{"id":1461,"date":"2023-02-13T00:02:14","date_gmt":"2023-02-12T23:02:14","guid":{"rendered":"https:\/\/hojassueltas.aldoediciones.es\/?p=1461"},"modified":"2024-05-07T17:02:44","modified_gmt":"2024-05-07T15:02:44","slug":"la-costumbre-de-la-niebla","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/hojassueltas.es\/?p=1461","title":{"rendered":"La costumbre de la niebla."},"content":{"rendered":"<h2>LA COSTUMBRE DE LA NIEBLA<\/h2>\n<p>por V\u00cdCTOR DEL \u00c1RBOL.<\/p>\n<hr \/>\n<p>Enero de 1962.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Alberto hab\u00eda sido feliz en este lugar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Como de costumbre, la niebla cubr\u00eda el paisaje pero \u00e9l no necesitaba verlo para reconocer la linde del bosque, invisible tras la tela lechosa. Si prestaba atenci\u00f3n pod\u00eda escuchar el rumor del arroyo que discurr\u00eda bajo el puente de piedra; m\u00e1s all\u00e1 se abr\u00eda una senda entre los helechos que desembocaba en un prado donde hab\u00eda una ermita que databa de los tiempos de Prisciliano. Alberto y Germ\u00e1n descubrieron aquel sitio silencioso y m\u00e1gico siendo ni\u00f1os y en esencia no hab\u00eda cambiado. Ellos s\u00ed lo hab\u00edan hecho, pero todav\u00eda les gustaba volver all\u00ed de vez en cuando y sentarse entre las piedras mohosas cubiertas por zarzas espinosas, dejar vagar los pensamientos y espantar los miedos sin necesidad de nombrarlos. Aquel lugar les conectaba con lo mejor de sus a\u00f1os pasados. Necesitaban creer que pod\u00edan volver sobre sus pasos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Tal vez por eso decidieron comprar la casa. Ya no recordaba qui\u00e9n la descubri\u00f3, ni de qui\u00e9n fue la idea. En esta \u00e9poca del a\u00f1o no sub\u00edan tan a menudo como en el verano. Era una casa vieja donde nunca se terminaban las reformas -se acord\u00f3 de que todav\u00eda no hab\u00edan reparado la rotura de tejas que provoc\u00f3 la ca\u00edda de una gran rama en la \u00faltima tormenta- pero a\u00fan as\u00ed nunca se hab\u00edan planteado seriamente venderla. All\u00ed estaban sus mejores recuerdos; los fines de semana trabajando a destajo, acarreando vigas, mortero, piedras, haciendo planes sobre paredes que a\u00fan no exist\u00edan donde ir\u00eda la biblioteca de Germ\u00e1n, la bodega con los vinos de Burdeos de la que Alberto se sent\u00eda tan orgulloso, el secadero de embutidos y el invernadero. Todav\u00eda quedaba mucho por hacer pero alg\u00fan d\u00eda ser\u00eda un lugar hermoso, con un bonito jard\u00edn franc\u00e9s en la entrada y un peque\u00f1o huerto en la parte trasera. Cuando la chimenea estuviese arreglada calentar\u00eda todas las habitaciones y ya no necesitar\u00edan colocar bolsas de agua caliente entre las s\u00e1banas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella casa, aquel paisaje hab\u00eda sido durante unos pocos meses el escenario de esa clase de liturgias por las que merec\u00eda la pena vivir. Quiz\u00e1 por eso todo deb\u00eda terminar aqu\u00ed. Para destruir cualquier met\u00e1fora venidera.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Intent\u00f3 moverse pero resultaba demasiado dif\u00edcil con las manos esposadas a la espalda y las dos piernas rotas. En alg\u00fan momento hab\u00eda dejado de notar los golpes. Golpes nuevos sobre golpes viejos. Dol\u00edan, pero el dolor se mezclaba con otros dolores de intensidad distinta y le imped\u00eda concentrarse en uno concreto. Su cuerpo gritaba como un coro de dementes, todas las part\u00edculas al mismo tiempo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Al menos se hab\u00edan tomado un respiro. Pod\u00eda verlos a trav\u00e9s de la entretela de la capucha con la que le hab\u00edan cubierto la cabeza. Conoc\u00eda al m\u00e1s alto, el que sujetaba la barra de hierro ensangrentada. El otro, el rubio con cara de querub\u00edn, fumaba con las mangas de la camisa recogidas hasta el codo. Ten\u00eda aspecto de estar fatigado y de vez en cuando escup\u00eda y frotaba el gargajo en la tierra con la suela del zapato.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Debat\u00edan. No se pon\u00edan de acuerdo. Pero \u00e9l no pod\u00eda hacer nada. Era como si no estuviera. Cerr\u00f3 los ojos para acordarse de una alberca donde pod\u00eda atrapar zancudos y renacuajos; le vino la imagen de una huerta de naranjos que ol\u00eda a frescor bajo el sol inclemente, los cuerpos de ni\u00f1os tostados corriendo hacia la Colonia donde don Sancho les esperaba con un taz\u00f3n de leche fr\u00eda. Pens\u00f3 fugazmente en Malena y no logr\u00f3 acordarse de si ten\u00eda los ojos verdes o azules. Germ\u00e1n dec\u00eda que eran verdes, pero \u00e9l no estaba tan seguro. En lo que ambos estaban de acuerdo era que solo Malena ten\u00eda permiso para tocar el piano de don Sancho.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se acord\u00f3 tambi\u00e9n de las noches de exploraci\u00f3n del cielo. No recordaba haber visto nunca un firmamento tan encendido, girando ah\u00ed arriba. De ni\u00f1o conoc\u00eda las constelaciones y pod\u00eda dibujarlas en el cielo con el dedo; era capaz de recitar sus nombres de memoria. Pensaba entonces que las estrellas eran lugares m\u00e1gicos donde habitaban seres extraordinarios que sab\u00edan escucharle. Seres que eran sus amigos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Escuch\u00f3 el crujido de pisadas. Zapatos nuevos con doble lazada en los cordones y pantalones con dobladillo manchado de barro acerc\u00e1ndose a su cara. Hab\u00eda estado lloviendo. Ol\u00eda a hierba mojada y Alberto notaba en la espalda la humedad de la tierra. Instintivamente trat\u00f3 de protegerse los flancos con los codos. El que hab\u00eda llevado la iniciativa en la paliza se acuclill\u00f3 junto a \u00e9l. Ten\u00eda el rostro enrojecido por el esfuerzo y sosten\u00eda sobre el hombro la barra de hierro.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Ahora no eres tan gallito, mariconazo\u2026 \u00bfTe has cagado encima? \u00a1Joder, qu\u00e9 peste!<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Alberto pens\u00f3 en sus hijos. Eran buenos chicos, a veces un poco testarudos. Llegar\u00edan lejos si la vida les daba una oportunidad. \u00bfQu\u00e9 pensar\u00edan de \u00e9l cuando tuvieran edad para entender? \u00bfQu\u00e9 les contar\u00edan de su padre?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El tipo de la barra acerc\u00f3 el rostro. Apestaba a ginebra y a tabaco negro. La ropa le hed\u00eda a putas baratas y a sudor.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-\u00bfDec\u00edas algo? \u00bfVas a suplicar?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-S\u00e9 qui\u00e9n eres -susurr\u00f3 Alberto -Te conozco.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El otro apart\u00f3 la cara con gesto de sorpresa. Se qued\u00f3 unos instantes pensativo tratando de penetrar con la mirada en la niebla. Finalmente cabece\u00f3 con fingida resignaci\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Eso lo complica todo \u00bfno te parece?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Volvi\u00f3 la cabeza hacia el otro tipo y le hizo una se\u00f1a para que se acercara. Entre ambos lo alzaron por las axilas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Co\u00f1o, c\u00f3mo pesa el cabr\u00f3n -De ni\u00f1o, Alberto era fr\u00e1gil y delgado. El fuerte, el atrevido, era Germ\u00e1n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lo arrastraron hasta una columna del granero y lo pusieron de pie pero las piernas rotas de Alberto chasquearon como una rama partida y se desplom\u00f3. Lo intentaron otra vez, pero al final optaron por dejarlo apoyado en la base de la columna. Como en un sue\u00f1o, Alberto vio al querub\u00edn ir al coche y abrir el maletero.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando vio la garrafa que tra\u00eda en la mano intuy\u00f3 lo que iba a suceder.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-No ten\u00e9is que hacerlo -murmur\u00f3 Alberto -No dir\u00e9 nada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El tipo con cara de \u00e1ngel se acuclill\u00f3 junto a \u00e9l y le acarici\u00f3 la cara por encima de la capucha.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Shhh\u2026Ya has dicho demasiado. Tienes que entenderlo; no nos dejas m\u00e1s opciones.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando eran ni\u00f1os, los martes por la tarde don Sancho les obligaba a lavarse a conciencia; ten\u00edan que frotarse unos a otros con energ\u00eda la mugre detr\u00e1s de las orejas y quitarse la tierra de las u\u00f1as. Era el d\u00eda en que se vest\u00edan con sus mejores ropas para ir al cine al pueblo. Malena luc\u00eda una trenza larga que le ca\u00eda sobre el tirante del vestido. A las chicas no les afeitaban la cabeza al llegar a la Colonia; ella dec\u00eda que eso era porque los piojos prefieren a los chicos. Malena se sentaba entre Germ\u00e1n y Alberto en primera fila, cogidos de las manos antes de que aparecieran las im\u00e1genes en la pantalla, emocionados ante la perspectiva de un viaje que promet\u00eda ser intenso. Primero daban el parte de guerra, discursos aburridos, im\u00e1genes de soldados partiendo al frente, mujeres laboriosas en las f\u00e1bricas de Madrid, desfiles de milicianos\u2026Luego empezaba lo bueno de verdad: pel\u00edculas de h\u00e9roes que se bat\u00edan contra los moros espada en ristre, historias de princesas y zarinas que se enamoraban con besos de labios fruncidos, hombres con taparrabos que rodeaban al General Custer, mafiosos italianos con sombrero ladeado sobre la ceja, bailarines que volaban sobre la tarima.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Alberto hab\u00eda olvidado el t\u00edtulo de la pel\u00edcula pero recordaba la escena en la que un esclavo negro que hab\u00eda escapado de la plantaci\u00f3n es atrapado por unos tipos con capirotes como los que se estilaban en las procesiones de Semana Santa. Ataban al esclavo a la cola de un caballo y lo arrastraban hasta un \u00e1rbol y lo rociaban con algo grasiento para prenderle fuego. Alberto recordaba \u00a0la presi\u00f3n de la mano de Malena, la tensi\u00f3n dram\u00e1tica de la escena que ella no quer\u00eda ver pero de la que no era capaz de apartar la mirada. Lo m\u00e1s chocante fue que el negro no grit\u00f3 mientras lo quemaban vivo. Aquel gesto, negarse a conceder esa rendici\u00f3n a sus verdugos, impresion\u00f3 vivamente a Alberto que lo convirti\u00f3 en el h\u00e9roe de aquel verano, desplazando a los protagonistas de las vi\u00f1etas o a los protagonistas de la secci\u00f3n deportiva del grupo de los mayores. Aquel verano, Alberto se imbuy\u00f3 de su mismo estoicismo, neg\u00e1ndose a derramar una sola l\u00e1grima cuando le vacunaban, cuando era golpeado por otros chiquillos o cuando recib\u00eda las cartas que su hermana le escrib\u00eda desde Madrid.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El negro no implor\u00f3 por su vida. Se quem\u00f3 en silencio. Alberto intent\u00f3 pensar en aquella escena. En la mano de Malena estrechando la suya, en el abrazo fraterno de Germ\u00e1n, en lo hermosas que estar\u00edan las petunias del jard\u00edn cuando llegase la primavera.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El esclavo no suplic\u00f3.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero \u00e9l s\u00ed lo hizo. Durante horas. En vano.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hace tres a\u00f1os era noviembre. Lo recuerdo porque mi vida se deshac\u00eda ante mis propios ojos, incr\u00e9dulo, incapaz de reaccionar. De no haber sido as\u00ed, jam\u00e1s hubiese aceptado hacer aquella llamada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Me veo a m\u00ed mismo mirando hacia la calle desde la ventana del \u00faltimo apartamento con el tel\u00e9fono en una mano y la tarjeta con el n\u00famero en la otra sin decidirme a marcarlo. Escucho el r\u00e9quiem de Faur\u00e9 a mi espalda, la cisterna del w\u00e1ter estropeada, las revistas en las que sol\u00eda escribir desparramadas sin orden por la moqueta gris. El fr\u00edo de mi cuerpo desnudo. La sensaci\u00f3n de nunca dejar\u00eda de llover. De que yo jam\u00e1s volver\u00eda a ser el mismo que hab\u00eda sido antes de que Miranda se muriese. Porque para m\u00ed, me repet\u00eda entonces, mi ex mujer estaba muerta. O al menos, eso deseaba con todo mi coraz\u00f3n, con la misma intensidad que al minuto siguiente deseaba verla aparecer por la puerta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No com\u00eda bien desde hac\u00eda meses, apenas lograba conciliar el sue\u00f1o y para hacerlo ten\u00eda que atiborrarme de somn\u00edferos cada vez m\u00e1s fuertes que me dejaban para el arrastre el resto del d\u00eda. \u00bfQu\u00e9 pod\u00eda importarme aquel nombre escrito con letras may\u00fasculas al lado de un n\u00famero de tel\u00e9fono?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero llam\u00e9, y ahora comprendo que la \u00fanica raz\u00f3n por la que lo hice fue porque me di cuenta de que si no sal\u00eda pronto de aquella espiral, alguien encontrar\u00eda mi cuerpo aplastado en la acera cualquier d\u00eda. A pesar de todo lo que sucedi\u00f3 despu\u00e9s, no me arrepiento de haberlo hecho. Fue una cuesti\u00f3n de supervivencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Esperaba la voz de un hombre pero para mi sorpresa respondi\u00f3 a la llamada una mujer. Ten\u00eda una voz agradable, de edad indeterminada, con un ligero acento extranjero que identifiqu\u00e9 como franc\u00e9s. Del norte, para ser m\u00e1s exacto, tal vez originario de Breta\u00f1a. Fui conciso, bastante torpe y arisco. Nunca me ha gustado hablar con la gente que no puedo mirar a los ojos. Igual que detesto las redes sociales, los correos electr\u00f3nicos y todos esos artilugios que fingen hacernos la vida m\u00e1s c\u00f3moda a cambio de aceptar la virtualidad como realidad paralela. Mientras escribo esto, no puedo evitar sonre\u00edr: utilizo la tableta que mi hija Alejandra\u00a0 me ha regalado para celebrar mi cincuenta aniversario. Han cambiado muchas cosas desde aquel noviembre. Yo tambi\u00e9n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La mujer se present\u00f3 como Nadia. Dijo ser la secretaria personal de don Emilio Casas -fue ella la que uso el t\u00e9rmino. Mi inclinaci\u00f3n a la desconfianza hizo que me preguntase si no ser\u00eda algo m\u00e1s. Era s\u00e1bado, casi las diez de la noche y yo estaba llamando al n\u00famero privado del profesor Casas. \u00bfQu\u00e9 clase de secretaria tiene esa clase de disponibilidad? Ella no deb\u00eda fiarse tampoco. Me pregunt\u00f3 c\u00f3mo hab\u00eda conseguido el n\u00famero de la casa del profesor. Por supuesto, le ment\u00ed. Fui algo m\u00e1s honesto al explicarle sucintamente el motivo de la llamada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Escribo un art\u00edculo sobre la judicatura para la revista <em>Lex Omnia<\/em> y querr\u00eda entrevistar al profesor en relaci\u00f3n a su discurso de apertura del a\u00f1o judicial -No era toda la verdad, ni siquiera una parte m\u00ednimamente aceptable. Pero podr\u00eda haberlo sido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Nadia me dijo que el profesor ya no conced\u00eda entrevistas. Era lo que me esperaba. Al menos lo he intentado, me dije, dispuesto a colgar. Fue entonces cuando escuch\u00e9 otra voz al otro lado de la l\u00ednea. Una voz masculina que interrogaba a Nadia. Tuvieron un breve intercambio de palabras que no llegu\u00e9 a entender, tras el cual la voz de la secretaria volvi\u00f3 con evidente disgusto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Don Emilio le ver\u00e1 ma\u00f1ana en su casa. A las diez en punto. No llegue tarde; el profesor no tolera la impuntualidad.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">No supe si alegrarme o maldecir esa suerte que de vez en cuando llega sin ser pedida. En cualquier caso, dije que all\u00ed estar\u00eda y solo al colgar record\u00e9 lo solo que me sent\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-\u00bfQu\u00e9 ha dicho?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Me volv\u00ed. Mi padre estaba en el umbral. Viejo, enfermo, a punto de ser derrotado, pero inacabable. Vest\u00eda una camisa oscura que hab\u00eda manchado al sacudirse descuidadamente la ceniza de un pitillo que le hab\u00eda ca\u00eddo encima. Hac\u00eda m\u00e1s de sesenta a\u00f1os que fumaba la misma marca de tabaco. Toda la casa estaba impregnada de ese olor ofensivo cuyo origen estaba en su dormitorio que permanec\u00eda casi siempre con la puerta cerrada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Me recibir\u00e1 ma\u00f1ana.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Asinti\u00f3 sin el entusiasmo que cab\u00eda esperar. Despu\u00e9s de todo llevaba semanas empuj\u00e1ndome para dar aquel paso. Me ofendi\u00f3 su indiferencia pero no tuve ocasi\u00f3n de demostr\u00e1rselo. Nunca la tuve. Cada vez que lograba articular en mi mente una frase coherente \u00e9l ya hab\u00eda desparecido antes de que pudiera expresarla. Era su manera de decirme que yo le interesaba poco; nada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Deber\u00edas adecentarte un poco. Est\u00e1s hecho una mierda -le o\u00ed decir, al fondo del pasillo. Escuch\u00e9 cerrarse la puerta de su dormitorio y un minuto despu\u00e9s la misma m\u00fasica de siempre. El r\u00e9quiem de Faur\u00e9.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ten\u00eda raz\u00f3n. Me asust\u00e9 al mirarme al espejo. No quedaba casi nada de m\u00ed bajo de la camiseta. Creo que fue Julia -la \u00fanica que no abandon\u00f3 el barco cuando yo naufragaba -la que me dijo que mi delgadez comenzaba a resultar pat\u00e9tica. De no haber sido por ella no me hubiese afeitado, ni lavado, ni cepillado los dientes. Habr\u00eda dejado que toda la rabia se pudriera dentro, que me envenenara la sangre y habr\u00eda perdido lo poco que me quedaba. El trabajo, las pocas amistades que a\u00fan manten\u00eda y sobre todo, a mi hija, Alejandra.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella noche, Julia me llev\u00f3 a cenar a un restaurante del centro. Se neg\u00f3 a escuchar mis protestas y me advirti\u00f3 que no me dejar\u00eda escabullirme con cualquier excusa como las otras veces. Decid\u00ed que pod\u00eda intentar volver a parecerme un poco a m\u00ed mismo, o al menos ser una p\u00e1lida sombra. Me present\u00e9 con un traje bastante decente, con corbata y oliendo a perfume caro. Lo \u00fanico que no estaba a tono era mi\u00a0 mirada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Joder, parece que hayas tenido una glaciaci\u00f3n en los ojos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Cuando \u00e9ramos novios te gustaba que fueran tan azules.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-T\u00fa y yo nunca hemos sido novios, Javier. Folllamos un tiempo, traicionamos a las personas que nos quer\u00edan, tuviste un ataque de sinceridad y lo echaste todo a perder; nuestras parejas nos dejaron por otras. Yo lo he superado, incluso te lo agradezco; pero t\u00fa no. Siempre has querido ser m\u00e1rtir de algo \u00bfPor qu\u00e9 no del amor? Y en cuanto a tus ojos, s\u00ed; siempre me han gustado. Pero ahora es como si se hubieran diluido en una mirada de niebla.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Hielo, niebla\u2026Te encantan las met\u00e1foras. Por eso nunca ser\u00e1s buena periodista.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Julia acept\u00f3 con elegancia la puya. Pod\u00eda permit\u00edrselo, era mi jefa. Y por mucho que tratase de banalizar acerca de aquellos tortuosos meses en los que estuvimos juntos, siempre supe que le doli\u00f3 la posibilidad perdida. Ella era esa clase de persona que da un paso pregunt\u00e1ndose si no es mejor lo que deja de lado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hab\u00eda reservado mesa en uno de los comedores privados. Le promet\u00ed que no iba a llorarle mis penas ni a hablarle de c\u00f3mo me sent\u00eda. Pero apurando la primera botella de tinto ya estaba faltando a mi palabra. Me escuch\u00f3 con paciencia, con cari\u00f1o. No me dijo que Miranda iba a volver, ni que podr\u00eda regresar a mi casa en la playa, ni que ver\u00eda crecer cada d\u00eda a Alejandra. Tampoco me dijo lo contrario. Julia era buena escuchando. Y a veces su silencio era m\u00e1s elocuente que cualquier cosa que pudiera decir.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Me estoy comportando como un ni\u00f1ato, lo s\u00e9 -admit\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Julia acept\u00f3 que le sirviese otra copa. Ten\u00eda una nariz peque\u00f1a, cincelada con bistur\u00ed, como sus senos y sus labios. Envejec\u00eda a disgusto.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-T\u00fa eres un enamorado del amor, Javier. Siempre lo has sido; te van los dramones. Pero no eres un ni\u00f1ato. Necesitas aceptar que lo que se ha ido no volver\u00e1, empezar de nuevo. Eso es todo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella noche nos acostamos juntos. Ninguno de los dos lo quer\u00eda realmente, pero t\u00e1citamente aceptamos que ambos lo necesit\u00e1bamos. Nos asustaba nuestra soledad, esa era la verdad. No fue memorable, ni tierno, ni consuelo. Nos sentimos torpes, como si nuestros cuerpos no se conocieran, invadidos por una urgencia cargada de tristeza. Cuando me incorpor\u00e9 para vestirme, me acarici\u00f3 la espalda y me pidi\u00f3 que me quedase. Al menos, abrazado a ella, pude dormir sin pastillas. Creo que la o\u00ed llorar de madrugada.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mi querida Guzzi. Ella no me hab\u00eda abandonado. Cuidar de ella se hab\u00eda convertido en mi \u00fanica manera de pasar las horas. A veces volv\u00eda a conducir hasta el restaurante de s&#8217;Agar\u00f3 en el que Miranda y yo nos conocimos. En invierno estaba cerrado, los portones azules de la ventanas con pestillo, la terraza sin mesas y los toldos recogidos. Pero yo me sentaba en la moto y recordaba c\u00f3mo eran aquellos veranos de la juventud, como si yo fuera el Pijoaparte y Miranda mi Teresa, como si nosotros dos escribi\u00e9ramos nuestra propia novela. Yo solo era un estudiante de periodismo que sacaba algo de dinero haciendo de camarero en verano y ella era la ni\u00f1a mimada de una familia de Barcelona que se aburr\u00eda entre tanta gente seria y endomingada. Da sonrojo pensar que cumplimos todos los t\u00f3picos que se esperan de una historia semejante: las fogatas en la playa, las escapadas nocturnas a la discoteca de Platja d&#8217;Aro, los paseos en moto bajo las estrellas. El final del verano, la separaci\u00f3n, el reencuentro en Barcelona cuando el invierno hac\u00eda imposible cualquier sue\u00f1o de libertad. Y sin embargo, contra todo pron\u00f3stico, nuestra historia sali\u00f3 adelante. Vencimos todas las reticencias, todas las dificultades. Acab\u00e9 la carrera y me convert\u00ed en un buen periodista, Miranda se revel\u00f3 como una mujer de negocios voraz e implacable. Nos casamos, tuvimos nuestra felicidad diaria. Lleg\u00f3 Alejandra y fue una ni\u00f1a tan deseada como amada. Y entonces, la jod\u00ed.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando conduc\u00eda aquella moto, que ya no tengo, reviv\u00eda de alguna manera los buenos tiempos en los que notaba los senos de Miranda pegados a mi espalda y sus manos alrededor de mi cintura. Nada vuelve cuando ya se ha ido pero eso no impide que lo volvamos a vivir evoc\u00e1ndolo. Y en la evocaci\u00f3n todo es perfecto. No hay gritos ni agravios, ni traiciones, ni silencios culpables ni noches desterrado al filo de la cama.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero no se puede andar hacia adelante mirando hacia atr\u00e1s. Me pas\u00e9 el desv\u00edo que llevaba a la casa del profesor Emilio Casas y tard\u00e9 unos minutos en darme cuenta. Tuve que retroceder y para hacerlo comet\u00ed una infracci\u00f3n. S\u00ed, all\u00ed estaban; los polic\u00edas de tr\u00e1fico. Perd\u00ed unos minutos valiosos mientras me multaban y cuando por fin di con la pista mal asfaltada que conduc\u00eda hasta la casa ya iba con un retraso de quince minutos. El asfalto cada vez estaba en peor estado. Durante la noche hab\u00eda llovido y los socavones se hab\u00edan convertido en peligrosas piscinas, con desprendimientos de barro y ramas que atravesaban la pista. Para colmo empez\u00f3 a llover de nuevo. Me costaba orientarme, a derecha e izquierda se abr\u00edan ramales que se adentraban en el bosque, y casi ninguno estaba se\u00f1alizado. El profesor viv\u00eda en el culo del mundo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por fin encontr\u00e9 la casa. Era una vieja mas\u00eda restaurada con buen gusto y mucho dinero. Las contraventanas, la viguer\u00eda y la puerta de entrada eran de madera maciza. Un peque\u00f1o jard\u00edn de setos frondosos y bien recortados escoltaba un camino de grava hasta la fachada principal. A la derecha hab\u00eda campos roturados y un tractor nuevo. A la izquierda las ruinas calcinadas de algo que debi\u00f3 ser un granero. El techo estaba hundido y entre las tejas que quedaban en pie crec\u00edan las malas hierbas. Aquel rinc\u00f3n parec\u00eda deliberadamente abandonado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mir\u00e9 la hora. Casi las once. Totalmente empapado y con la ropa manchada de barro llam\u00e9 a la puerta utilizando el picaporte con forma de mazo. Esper\u00e9 un minuto y volv\u00ed a llamar. Nadie me abri\u00f3. Di un rodeo a la casa tratando de divisar algo del interior a trav\u00e9s de las ventanas. Parec\u00eda vac\u00eda, pero en una de las estancias vi la chimenea encendida y a alguien que agachado avivaba el fuego. Me hice notar golpeando el cristal con los nudillos. La silueta se volvi\u00f3 hacia m\u00ed. Me observ\u00f3 con rostro impert\u00e9rrito y desapareci\u00f3.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Era el profesor. Estaba seguro. Volv\u00ed a la puerta principal y llam\u00e9 con m\u00e1s insistencia. Al cabo de un momento, la puerta se abri\u00f3 y apareci\u00f3 una mujer de unos cuarenta y cinco a\u00f1os,\u00a0 mucho m\u00e1s alta que yo y vestida de un modo informal pero que denotaba mucha clase. Jersey de cachemir y cuello doblado, pantalones ce\u00f1idos y botas de amazona con dobladillo de piel girada. Era muy rubia y ten\u00eda el pelo recogido en una coleta alta. Sus ojos, de un verde intenso, me contemplaron con una mezcla de iron\u00eda y desprecio. Imagin\u00e9 que era Nadia, la secretaria de Casas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-Ya le dije que don Emilio no soporta la impuntualidad. No quiere recibirle.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Trat\u00e9 de explicarme pero me lo impidi\u00f3 con un gesto tajante de la mano.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">-\u2026Y yo no soporto las excusas. Ser\u00e1 mejor que se marche antes de que la lluvia vuelva impracticable la pista.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Es in\u00fatil protestar o discutir con una puerta cerrada.<\/p>\n<p><strong>\u00a9 V\u00edctor del \u00c1rbol. Todos los derechos reservados.<\/strong><\/p>\n<p>Relato publicado en la revista EL SAY\u00d3N.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>LA COSTUMBRE DE LA NIEBLA por V\u00cdCTOR DEL \u00c1RBOL. Enero de 1962. Alberto hab\u00eda sido feliz en este lugar. Como de costumbre, la niebla cubr\u00eda el paisaje pero \u00e9l no necesitaba verlo para reconocer la linde del bosque, invisible tras la tela lechosa. 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