FALTABA MÁS VIII – El filósofo

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EL FILÓSOFO.

—¿Se da cuenta de que lleva aclarándome la cabeza cinco minutos? Antes con el champú no le he dicho nada porque me encantan los masajes en la cabeza y le agradezco de veras que se haya tomado su tiempo, pero es que ya llevamos con el lavado más de un cuarto de hora.

—Discúlpeme, estoy muy distraído; me ha llamado mi mujer diciendo que ha visto en el buzón un aviso para recoger una carta certificada de Hacienda en la oficina de correos y no paro de darle vueltas al asunto. —El peluquero le seca la cabeza con una toalla e indica al cliente que se siente en el sillón para cortarle el pelo.

—Le entiendo perfectamente, pero ¿se da cuenta de que no sirve de nada preocuparse por algo que no existe?

—No le entiendo.

—Usted ahora se preocupa por algo que no sabe qué es; hasta que no abra la carta y lea el contenido estará sufriendo por algo que aún no es una realidad.

—Ya, pero como ser humano que soy es normal que esté preocupado hasta que no sepa lo que pone en esa carta.

—Primero: la preocupación es un error de nuestros sentidos ya que se trata de una anticipación sobre un hecho que todavía no ha ocurrido. Y segundo: la preocupación se quita con la ocupación; dígale a su mujer si puede ir a por la carta.

—Lo segundo es lo único sensato que ha dicho.  Y mi mujer ya está yendo a correos, estoy esperando su llamada.

—Me ha dicho que soy un insensato.

—No, faltaba más, sus palabras son insensatas, no usted.

—Bravo, bien respondido, pero no me sirve ya que nosotros somos lo que decimos.

—Y un cuerno. ¿Yo digo que soy rico y soy rico, que soy gordo y soy gordo?

—Sí a las dos cosas. Aunque sea pobre de solemnidad, si dice que es rico porque así lo siente, porque así lo cree su mente, usted para si mismo es rico. Lo mismo en el caso de la gordura; no hay más que ver los casos de anorexia.

—En ambos casos la realidad no se correspondería con lo que yo diga o piense.

—Sabe que usted es un magnífico interlocutor.

—No me haga la pelota; es lo propio de mi profesión hablar con los clientes.

—Pero observo por su forma de hablar y, si me lo permite, de razonar que usted tiene estudios.

—El que sea peluquero no significa que carezca de estudios. Y no se pase conmigo si no quiere que le corte una oreja.

—Me gustaría salir de aquí con el mismo número de orejas que con las que entré.

—Lo de la oreja era una broma.

—Lo sé. Si me permite la pregunta, ¿fue a la universidad?

—Soy licenciado en Filología Hispánica. Y no me pregunte cómo he acabado siendo peluquero porque no se lo voy a contar.

—Me imagino que en su carrera o eres de los mejores o te dedicas a otra cosa.

—¡Otra vez metiendo el dedo en el ojo! ¿Quién le dice que yo no fui de los primeros en mi promoción?

—Lo supongo, si no qué hace aquí cortando el pelo.

—Pues lo que a usted no le importa.

—¡Qué irascible, por Dios!

—Con los majaderos no lo puedo evitar.

—Ahora me ha llamado majadero.

—Olvídelo y olvídeme. No hablemos de mí. Si quiere seguimos con sus temas filosóficos o si lo prefiere se está calladito hasta que termine con su pelo.

Pasan unos segundos en silencio y el cliente se decide a hablar de nuevo.

—Está bien, le perdono el insulto… Pero volvamos a lo de la realidad; usted antes ha diferenciado lo que es real en la mente de uno, de la realidad que está fuera.

—No lo he dicho con esas palabras, pero más o menos.

—Parménides, no sé si le suena, sostiene que solo existe una realidad y que la realidad es el ser.

—Curioso lo que dice ese hombre.

—¿Y que pensaría de mí si le dijera que el pasado no existe y el futuro tampoco?

—Le diría que ha leído un libro que me encanta, “El Poder del Ahora” si no me equivoco,  y también le diría que gracias al pasado y al futuro yo me gano el dinero y que eso es una realidad como la copa de un pino.

—Sí, aparte de san Agustín también lo dice Tolle en su libro, ambos sostienen que el pasado y el futuro no existen, pero no acabo de entender eso último que ha dicho.

—Fíjese en que a todos los clientes que se sientan en este sillón en el pasado les ha crecido el pelo y en el futuro les volverá a crecer y volverán a la peluquería.

—¿Y si no vuelven?

—Con esa pregunta acaba de aceptar que existe el futuro. Perdone, tengo que coger el teléfono, será mi mujer.

—¿Todo bien? —pregunta el cliente cuando termina de hablar el peluquero.

—Sí, no era nada lo de Hacienda; eran las etiquetas fiscales que les pedí. No sé como se les ocurre mandarlas por correo certificado.

—Me alegro. ¿Ve como no se tenía que haber preocupado?

—En eso le doy la razón, me ha gustado ese juego de palabras: la preocupación se quita con la ocupación; se lo tomaré prestado. Ya hemos terminado el corte de pelo. Si quiere volver por aquí estaré encantando de seguir charlando con usted.

—Con lo impertinente que ha sido, lo dudo.

—También le doy la razón en eso y le pido disculpas por mi comportamiento, estaba nervioso.

—Aceptadas.

—Haga el favor y vuelva por aquí que el próximo corte de pelo corre de mi cuenta.

—Entonces volveré.

—En un futuro. ¿Ve cómo existe?

—Si entendemos el pasado y el futuro como una sucesión de momentos presentes…

—Eso no es suyo.

—¡Ya me gustaría!

© Pedro Moreno. Noviembre 2023. Todos los derechos reservados.

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Madrid, 1965. Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid. Empleado de banca hasta 2018. Actualmente prejubilado y profesor de español para personas inmigrantes sin recursos. Ha compaginado la vida laboral con la actividad de cooperante internacional y voluntariado para diversas instituciones. Como escritor ha ganado los concursos de relatos del Pregón de la Moraña (Hernansancho, Ávila) en 2001 y de microrrelatos de la Feria del Libro de Madrid en 2015, sin haber publicado ninguna obra hasta el momento.

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