, no se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos a\u00f1os antes del traspaso, no us\u00f3 Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre s\u00ed mismas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su conocimiento de los negocios, suger\u00edanle la idea de que cada hombre pertenece a su \u00e9poca y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe exclusivamente actuar. Demasiado comprendi\u00f3 que el comercio iba a sufrir profunda transformaci\u00f3n, y que no era \u00e9l el llamado a dirigirlo por los nuevos y m\u00e1s anchos caminos que se le abr\u00edan. Por eso, y porque ansiaba retirarse y descansar, traspas\u00f3 su establecimiento a los <i>Chicos<\/i> que hab\u00edan sido deudos y dependientes suyos durante veinte a\u00f1os. Ambos eran trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero para buscar y traer las <i>novedades<\/i>, alma del tr\u00e1fico de telas. La concurrencia crec\u00eda cada a\u00f1o, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y expedir viajantes, mimar al p\u00fablico, contemporizar y abrir cuentas largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los <i>Chicos<\/i> hab\u00edan abarcado tambi\u00e9n el comercio de lanillas, merinos, telas ligeras para vestidos de se\u00f1ora, pa\u00f1oler\u00eda, confecciones y otros art\u00edculos de uso femenino, y adem\u00e1s abrieron tienda al por menor y al <i>vareo<\/i>, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para ellos, la casa ten\u00eda un cr\u00e9dito inmenso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se hab\u00eda hecho pa\u00f1ero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para indemnizarse de un pr\u00e9stamo que le hiciera en 1843. Trabajaba exclusivamente en g\u00e9nero extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su traspaso a los Chicos, tambi\u00e9n Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo, porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quer\u00eda trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos Compa\u00f1\u00edas de seguros. Con esto ten\u00eda lo bastante para no aburrirse. Era hombre que cuando se pon\u00eda a toser hac\u00eda temblar el edificio donde estaba; excelente persona, librecambista rabioso, angl\u00f3mano y solter\u00f3n. Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes bien, se ayudaban cuanto pod\u00edan. El gordo y D. Baldomero trat\u00e1ronse siempre como hermanos en la vida social y como compa\u00f1eros querid\u00edsimos en la comercial, salvo alguna discusi\u00f3n demasiado agria sobre temas arancelarios, porque Arnaiz hab\u00eda hecho la gracia de leer a Bastiat y concurr\u00eda a los <i>meetings<\/i> de la Bolsa, no precisamente para o\u00edr y callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretend\u00eda que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria espa\u00f1ola. \u00abSi esos catalanes no fabrican m\u00e1s que adefesios \u2014dec\u00eda Arnaiz entre tos y tos\u2014, y reparten dividendos de sesenta por ciento a los accionistas&#8230;\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2014\u00a1Dale!, ya pareci\u00f3 aquello\u2014respond\u00eda don Baldomero\u2014Pues yo te probar\u00e9&#8230;<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Sol\u00eda no probar nada, ni el otro tampoco, qued\u00e1ndose cada cual con su opini\u00f3n; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. Tambi\u00e9n hab\u00eda entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque do\u00f1a B\u00e1rbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de Bonifacio Arnaiz, comerciante en pa\u00f1oler\u00eda de la China. Y escudri\u00f1ando los troncos de estos linajes matritenses, ser\u00eda f\u00e1cil encontrar que los Arnaiz y los Santa Cruz ten\u00edan en sus diferentes ramas una savia com\u00fan, la savia de los Trujillos. \u00abTodos somos unos\u2014dijo alguna vez el gordo en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades democr\u00e1ticas\u2014, t\u00fa por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos netos, <i>de patente<\/i>; descendemos de aquel Mat\u00edas Trujillo que tuvo albarder\u00eda en la calle de Toledo all\u00e1 por los tiempos del mot\u00edn de capas y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ram\u00f3n Trujillo&#8230; ya sab\u00e9is que me le han hecho conde&#8230; le he dicho que adopte por escudo un frontil y una j\u00e1quima con un letrero que diga: <i>Pertenec\u00ed a Babieca<\/i>&#8230;\u00bb.<\/p>\n<hr \/>\n<h2 style=\"text-align: justify;\">&#8211;<span class=\"smcap\">ii<\/span>&#8211;<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Naci\u00f3 Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callej\u00f3n de San Crist\u00f3bal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o casas de mu\u00f1ecas. Los techos se cog\u00edan con la mano; las escaleras hab\u00eda que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parec\u00edan destinadas a la premeditaci\u00f3n de alg\u00fan crimen. Hab\u00eda moradas de estas, a las cuales se entraba por la cocina. Otras ten\u00edan los pisos en declive, y en todas ellas o\u00edase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se ve\u00edan mezquinos arcos de f\u00e1brica para sostener el entramado de las escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcci\u00f3n como escaseaban el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones de estos \u00faltimos veinte a\u00f1os; pero la estrechez de las viviendas subsiste.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Creci\u00f3 B\u00e1rbara en una atm\u00f3sfera saturada de olor de s\u00e1ndalo, y las fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pa\u00f1oler\u00eda chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su ni\u00f1ez. Como se recuerda a las personas m\u00e1s queridas de la familia, as\u00ed vivieron y viven siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniqu\u00eds de tama\u00f1o natural vestidos de mandar\u00edn que hab\u00eda en la tienda y en los cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excit\u00f3 la atenci\u00f3n naciente de la ni\u00f1a, cuando estaba en brazos de su ni\u00f1era, fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus magn\u00edficos trajes morados. Tambi\u00e9n hab\u00eda por all\u00ed una persona a quien la ni\u00f1a miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de candoroso chino. Era el retrato de Ay\u00fan, de cuerpo entero y tama\u00f1o natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresi\u00f3n. Mal conocido es en Espa\u00f1a el nombre de este peregrino artista, aunque sus obras han estado y est\u00e1n a la vista de todo el mundo, y nos son familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los pa\u00f1uelos de Manila, el inventor del tipo de rameado m\u00e1s vistoso y elegante, el poeta fecund\u00edsimo de esos madrigales de cresp\u00f3n compuestos con flores y rimados con p\u00e1jaros. A este ilustre chino deben las espa\u00f1olas el hermos\u00edsimo y caracter\u00edstico chal que tanto favorece su belleza, el mant\u00f3n de Manila, al mismo tiempo se\u00f1oril y popular, pues lo han llevado en sus hombros la gran se\u00f1ora y la gitana. Envolverse en \u00e9l es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventar\u00e1 nada que iguale a la ingenua poes\u00eda del mant\u00f3n, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sue\u00f1o y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va desterrando, y s\u00f3lo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo saca de las arcas en las grandes \u00e9pocas de la vida, en los bautizos y en las bodas, como se da al viento un himno de alegr\u00eda en el cual hay una estrofa para la patria. El mant\u00f3n ser\u00eda una prenda vulgar si tuviera la ciencia del dise\u00f1o; no lo es por conservar el car\u00e1cter de las artes primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la infancia, candoroso y rico de color, f\u00e1cilmente comprensible y refractario a los cambios de la moda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las panderetas o los toros, no es nuestra en realidad m\u00e1s que por el uso; se la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ay\u00fan, que consagr\u00f3 a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido era el buen hombre al comercio espa\u00f1ol, que enviaba a los de ac\u00e1 su retrato y los de sus catorce mujeres, unas se\u00f1oras tiesas y p\u00e1lidas como las que se ven pintadas en las tazas, con los pies incre\u00edbles por lo chicos y las u\u00f1as incre\u00edbles tambi\u00e9n por lo largas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la contemplaci\u00f3n de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus sentidos, ninguna tan segura como la impresi\u00f3n de aquellas flores bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parec\u00eda cuajarse en ellas el roc\u00edo. En d\u00edas de gran venta, cuando hab\u00eda muchas se\u00f1oras en la tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de pa\u00f1uelos, la l\u00f3brega tienda semejaba un jard\u00edn. Barbarita cre\u00eda que se podr\u00edan coger flores a pu\u00f1ados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar canastillas y adornarse el pelo. Cre\u00eda que se podr\u00edan deshojar y tambi\u00e9n que ten\u00edan olor. Esto era verdad, porque desped\u00edan ese tufillo de los embalajes asi\u00e1ticos, mezcla de s\u00e1ndalo y de resinas ex\u00f3ticas que nos trae a la mente los misterios budistas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">M\u00e1s adelante pudo la ni\u00f1a apreciar la belleza y variedad de los abanicos que hab\u00eda en la casa, y que eran una de las principales riquezas de ella. Qued\u00e1base pasmada cuando ve\u00eda los dedos de su mam\u00e1 sac\u00e1ndolos de las perfumadas cajas y abri\u00e9ndolos como saben abrirlos los que comercian en este art\u00edculo, es decir, con un desgaire r\u00e1pido que no los estropea y que hace ver al p\u00fablico la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de las varillas. Barbarita abr\u00eda cada ojo como los de un ternero cuando su mam\u00e1, sent\u00e1ndola sobre el mostrador, le ense\u00f1aba abanicos sin dej\u00e1rselos tocar; y se embebec\u00eda contemplando aquellas figuras tan monas, que no le parec\u00edan personas, sino <i>chinos<\/i>, con las caras redondas y tersas como hojitas de rosa, todos ellos risue\u00f1os y est\u00fapidos, pero muy lindos, lo mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos \u00e1rboles que parec\u00edan matitas de albahaca&#8230; \u00a1Y pensar que los \u00e1rboles eran el t\u00e9 nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor de barriga&#8230;!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ocuparon m\u00e1s adelante el primer lugar en el tierno coraz\u00f3n de la hija de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sue\u00f1os inocentes, otras preciosidades que la mam\u00e1 sol\u00eda mostrarle de vez en cuando, previa amonestaci\u00f3n de no tocarlos; objetos labrados en marfil y que deb\u00edan de ser los juguetes con que los \u00e1ngeles se divert\u00edan en el Cielo. Eran al modo de torres de muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por una y otra banda; tambi\u00e9n estuchitos, cajas para guantes y joyas, botones y juegos lind\u00edsimos de ajedrez. Por el respeto con que su mam\u00e1 los cog\u00eda y los guardaba, cre\u00eda Barbarita que conten\u00edan algo as\u00ed como el Vi\u00e1tico para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le hab\u00edan dejado satisfacer su anhelo de coger para s\u00ed aquellas moner\u00edas. Hubi\u00e9rase contentado ella, en vista de prohibici\u00f3n tan absoluta, con aproximar la yema del dedo \u00edndice al pico de una de las torres; pero ni aun esto&#8230; Lo m\u00e1s que se le permit\u00eda era poner sobre el tablero de ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no hab\u00eda escaparates), todas las piezas de un juego, no de los m\u00e1s finos, a un lado las blancas, a otro las encarnadas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los \u00fanicos hijos de D. Bonifacio Arnaiz y de do\u00f1a Asunci\u00f3n Trujillo. Cuando tuvo edad para ello, fue a la escuela de una tal do\u00f1a Calixta, sita en la calle Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las ni\u00f1as con quienes la de Arnaiz hac\u00eda mejores migas, eran dos de su misma edad y vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del due\u00f1o de la droguer\u00eda de la calle de Carretas, la otra de Mu\u00f1oz, el comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Mu\u00f1oz era muy vanidosa, y dec\u00eda que no hab\u00eda casa como la suya y que daba gusto verla toda llena de unos pedazos de hierro <i>mu<\/i> grandes, <i>del tama\u00f1o de la ca\u00f1a de do\u00f1a Calixta<\/i>, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos hombres los pod\u00edan levantar. Luego hab\u00eda un sin fin de martillos, garfios, peroles <i>mu grandes, mu grandes<\/i>&#8230; \u00abm\u00e1s anchos que este cuarto\u00bb. Pues, \u00bfy los paquetes de clavos? \u00bfQu\u00e9 cosa hab\u00eda m\u00e1s bonita? \u00bfY las llaves que parec\u00edan de plata, y las planchas, y los anafres, y otras cosas lind\u00edsimas? Sosten\u00eda que ella no necesitaba que sus pap\u00e1s le comprasen mu\u00f1ecas, porque las hac\u00eda con un martillo, visti\u00e9ndolo con una toalla. \u00bfPues y las agujas que hab\u00eda en su casa? No se acertaban a contar. Como que todo Madrid iba all\u00ed a comprar agujas, y su pap\u00e1 se carteaba con el fabricante&#8230; Su pap\u00e1 recib\u00eda miles de cartas al d\u00eda, y las cartas ol\u00edan a hierro&#8230; como que ven\u00edan de Inglaterra, donde todo es de hierro, hasta los caminos&#8230; \u00abS\u00ed, hija, s\u00ed, mi pap\u00e1 me lo ha dicho. Los caminos est\u00e1n embaldosados de hierro, y por all\u00ed encima van los coches echando demonios\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucher\u00edas, que mostraba para dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes, argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que ten\u00eda en m\u00e1s estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos d\u00edas, era su colecci\u00f3n de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes inservibles, y que ten\u00edan el famoso escudo ingl\u00e9s, con la jarretiera, el leopardo y el unicornio. En todas ellas se le\u00eda: Birmingham. \u00abVeis&#8230; este se\u00f1or <i>Berming\u00e1n<\/i> es el que se cartea con mi pap\u00e1 todos los d\u00edas, en ingl\u00e9s; y son tan amigos, que siempre le est\u00e1 diciendo que vaya all\u00e1; y hace poco le mand\u00f3, dentro de una caja de clavos, un jam\u00f3n ahumado que ol\u00eda como a chamusquina, y un pastel\u00f3n as\u00ed, mirad, del tama\u00f1o del brasero de do\u00f1a Calixta, que ten\u00eda dentro muchas pasas chiquirrininas, y picaba como la guindilla; pero <i>mu<\/i> rico, hijas, <i>mu<\/i> rico\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de p\u00edldoras, de barnices o de ingredientes para te\u00f1irse el pelo. Los mostraba uno por uno, dejando para el final el gran efecto, que consist\u00eda en sacar de s\u00fabito el pa\u00f1uelo y ponerlo en las narices de sus amigas, dici\u00e9ndoles: <i>goled<\/i>. Efectivamente, qued\u00e1banse las otras medio desvanecidas con el fuerte olor de agua de Colonia o de los <i>siete ladrones<\/i>, que el pa\u00f1uelo ten\u00eda. Por un momento, la admiraci\u00f3n las hac\u00eda enmudecer; pero poco a poco \u00edbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con el cual dec\u00eda que iba a hacer un espejo. Dif\u00edcil era borrar la grata impresi\u00f3n y el \u00e9xito del perfume. La ferretera, algo corrida, ten\u00eda que guardar los trebejos, despu\u00e9s de o\u00edr comentarios verdaderamente injustos. La de la droguer\u00eda hac\u00eda muchos ascos, diciendo: \u00ab\u00a1Uy, c\u00f3mo apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Al siguiente d\u00eda, Barbarita, que no quer\u00eda dar su brazo a torcer, llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos chinescos. Despu\u00e9s de darse mucha importancia, haciendo que lo ense\u00f1aba y volvi\u00e9ndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba al punto de la desaz\u00f3n nerviosa, de repente pon\u00eda el papel en las narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: \u00ab\u00bfY eso?\u00bb. Qued\u00e1banse Castita y Eulalia atontadas con el aroma asi\u00e1tico, vacilando entre la admiraci\u00f3n y la envidia; pero al fin no ten\u00edan m\u00e1s remedio que humillar su soberbia ante el olorcillo aquel de la ni\u00f1a de Arnaiz, y le ped\u00edan por Dios que las dejase catarlo m\u00e1s. Barbarita no gustaba de prodigar su tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las otras, lo volv\u00eda a retirar con movimiento de cautela y avaricia, temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus amigas, como se escapa el humo por el ca\u00f1\u00f3n de una chimenea. El tiro de aquellos olfatorios era tremendo. Por \u00faltimo, las dos amiguitas y otras que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia do\u00f1a Calixta, que sol\u00eda descender a la familiaridad con las alumnas ricas, reconoc\u00edan, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna ni\u00f1a ten\u00eda cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.<\/p>\n<hr \/>\n<h2 style=\"text-align: justify;\">&#8211;<span class=\"smcap\">iii<\/span>&#8211;<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esta ni\u00f1a y otras del barrio, bien apa\u00f1aditas por sus respectivas mam\u00e1s, peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre los hombros pa\u00f1uelo de Manila de los que llaman de talle, se reun\u00edan en un portal de la calle de Postas para pedir <i>el cuartito para la Cruz de Mayo<\/i>, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una mesilla forrada de damasco rojo. Los due\u00f1os de la casa llamada <i>del portal de la Virgen<\/i>, celebraban aquel d\u00eda una simp\u00e1tica fiesta y pon\u00edan all\u00ed, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todav\u00eda existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de nacimiento. A la Virgen, que a\u00fan se venera all\u00ed, la enramaban tambi\u00e9n con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se pon\u00eda la montera y el chaleco encarnado. Las peque\u00f1uelas, si los mayores se descuidaban, romp\u00edan la consigna y se echaban a la calle, en re\u00f1ida competencia con otras chiquillas pedig\u00fce\u00f1as, correteando de una acera a otra, deteniendo a los se\u00f1ores que pasaban, y acos\u00e1ndoles hasta obtener el ochavito. Hemos o\u00eddo contar a la propia Barbarita que para ella no hab\u00eda dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros de entonces eran en esto mucho m\u00e1s galantes que los de ahora, pues no desairaban a ninguna ni\u00f1a bien vestidita que se les colgara de los faldones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ya hab\u00eda completado la hija de Arnaiz su educaci\u00f3n (que era harto sencilla en aquellos tiempos y consist\u00eda en leer sin acento, escribir sin ortograf\u00eda, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con punto de marca el dechado), cuando perdi\u00f3 a su padre. Ocupaciones serias vinieron entonces a robustecer su esp\u00edritu y a redondear su car\u00e1cter. Su madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario de la casa, en la cual hab\u00eda alg\u00fan desorden. Sobre las existencias de pa\u00f1oler\u00eda no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al contarlas apareci\u00f3 m\u00e1s de lo que se cre\u00eda. En el s\u00f3tano estaban, muertos de risa, varios fardos de cajas que a\u00fan no hab\u00edan sido abiertos. Adem\u00e1s de esto, las casas importadoras de C\u00e1diz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos remesas considerables que estaban ya en camino. No hab\u00eda m\u00e1s remedio que cargar con todo aquel exceso de g\u00e9nero, lo que realmente era una contrariedad comercial en tiempos en que parec\u00eda iniciarse la generalizaci\u00f3n de los abrigos <i>confeccionados<\/i>, not\u00e1ndose adem\u00e1s en la clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia del mant\u00f3n de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pa\u00f1uelos llamados de talle, que eran los m\u00e1s baratos, se vend\u00edan bien en Madrid (mayormente el d\u00eda de San Lorenzo, para la<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><i>parroquia de la chinche<\/i>) y ten\u00edan regular salida para Valencia y M\u00e1laga, en cambio el gran mant\u00f3n, los ricos chales de tres, cuatro y cinco mil reales se vend\u00edan muy poco, y pasaban meses sin que ninguna parroquiana se atreviera con ellos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que s\u00f3lo en aquel art\u00edculo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar, ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la correspondencia y las facturas venidas directamente de Cant\u00f3n o remitidas por las casas de C\u00e1diz. Indudablemente el difunto Arnaiz no hab\u00eda visto claro al hacer tantos pedidos; se ceg\u00f3, deslumbrado por cierta alucinaci\u00f3n mercantil; tal vez sinti\u00f3 demasiado <i>el amor al art\u00edculo<\/i> y fue m\u00e1s artista que comerciante. Hab\u00eda sido dependiente y socio de la Compa\u00f1\u00eda de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por s\u00ed el negocio de pa\u00f1oler\u00eda de Cant\u00f3n, cre\u00eda conocerlo mejor que nadie. En verdad que lo conoc\u00eda; pero ten\u00eda una fe imprudente en la perpetuidad de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad del pueblo espa\u00f1ol con los espl\u00e9ndidos crespones rameados de mil colores. \u00abMientras m\u00e1s chillones\u2014dec\u00eda\u2014, m\u00e1s venta\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">En esto apareci\u00f3 en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que acab\u00f3 de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senqu\u00e1, del cual puede decirse que representaba con respecto a Ay\u00fan, en aquel arte budista, lo que en la m\u00fasica representaba Beethoven con respecto a Mozart. Senqu\u00e1 modific\u00f3 el estilo de Ay\u00fan, d\u00e1ndole m\u00e1s amplitud, variando m\u00e1s los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas, po\u00e9ticas y elegantes, sinfon\u00edas poderosas con derroche de vida, combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las primeras muestras del estilo de Senqu\u00e1 y chiflarse por completo, fue todo uno. \u00ab\u00a1Bar\u00e1stolis!, \u00a1esto es la gloria divina\u2014dec\u00eda\u2014; es mucho chino este&#8230;!\u00bb. Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel excelente hombre, porque le cogi\u00f3 la muerte.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de Madr\u00e1s y objetos de marfil tambi\u00e9n arrojaba cifras muy altas, y se hizo minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las preciosidades que en su ni\u00f1ez le parec\u00edan juguetes y que le hab\u00edan producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no vio nunca con indiferencia tales chucher\u00edas, y hoy mismo declara que cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de marfil, le dan ganas de guard\u00e1rselo en el seno y echar a correr.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cumplidos los quince a\u00f1os, era Barbarita una chica bonit\u00edsima, torneadita, fresca y sonrosada, de car\u00e1cter jovial, inquieto y un tanto burl\u00f3n. No hab\u00eda tenido novio a\u00fan, ni su madre se lo permit\u00eda. Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La mam\u00e1 ten\u00eda sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas l\u00edneas para realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad casi \u00edntima, y adem\u00e1s ten\u00edan v\u00ednculos de parentesco con los Trujillos. La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de la calle de Toledo, cuya historia sab\u00eda tan bien el gordo Arnaiz. Las dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra, asombr\u00e1ronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa&#8230; \u00abya se ve, era tan natural&#8230;\u00bb y aplaudi\u00e9ndose rec\u00edprocamente, resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del extreme\u00f1o aquel de los aparejos borricales se distingu\u00edan siempre por su costumbre de trazar una l\u00ednea muy corta y muy recta entre la idea y el hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Muchas veces hab\u00eda visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero nunca le pas\u00f3 por las mientes que ser\u00eda su marido, porque el tal, no s\u00f3lo no le hab\u00eda dicho nunca media palabra de amores, sino que ni siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cort\u00edsimo de genio, sos\u00f3n como una calabaza, y de tan pocas palabras que se pod\u00edan contar siempre que hablaba. Su timidez no dec\u00eda bien con su corpulencia. Ten\u00eda un mirar leal y cari\u00f1oso, <i>como el de un gran perro de aguas<\/i>.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los d\u00edas que lo mandaba la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas diarias o m\u00e1s en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el dinero que le daban sus pap\u00e1s. A pesar de estas raras dotes, Barbarita, si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la casa, lo que acontec\u00eda muy pocas veces, le miraba con el mismo inter\u00e9s con que se puede mirar una saca de carb\u00f3n o un fardo de tejidos. As\u00ed es que se qued\u00f3 como quien ve visiones cuando su madre, cierto d\u00eda de precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no emple\u00f3 para esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto con estilo llano y decidido. \u00a1Ah, la l\u00ednea recta de los Trujillos&#8230;!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y sab\u00eda sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se qued\u00f3 algo mortecina y tuvo verg\u00fcenza de decir a su mam\u00e1 que no quer\u00eda maldita cosa al chico de Santa Cruz&#8230; Lo iba a decir; pero la cara de su madre pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la l\u00ednea corta y sin curvas, la barra de acero trujillesca, y la pobre ni\u00f1a sinti\u00f3 miedo, \u00a1ay qu\u00e9 miedo! Bien conoci\u00f3 que su madre se hab\u00eda de poner como una leona, si ella se sal\u00eda con la inocentada de querer m\u00e1s o menos. Callose, pues, como en misa, y a cuanto la mam\u00e1 le dijo aquel d\u00eda y los subsiguientes sobre el mismo tema del casorio, respond\u00eda con signos y palabras de humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio coraz\u00f3n, en el cual encontraba a la vez pena y consuelo. No sab\u00eda lo que era amor; tan s\u00f3lo lo sospechaba. Verdad que no quer\u00eda a su novio; pero tampoco quer\u00eda a otro. En caso de querer a alguno, este alguno pod\u00eda ser aquel.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lo m\u00e1s particular era que Baldomero, despu\u00e9s de concertada la boda, y cuando ve\u00eda regularmente a su novia, no le dec\u00eda de cosas de amor ni una miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mam\u00e1, que sol\u00eda dejarles solos un ratito, le dieran ocasi\u00f3n de lucirse como gal\u00e1n. Pero nada&#8230; Aquel zagalote guapo y desabrido no sab\u00eda salir en su conversaci\u00f3n de las rutinas m\u00e1s triviales. Su timidez era tan ceremoniosa como su levita de pa\u00f1o negro, de lo mejor de Sed\u00e1n, y que parec\u00eda, usada por \u00e9l, como un reclamo del buen g\u00e9nero de la casa. Hablaba de los reverberos que hab\u00eda puesto el marqu\u00e9s de Pontejos, del c\u00f3lera del a\u00f1o anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas casas magn\u00edficas que se iban a edificar en los solares de los derribados conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una tienda; pero sonaba a cencerrada en el coraz\u00f3n de una doncella, que no estando enamorada, ten\u00eda ganas de estarlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tambi\u00e9n pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesi\u00f3n iba por dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandull\u00f3n, no ten\u00eda alma para sacarla fuera. \u00ab\u00bfMe querr\u00e1?\u00bb se preguntaba la novia. Pronto hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor expl\u00edcitamente, era por pura cortedad y por no saber c\u00f3mo arrancarse; pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduci\u00e9ndose a declararlo con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda el amor m\u00e1s sublime es el m\u00e1s discreto, y las bocas m\u00e1s elocuentes aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la joven razonando as\u00ed, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban vivir. \u00ab\u00a1Si tambi\u00e9n le estar\u00e9 yo queriendo sin saberlo!\u00bb pensaba. \u00a1Oh!, no; interrog\u00e1ndose y respondi\u00e9ndose con toda lealtad, resultaba que no le quer\u00eda absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrec\u00eda, y algo \u00edbamos ganando.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y en este desabrid\u00edsimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los cuales Baldomero se solt\u00f3 y despabil\u00f3 algo. Su boca se fue desellando poquito a poco hasta que rompi\u00f3, como un erizo de casta\u00f1a que madura y se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue soltando las casta\u00f1as, aquellas ideas elaboradas y guardadas con religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestaci\u00f3n. Lleg\u00f3 por fin el d\u00eda se\u00f1alado para la boda, que fue el 3 de Mayo de 1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instal\u00e1ndose en la casa del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la Le\u00f1a.<\/p>\n<hr \/>\n<h2 style=\"text-align: justify;\">&#8211;<span class=\"smcap\">iv<\/span>&#8211;<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">A los dos meses de casados, y despu\u00e9s de una temporadilla en que Barbarita estuvo algo distra\u00edda, melanc\u00f3lica y como con ganas de llorar, alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en tan malas condiciones hecho, s\u00edntomas de idilio. Baldomero parec\u00eda otro. En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la casa y decir una palabrita a su mujer, cogi\u00e9ndola en los pasillos o donde la encontrase. Tambi\u00e9n sol\u00eda equivocarse al sentar una partida, y cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional r\u00fabrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa, terminando el rasgo final hacia arriba como una invocaci\u00f3n de gratitud dirigida al Cielo. Sal\u00eda muy poco, y dec\u00eda a sus amigos \u00edntimos que no se cambiar\u00eda por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no hab\u00eda felicidad semejante a la suya. B\u00e1rbara manifestaba a su madre con gozo discreto, que Baldomero no le daba el m\u00e1s m\u00ednimo disgusto; que los dos caracteres se iban armonizando perfectamente, que \u00e9l era bueno como el mejor pan y que ten\u00eda mucho talento, un talento que se descubr\u00eda donde y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos en la casa materna, ya no se la pod\u00eda aguantar, porque se pon\u00eda desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: \u00abMe voy, que est\u00e1 mi marido solo\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El idilio se acentuaba cada d\u00eda, hasta el punto de que la madre de Barbarita, disimulando su satisfacci\u00f3n, dec\u00eda a esta: \u00abPero, hija, vais a dejar tama\u00f1itos a los <i>Amantes de Teruel<\/i>\u00bb. Los esposos sal\u00edan a paseo juntos todas las tardes. Jam\u00e1s se ha visto a D. Baldomero II en un teatro sin tener al lado a su mujer. Cada d\u00eda, cada mes y cada a\u00f1o, eran m\u00e1s t\u00f3rtolos, y se quer\u00edan y estimaban m\u00e1s. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s de casados, parec\u00eda que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto siempre en su esposo el hombre m\u00e1s completo y digno de ser amado que en el mundo existe. C\u00f3mo se compenetraron ambos caracteres, c\u00f3mo se form\u00f3 la conjunci\u00f3n inaudita de aquellas dos almas, ser\u00eda muy largo de contar. El se\u00f1or y la se\u00f1ora de Santa Cruz, que a\u00fan viven y ojal\u00e1 vivieran mil a\u00f1os, son el matrimonio m\u00e1s feliz y m\u00e1s admirable del presente siglo. Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antip\u00e1ticos salones de la Vicar\u00eda, para eterna ejemplaridad de las generaciones futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la ep\u00edstola de San Pablo, incluyeran alg\u00fan parrafito, en lat\u00edn o castellano, referente a estos excelsos casados. Do\u00f1a Asunci\u00f3n Trujillo, que falleci\u00f3 en 1841 en un d\u00eda triste de Madrid, el d\u00eda en que fusilaron al general Le\u00f3n, sali\u00f3 de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la bienaventuranza no necesitaba alegar m\u00e1s t\u00edtulo que el de autora de aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana Trujillo, madre de Baldomero, la cual hab\u00eda muerto el a\u00f1o anterior, porque Asunci\u00f3n probar\u00eda ante todas las canciller\u00edas celestiales que a ella se le hab\u00eda ocurrido la sublime idea antes que a su prima.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ni los a\u00f1os, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el profund\u00edsimo cari\u00f1o de estos benditos c\u00f3nyuges. Ya ten\u00edan canas las cabezas de uno y otro, y D. Baldomero dec\u00eda a todo el que quisiera o\u00edrle que amaba a su mujer <i>como el primer d\u00eda<\/i>. Juntos siempre en el paseo, juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la funci\u00f3n si el otro no la ve tambi\u00e9n. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso para la familia, se hacen rec\u00edprocamente sus regalitos, y para colmo de felicidad, ambos disfrutan de una salud espl\u00e9ndida. El deseo final del se\u00f1or de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo d\u00eda y a la misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Les conoc\u00ed en 1870. D. Baldomero ten\u00eda ya sesenta a\u00f1os, Barbarita cincuenta y dos. \u00c9l era un se\u00f1or de muy buena presencia, el pelo entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, m\u00e1s joven que muchos hombres de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, \u00e1gil y bien dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez, una mujer guap\u00edsima, casi estoy por decir mon\u00edsima. Su cara ten\u00eda la frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todav\u00eda, y no usaba m\u00e1s afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo que, aun sin cors\u00e9, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas que andan por ah\u00ed. Su cabello se hab\u00eda puesto ya enteramente blanco, lo cual la favorec\u00eda m\u00e1s que cuando lo ten\u00eda entrecano. Parec\u00eda pelo empolvado a estilo Pompadour, y como lo ten\u00eda tan rizoso y tan bien partido sobre la frente, muchos sosten\u00edan que ni all\u00ed hab\u00eda canas ni Cristo que lo fund\u00f3. Si Barbarita presumiera, habr\u00eda podido recortar muy bien los cincuenta y dos a\u00f1os plant\u00e1ndose en los treinta y ocho, sin que nadie le sacara la cuenta, porque la fisonom\u00eda y la expresi\u00f3n eran de juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel&#8230; Pues si hubiera querido presumir con malicia, \u00a1digo&#8230;!, a no ser lo que era, una matrona respetabil\u00edsima con toda la sal de Dios en su coraz\u00f3n, habr\u00eda visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les chorrea por la corteza todo el az\u00facar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00bfY Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer a\u00f1o de aquel matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con \u00e9l este mes, el que viene y el otro, y estaban vi\u00e9ndole venir y dese\u00e1ndole como los jud\u00edos al Mes\u00edas. A veces se entristec\u00edan con la tardanza; pero la fe que ten\u00edan en \u00e9l les reanimaba. Si tarde o temprano hab\u00eda de venir&#8230; era cuesti\u00f3n de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres, porque se entretuvo diez a\u00f1os por all\u00e1, haci\u00e9ndoles rabiar. No se dejaba ver de Barbarita m\u00e1s que en sue\u00f1os, en diferentes aspectos infantiles, ya comi\u00e9ndose los pu\u00f1os cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picard\u00eda en los ojos. Por fin Dios le mand\u00f3 en carne mortal, cuando los esposos empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les hab\u00eda enga\u00f1ado. D\u00eda de j\u00fabilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su puesto en el m\u00e1s dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino del cr\u00edo el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: \u00abA m\u00ed no me la das t\u00fa. Aqu\u00ed ha habido matute. Este ternero lo has tra\u00eddo de la Inclusa para engarnmos&#8230; \u00a1Ah!, estos proteccionistas no son m\u00e1s que contrabandistas disfrazados\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cri\u00e1ronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero no ten\u00eda car\u00e1cter para poner un freno a su estrepitoso cari\u00f1o paternal, ni para meterse en severidades de educaci\u00f3n y formar al chico como le formaron a \u00e9l. Si su mujer lo permitiera, habr\u00eda llevado Santa Cruz su indulgencia hasta consentir que el ni\u00f1o hiciera en todo su real gana. \u00bfEn qu\u00e9 consist\u00eda que habiendo sido \u00e9l educado tan r\u00edgidamente por D. Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? \u00a1Efectos de la evoluci\u00f3n educativa, paralela de la evoluci\u00f3n pol\u00edtica! Santa Cruz ten\u00eda muy presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que le impon\u00eda, y las privaciones que le hab\u00eda hecho sufrir. Todas las noches del a\u00f1o le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la casa; hasta que cumpli\u00f3 los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en corporaci\u00f3n con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino el d\u00eda de Pascua, y le hac\u00edan un trajecito nuevo cada a\u00f1o, el cual no se pon\u00eda m\u00e1s que los domingos. Ten\u00edanle trabajando en el escritorio o en el almac\u00e9n desde las nueve de la ma\u00f1ana a las ocho de la noche, y hab\u00eda de servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir cartas. Al anochecer, sol\u00eda su padre echarle los tiempos por encender el vel\u00f3n de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente due\u00f1as del local. En lo tocante a juegos, no conoci\u00f3 nunca m\u00e1s que el mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho despu\u00e9s del tiempo en que empez\u00f3 a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo, sordidez. Pero lo m\u00e1s particular era que creyendo D. Baldomero que tal sistema hab\u00eda sido eficac\u00edsimo para formarle a \u00e9l, lo ten\u00eda por deplorable trat\u00e1ndose de su hijo. Esto no era una falta de l\u00f3gica, sino la consagraci\u00f3n pr\u00e1ctica de la idea madre de aquellos tiempos, el progreso. \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al pensarlo sent\u00eda ganas de dejar al chico entregado a sus propios instintos. Hab\u00eda o\u00eddo muchas veces a los economistas que iban de tertulia a casa de Cantero, la c\u00e9lebre frase <i>laissez aller, laissez passer<\/i>&#8230; El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sosten\u00edan que todos los grandes problemas se resuelven por s\u00ed mismos, y D. Pedro Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la pol\u00edtica el sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay m\u00e1s que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del aire. El hombre se educa s\u00f3lo en virtud de las suscepciones constantes que determina en su esp\u00edritu la conciencia, ayudada del ambiente social. D. Baldomero no lo dec\u00eda as\u00ed; pero sus vagas ideas sobre el asunto se condensaban en una expresi\u00f3n de moda y muy socorrida: \u00abel mundo marcha\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Felizmente para Juanito, estaba all\u00ed su madre, en quien se equilibraban maravillosamente el coraz\u00f3n y la inteligencia. Sab\u00eda coger las disciplinas cuando era menester, y sab\u00eda ser indulgente a tiempo. Si no le pas\u00f3 nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que iba a la Universidad y entraba en la c\u00e1tedra de Salmer\u00f3n, en cambio no le dispens\u00f3 del cumplimiento de los deberes religiosos m\u00e1s elementales. Bien sab\u00eda el muchacho que si hac\u00eda novillos a la misa de los domingos, no ir\u00eda al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en Junio, no hab\u00eda dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el campo con Estupi\u00f1\u00e1 (luego hablar\u00e9 de este tipo) para cazar p\u00e1jaros con red o liga, ni los dem\u00e1s divertimientos con que se recompensaba su aplicaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mientras estudi\u00f3 la segunda ense\u00f1anza en el colegio de Masarnau, donde estaba a media pensi\u00f3n, su mam\u00e1 le repasaba las lecciones todas las noches, se las met\u00eda en el cerebro a pu\u00f1ados y a empujones, como se mete la lana en un coj\u00edn. Ved por d\u00f3nde aquella se\u00f1ora se convirti\u00f3 en sibila, int\u00e9rprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al ni\u00f1o los puntos oscuros que en los libros hab\u00eda, y aclaraba todas sus dudas, all\u00e1 como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta d\u00f3nde llegaba la sabidur\u00eda enciclop\u00e9dica de do\u00f1a B\u00e1rbara, estimulada por el amor materno, baste decir que tambi\u00e9n le traduc\u00eda los temas de lat\u00edn, aunque en su vida hab\u00eda ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que era traducci\u00f3n libre, mejor dicho, liberal, casi demag\u00f3gica. Pero Fedro y Cicer\u00f3n no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el disc\u00edpulo sab\u00eda. Tambi\u00e9n le cultivaba la memoria, descarg\u00e1ndosela de f\u00e1rrago in\u00fatil, y le hac\u00eda ver claros los problemas de aritm\u00e9tica elemental, vali\u00e9ndose de garbanzos o jud\u00edas, pues de otro modo no andaba ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural, sol\u00eda la maestra llamar en su auxilio al le\u00f3n del Retiro, y \u00fanicamente en la Qu\u00edmica se quedaban los dos parados, mir\u00e1ndose el uno al otro, concluyendo ella por meterle en la memoria las f\u00f3rmulas, despu\u00e9s de observar que estas cosas no las entienden m\u00e1s que los boticarios, y que todo se reduce a si se pone m\u00e1s o menos cantidad de agua del pozo. Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba riendo que con estos teje-manejes se hab\u00eda vuelto, sin saberlo, una do\u00f1a Beatriz Galindo para latines y una catedr\u00e1tica universal.<\/p>\n<hr \/>\n<h2 style=\"text-align: justify;\">&#8211;<span class=\"smcap\">v<\/span>&#8211;<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para ac\u00e1, sufri\u00f3 la casa de Santa Cruz la transformaci\u00f3n impuesta por los tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo esencial. En el escritorio y en el almac\u00e9n aparecieron los primeros mecheros de gas hacia el a\u00f1o 49, y el famoso vel\u00f3n de cuatro luces recibi\u00f3 tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le volvi\u00f3 a ver m\u00e1s por ninguna parte. En la caja hab\u00edan entrado ya los primeros billetes del Banco de San Fernando, que s\u00f3lo se usaban para el pago de letras, pues el p\u00fablico los miraba a\u00fan con malos ojos. Se hablaba a\u00fan de talegas, y la operaci\u00f3n de contar cualquier cantidad era obra para que la desempe\u00f1ara Pit\u00e1goras u otro gran aritm\u00e9tico, pues con los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros espa\u00f1oles, los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las monedas macuquinas, se armaba un bel\u00e9n espantoso.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A\u00fan no se conoc\u00edan el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas del citado progreso. Pero ya los dependientes hab\u00edan empezado a sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D. Baldomero I, a quienes no se permit\u00eda salir sino los domingos y en comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patr\u00f3n \u00fanico, para que resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, seg\u00fan las aficiones de cada uno. Pero en lo que no hubo variaci\u00f3n fue en aquel piadoso atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pas\u00f3 a la historia hasta la \u00e9poca reciente del traspaso a <i>los Chicos<\/i>. Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvi\u00f3 en lo esencial de los ejes diamantinos sobre que la ten\u00eda montada el padre, a quien se podr\u00eda llamar <i>D. Baldomero el Grande<\/i>. Para que el progreso pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato, debido al pincel de D. Vicente L\u00f3pez, hemos contemplado con satisfacci\u00f3n en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se transformase; que la desamortizaci\u00f3n edificara una ciudad nueva sobre los escombros de los conventos; que el Marqu\u00e9s de Pontejos adecentase este lugar\u00f3n; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran patas arriba todo el comercio madrile\u00f1o; que el grande ingenio de Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se <i>colocase<\/i>, por arte del vapor, a cuarenta horas de Par\u00eds, y por fin, que hubiera muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza individual.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tambi\u00e9n la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado por grandes crisis y mudanzas desde que muri\u00f3 D. Bonifacio. Dos a\u00f1os despu\u00e9s del casamiento de su hermana con Santa Cruz, cas\u00f3 Gumersindo con Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposici\u00f3n, que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de aquel acreditado establecimiento. Comprometido \u00e9ste del 40 al 45, por los \u00faltimos errores del difunto Arnaiz, se defendi\u00f3 con los <i>mahones<\/i>, aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El g\u00e9nero de China deca\u00eda visiblemente. Las galeras aceleradas iban trayendo a Madrid cada d\u00eda con m\u00e1s presteza las novedades parisienses, y se apuntaba la invasi\u00f3n lenta y tir\u00e1nica de los medios colores, que pretenden ser signo de cultura. La sociedad espa\u00f1ola empezaba a presumir de <i>seria<\/i>; es decir, a vestirse l\u00fagubremente, y el alegre imperio de los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se hab\u00edan ido las capas rojas, se fueron los pa\u00f1uelos de Manila. La aristocracia los ced\u00eda con desd\u00e9n a la clase media, y esta, que tambi\u00e9n quer\u00eda ser arist\u00f3crata, entreg\u00e1balos al pueblo, \u00faltimo y fiel adepto de los matices vivos. Aquel encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza sonriente, encendida por el sol de Mediod\u00eda, empez\u00f3 a perder terreno, aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defend\u00eda la prenda espa\u00f1ola como defendi\u00f3 el parque de Montele\u00f3n y los reductos de Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres hermosas, porque la sociedad se empe\u00f1aba en parecer grave, y para ser grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonom\u00eda, y raro es el hombre que no se cree importante s\u00f3lo con llevar sobre la cabeza un ca\u00f1\u00f3n de chimenea. Las se\u00f1oras no se tienen por tales si no van vestidas de color de holl\u00edn, ceniza, rap\u00e9, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermell\u00f3n, el amarillo tila, el cadmio y el verde forraje; y est\u00e1 tan arraigado en la plebe el sentimiento del color, que la <i>seriedad<\/i> no ha podido establecer su imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas, imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas, conservando las mantillas y los pa\u00f1uelos chillones para la cabeza; ha transigido con los gabanes y aun con el <i>polis\u00f3n<\/i>, a cambio de las toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo de N\u00e1poles. El cresp\u00f3n es el que ha ido decayendo desde 1840, no s\u00f3lo por la citada evoluci\u00f3n de la <i>seriedad<\/i> europea, que nos ha cogido de medio a medio, sino por causas econ\u00f3micas a las que no pod\u00edamos sustraernos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las comunicaciones r\u00e1pidas nos trajeron mensajeros de la potente industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todav\u00eda no era moda ir a buscarlos al \u00c1frica, y los ven\u00edan a buscar aqu\u00ed, cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas, cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llev\u00e1ndose los brocados hist\u00f3ricos de casullas y frontales, el tis\u00fa y los terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riqu\u00edsimas de la industria espa\u00f1ola. Al propio tiempo arramblaban por los espl\u00e9ndidos pa\u00f1uelos de Manila, que hab\u00edan ido descendiendo hasta las gitanas. Tambi\u00e9n se dej\u00f3 sentir aqu\u00ed, como en todas partes, el efecto de otro fen\u00f3meno comercial, hijo del progreso. Refi\u00e9rome a los grandes acaparamientos del comercio ingl\u00e9s, debidos al desarrollo de su inmensa marina. Esta influencia se manifest\u00f3 bien pronto en aquellos humildes rincones de la calle de Postas por la depreciaci\u00f3n s\u00fabita del g\u00e9nero de la China. Nada m\u00e1s sencillo que esta depreciaci\u00f3n. Al fundar los ingleses el gran dep\u00f3sito comercial de Singapore, monopolizaron el tr\u00e1fico del Asia y arruinaron el comercio que hac\u00edamos por la v\u00eda de C\u00e1diz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ay\u00fan y Senqu\u00e1 dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado King-Cheong se cartea en ingl\u00e9s con nuestros comerciantes y da sus precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareci\u00f3 en la geograf\u00eda pr\u00e1ctica, el g\u00e9nero de Cant\u00f3n y Shangai dej\u00f3 de venir en aquellas pesadas fragatonas de los armadores de C\u00e1diz, los Fern\u00e1ndez de Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada traves\u00eda del Cabo pas\u00f3 a la historia como ap\u00e9ndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de Alburquerque. La v\u00eda nueva traz\u00e1ronla los vapores ingleses combinados con el ferrocarril de Suez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ya en 1840 las casas que tra\u00edan directamente el g\u00e9nero de Cant\u00f3n no pod\u00edan competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier mercachifle de la calle de Postas se prove\u00eda de este art\u00edculo sin ir a tomarlo en los dos o tres dep\u00f3sitos que en Madrid hab\u00eda. Despu\u00e9s las corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos a\u00f1os ha vuelto a traer Espa\u00f1a directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha sido preciso que viniera la gran vigorizaci\u00f3n del comercio despu\u00e9s del 68 y la robustez de los capitales de nuestros d\u00edas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina, porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o traspaso de la Compa\u00f1\u00eda de Filipinas, no pod\u00edan seguir monopolizando la pa\u00f1oler\u00eda y dem\u00e1s artes chinescas. Madrid se inundaba de g\u00e9nero a precio m\u00e1s bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso realizar de cualquier modo. Para compensar las p\u00e9rdidas de la <i>quemaz\u00f3n<\/i>, urg\u00eda plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aqu\u00ed fue donde luci\u00f3 sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo, que ten\u00eda m\u00e1s pesquis que este. Sin saber pelotada de Geograf\u00eda, comprend\u00eda que hab\u00eda un Singapore y un istmo de Suez.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Adivinaba el fen\u00f3meno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de echar maldiciones contra los ingleses, como hac\u00eda su marido, se dio a discurrir el mejor remedio. \u00bfQu\u00e9 corrientes seguir\u00edan? La m\u00e1s marcada era la de las <i>novedades<\/i>, la de la influencia de la fabricaci\u00f3n francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte, invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco. El vestir se anticipaba al pensar y cuando a\u00fan los versos no hab\u00edan sido desterrados por la prosa, ya la lana hab\u00eda hecho trizas a la seda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00abPues apechuguemos con las <i>novedades<\/i>\u00bb dijo Isabel a su marido, observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el af\u00e1n que todos los madrile\u00f1os sent\u00edan de ser elegantes <i>con seriedad<\/i>. Era, por a\u00f1adidura, la \u00e9poca en que la clase media entraba de lleno en el ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el nuevo sistema pol\u00edtico y administrativo, comprando a plazos todas las fincas que hab\u00edan sido de la Iglesia, constituy\u00e9ndose en propietaria del suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la levita. Claro es que la levita es el s\u00edmbolo; pero lo m\u00e1s interesante de tal imperio est\u00e1 en el vestir de las se\u00f1oras, origen de energ\u00edas poderosas, que de la vida privada salen a la p\u00fablica y determinan hechos grandes. \u00a1Los trapos, ay! \u00bfQui\u00e9n no ve en ellos una de las principales energ\u00edas de la \u00e9poca presente, tal vez una causa generadora de movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad m\u00e1s industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentar\u00e1 entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo mesocr\u00e1tico, ingente pir\u00e1mide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda la m\u00e1quina pol\u00edtica y administrativa, la deuda p\u00fablica y los ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el parlamentarismo socialista.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero Gumersindo e Isabel hab\u00edan llegado un poco tarde, porque las <i>novedades<\/i> estaban en manos de mercaderes listos, que sab\u00edan ya el camino de Par\u00eds. Arnaiz fue tambi\u00e9n all\u00e1; mas no era hombre de gusto y trajo unos adefesios que no tuvieron aceptaci\u00f3n. La Cordero, sin embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a <i>ver claro<\/i>. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban r\u00e1pidamente, que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condici\u00f3n de aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no ten\u00eda de metr\u00f3poli m\u00e1s que el nombre y la vanidad rid\u00edcula. Era un payo con casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el paleto se dispon\u00eda a ser se\u00f1or de verdad. Isabel Cordero, que se anticipaba a su \u00e9poca, presinti\u00f3 la tra\u00edda de aguas del Lozoya, en aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano, pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La perspicaz mujer vio el porvenir, oy\u00f3 hablar del gran proyecto de Bravo Murillo, como de una cosa que ella hab\u00eda sentido en su alma. Por fin Madrid, dentro de algunos a\u00f1os, iba a tener raudales de agua distribuidos en las calles y plazas, y adquirir\u00eda la costumbre de lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se lavar\u00eda despu\u00e9s otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le represent\u00f3 con visiones de camisas limpias en todas las clases, de mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los d\u00edas, y de se\u00f1ores que eran la misma pulcritud. De aqu\u00ed naci\u00f3 la idea de dedicar la casa al g\u00e9nero blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empez\u00f3 a traer batistas fin\u00edsimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y madapolanes, <i>nansouk<\/i> y cretonas de Alsacia, y la casa se fue levantando no sin trabajo de su postraci\u00f3n hasta llegar a adquirir una prosperidad relativa. Complemento de este negocio <i>en blanco<\/i>, fueron la damasquer\u00eda gruesa, los cut\u00edes para colchones y la manteler\u00eda de Courtray que vino a ser <i>especialidad<\/i> de la casa, como lo dec\u00eda un r\u00f3tulo a\u00f1adido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y encajer\u00eda mec\u00e1nica vinieron m\u00e1s tarde, siendo tan grandes los pedidos de Arnaiz, que una f\u00e1brica de Suiza trabajaba s\u00f3lo para \u00e9l. Y por fin, las crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero, que hab\u00eda presentido el Canal del Lozoya, presinti\u00f3 tambi\u00e9n el miri\u00f1aque; que los franceses llamaban <i>Malakoff<\/i>, invenci\u00f3n absurda que parec\u00eda salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la direcci\u00f3n de los globos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">De la pa\u00f1oler\u00eda y art\u00edculos asi\u00e1ticos, s\u00f3lo quedaban en la casa por los a\u00f1os del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. A\u00fan hab\u00eda alguna torrecilla de marfil, y buena porci\u00f3n de mantones ricos de alto precio en cajas primorosas. Era quiz\u00e1s Gumersindo la persona que en Madrid ten\u00eda m\u00e1s arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un cresp\u00f3n era tarea tan dif\u00edcil como hinchar un perro. No sab\u00edan hacerlo sino los que de antiguo ten\u00edan la costumbre de manejar aquel art\u00edculo, por lo cual muchas damas, que en alg\u00fan baile de m\u00e1scaras se pon\u00edan el chal, lo mandaban al d\u00eda siguiente, con la caja, a la tienda de Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase seg\u00fan arte tradicional, es decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y visible en el cuartel superior el dibujo central. Tambi\u00e9n se conservaban en la tienda los dos maniqu\u00eds vestidos de mandarines. Se pens\u00f3 en retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero Barbarita se opuso, porque dejar de verlos all\u00ed haciendo juego con la fisonom\u00eda lela y honrada del Sr. de Ay\u00fan, era como si enterrasen a alguno de la familia; y asegur\u00f3 que si su hermano se obstinaba en quitarlos, ella se los llevar\u00eda a su casa para ponerlos en el comedor, haciendo juego con los aparadores.<\/p>\n<hr \/>\n<h2 style=\"text-align: justify;\">&#8211;<span class=\"smcap\">vi<\/span>&#8211;<\/h2>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las agudezas del traficante y de todas las triqui\u00f1uelas econ\u00f3micas del ama de gobierno, fue agraciada adem\u00e1s por el Cielo con una fecundidad prodigiosa. En 1845, cuando naci\u00f3 Juanito, ya hab\u00eda tenido ella cinco, y sigui\u00f3 pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada a\u00f1o. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce m\u00e1s en la cuenta; total, diez y siete partos, que recordaba asoci\u00e1ndolos a fechas c\u00e9lebres del reinado de Isabel II. \u00abMi primer hijo\u2014dec\u00eda\u2014naci\u00f3 cuando vino la tropa carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta naci\u00f3 cuando se cas\u00f3 la Reina, con pocos d\u00edas de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el d\u00eda mismo en que el cura Merino le peg\u00f3 la pu\u00f1alada a Su Majestad, y tuve a Rupertito el d\u00eda de San Juan del 58, el mismo d\u00eda que se inaugur\u00f3 la tra\u00edda de aguas\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tom\u00f3 la muerte para mermar aquel b\u00edblico reba\u00f1o. Si los diez y siete chiquillos hubieran vivido, habr\u00eda sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya m\u00e1s que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en tiempo se mor\u00eda uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no s\u00e9 qu\u00e9 a\u00f1o, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que rebasaron de los diez a\u00f1os, se iban criando regularmente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras, siete correspond\u00edan al sexo femenino. \u00a1Vaya una plaga que le hab\u00eda ca\u00eddo al bueno de Gumersindo! \u00bfQu\u00e9 hacer con siete chiquillas? Para guardarlas cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ej\u00e9rcito. \u00bfY c\u00f3mo casarlas bien a todas? \u00bfDe d\u00f3nde iban a salir siete maridos buenos? Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, ech\u00e1balo a broma, confiando en la buena mano que ten\u00eda su mujer para todo. \u00abVer\u00e1n\u2014dec\u00eda\u2014, c\u00f3mo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de primera\u00bb. Pero la fecunda esposa no las ten\u00eda todas consigo. Siempre que pensaba en el porvenir de sus hijas se pon\u00eda triste; y sent\u00eda como remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema econ\u00f3mico. Cuando hablaba de esto con su cu\u00f1ada Barbarita, lament\u00e1base de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campa\u00f1a prol\u00edfica, desde el 38 al 60, acontec\u00eda que a los cuatro o cinco meses de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se tomaba el trabajo de pregunt\u00e1rselo, y lo daba por hecho. \u00abAhora\u2014le dec\u00eda\u2014, vas a tener un muchacho\u00bb. Y la otra, enojada, echando pestes contra su fecundidad, respond\u00eda: \u00abVar\u00f3n o hembra, estos regalos debieran ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los a\u00f1os\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos Arnaiz no pod\u00edan llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte de hijos y aquel famili\u00f3n de hembras la casa no acababa de florecer como debiera. Aunque Isabel hac\u00eda milagros de arreglo y econom\u00eda, el considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia. Pero nunca dej\u00f3 de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si su capital no era grande, tampoco ten\u00eda deudas. El <i>quid<\/i> estaba en colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campa\u00f1a matrimo\u00f1esca no fuera coronada por un \u00e9xito brillante, en la casa no pod\u00eda haber grandes ahorros.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Isabel Cordero era, veinte a\u00f1os ha, una mujer desmejorada, p\u00e1lida, deforme de talle, como esas personas que parece se est\u00e1n desbaratando y que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se conoc\u00eda que hab\u00eda sido bonita. Los que la trataban no pod\u00edan imagin\u00e1rsela en estado distinto del que se llama interesante, porque el barrig\u00f3n parec\u00eda en ella cosa normal, como el color de la tez o la forma de la nariz. En tal situaci\u00f3n y en los breves periodos que ten\u00eda libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el d\u00eda de caer en la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el escritorio, y acabadita de poner la enorme sart\u00e9n de migas para la cena o el calder\u00f3n de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras. Cuidaba principalmente de que sus ni\u00f1as no estuviesen ociosas. Las m\u00e1s peque\u00f1as y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre. Alguna de ellas se daba ma\u00f1a para planchar; sol\u00edan tambi\u00e9n lavar en el gran artes\u00f3n de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que mayormente sobresal\u00edan todas era en el arte de arreglar sus propios perendengues. Los domingos, cuando su mam\u00e1 las sacaba a paseo, en larga procesi\u00f3n, iban tan bien apa\u00f1aditas que daba gusto verlas. Al ir a misa, desfilaban entre la admiraci\u00f3n de los fieles; porque conviene apuntar que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la \u00faltima, que era una miniaturita, formaban un reba\u00f1o interesant\u00edsimo que llamaba la atenci\u00f3n por el n\u00famero y la escala gradual de las tallas. Los conocidos que las ve\u00edan entrar, dec\u00edan: \u00abya est\u00e1 ah\u00ed do\u00f1a Isabel con el muestrario\u00bb. La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ning\u00fan adorno, fl\u00e1cida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel reba\u00f1o, llev\u00e1ndolo por delante como los paveros en Navidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a1Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel inmenso! A Barbarita le hac\u00eda ordinariamente sus confidencias. \u00abMira, hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no s\u00e9 qu\u00e9 hacer. Dios me protege, que si no&#8230; T\u00fa no sabes lo que es vestir siete hijas. Los varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van tirando. \u00a1Pero las ni\u00f1as!&#8230; \u00a1Y con estas modas de ahora y este suponer!&#8230; \u00bfViste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve que traer diez varas m\u00e1s. \u00a1Nada te quiero decir del ramo de zapatos! Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea las alpargatitas de c\u00e1\u00f1amo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este a\u00f1o he suprimido los estofados. S\u00e9 que los dependientes refunfu\u00f1an; pero no me importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. \u00bfCreer\u00e1s que un quintal de carb\u00f3n se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas de aceite, y a los pocos d\u00edas&#8230; pif&#8230; parece que se lo han chupado las lechuzas. Encargo a Estupi\u00f1\u00e1 dos o tres quintales de patatas, hija, y como si no trajera nada\u00bb. En la casa hab\u00eda dos mesas. En la primera com\u00edan el principal y su se\u00f1ora, las ni\u00f1as, el dependiente m\u00e1s antiguo y alg\u00fan pariente, como Primitivo Cordero cuando ven\u00eda a Madrid de su finca de Toledo, donde resid\u00eda. A la segunda se sentaban los dependientes menudos y los dos hijos, uno de los cuales hac\u00eda su aprendizaje en la tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habr\u00eda rendido a cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las ni\u00f1as iban creciendo, disminu\u00eda para la madre parte del trabajo material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia para guardar el reba\u00f1o, cada vez m\u00e1s perseguido de lobos y expuesto a infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y ni Cristo Padre pod\u00eda evitar los atisbos por el \u00fanico balc\u00f3n de la casa o por la ventanucha que daba al callej\u00f3n de San Crist\u00f3bal. Empezaban a entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrig\u00fcelas inocentes que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Do\u00f1a Isabel estaba siempre con cada ojo como un farol, y no las perd\u00eda de vista un momento. A esta fatiga ruda del espionaje materno un\u00edase el trabajo de exhibir y airear el muestrario, por ver si ca\u00eda alg\u00fan parroquiano o por otro nombre, marido. Era forzoso <i>hacer el art\u00edculo<\/i>, y aquella gran mujer, negociante en hijas, no ten\u00eda m\u00e1s remedio que vestirse y concurrir con su <i>g\u00e9nero<\/i> a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hac\u00eda, pon\u00edan las nenas unos morros que no se las pod\u00eda aguantar. Era tambi\u00e9n de r\u00fabrica el pase\u00edto los domingos, en corporaci\u00f3n, las ni\u00f1as muy bien arregladitas con cuatro pingos que parec\u00edan lo que no eran, la mam\u00e1 muy estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena cachemira. Sin ser vieja lo parec\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Dios, al fin, apreciando los m\u00e9ritos de aquella hero\u00edna, que ni un punto se apartaba de su puesto en el combate social, ech\u00f3 una mirada de benevolencia sobre el muestrario y despu\u00e9s lo bendijo. La primera chica que se cas\u00f3 fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad, no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho, dependiente en la camiser\u00eda de la viuda de Aparisi. Llam\u00e1base Pepe Samaniego y no ten\u00eda m\u00e1s fortuna que sus deseos de trabajar y su honradez probada. Su apellido se ve\u00eda mucho en los r\u00f3tulos del comercio menudo. Un t\u00edo suyo era boticario en la calle del Ave Mar\u00eda. Ten\u00eda un primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro prestamista, y los dem\u00e1s, lo mismo que sus hermanos, eran todos horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella uni\u00f3n; mas pronto se hicieron esta cuenta: \u00abNo est\u00e1n los tiempos para hilar muy delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente, porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y trabajador\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el h\u00e9roe de Boteros. Esta s\u00ed que fue buena boda. El novio era Ram\u00f3n Villuendas, hijo mayor del c\u00e9lebre cambiante de la calle de Toledo; gran casa, fortuna s\u00f3lida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela ofrec\u00eda variedad chocante en orden de riqueza. Su t\u00edo D. Cayetano Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqu\u00e9s de Casa-Mu\u00f1oz, y pose\u00eda muchos millones; en cambio, hab\u00eda un Villuendas tabernero y otro que ten\u00eda un tenducho de percales y bayetas llamado <i>El Buen Gusto<\/i>. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se ve\u00eda muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se tuteaban.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pesc\u00f3 marido al a\u00f1o siguiente. \u00a1Y qu\u00e9 marido!&#8230; Pero al llegar aqu\u00ed, me veo precisado a cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a la boda de Jacinta.<\/p>\n<p><strong>Redacci\u00f3n<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo hist\u00f3rico sobre el comercio matritense &#8211;i&#8211; Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. 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